Cuando no queda otra que huir Imagine que cada minuto, a su alrededor, 20 personas abandonaran sus casas a la fuerza

©FAO/GIUSEPPE CAROTENUTO
VIRGINIA GALVÍN *

9 JUN 2018 – 00:02 CEST

No estamos ante un desafío de palabras sobre un tablero de juego, sino delante del paisaje de una parte importante de los movimientos de personas por el mundo. Ese que el migrante
no elige, sino al que se ve abocado. Según Acnur, en las dos últimas décadas el número de personas desplazadas a la fuerza se ha casi duplicado, hasta llegar a 65,6 millones en el
año 2016.

Usted los conoce, aunque no les ponga nombre. Son esos sirios sumergidos en una guerra que dura ya siete años. Más de la mitad de la población de ese país —en concreto, 65 de cada 100 habitantes— ha tenido que salir de sus hogares y buscar acomodo en otro lugar, dentro o fuera de las fronteras. Los sirios continúan siendo la mayor población de
desplazados forzosos: eran 12 millones de personas al concluir 2016.

No estamos ante un desafío de palabras sobre un tablero de juego, sino delante del paisaje de una parte importante de los movimientos de personas por el mundo. Ese que el migrante no elige, sino al que se ve abocado. Según Acnur, en las dos últimas décadas el número de personas desplazadas a la fuerza se ha casi duplicado, hasta llegar a 65,6 millones en el año 2016.

Usted los conoce, aunque no les ponga nombre. Son esos sirios sumergidos en una guerra que dura ya siete años. Más de la mitad de la población de ese país —en concreto, 65 de cada 100 habitantes— ha tenido que salir de sus hogares y buscar acomodo en otro lugar, dentro o fuera de las fronteras. Los sirios continúan siendo la mayor población de
desplazados forzosos: eran 12 millones de personas al concluir 2016.

Por ejemplo, la presión demográfica creciente, movimientos de refugiados y desplazados internos, descontento social, pobreza y declive económico, deterioro de los servicios públicos, violación de derechos humanos y debilidad del estado de derecho. Es decir, indicadores que nos dan una idea de la fragilidad o fortaleza de los países.

Después, los países son catalogados en 11 tipos de alerta que van de una situación de alerta muy alta a una situación denominada “muy sostenible”. En 2016 hubo ocho países en
la categoría de alerta muy alta, incluyendo Somalia, Sudán del Sur y República Centroafricana. En muchos casos, el conflicto estuvo precedido o acompañado de una fuerte inestabilidad política, gobernanza deficitaria y crisis medioambientales derivadas del
cambio climático.

Es decir, que la presión a la que todos o algunos de estos factores sometían y somete a la población, el ahogo de sus medios de subsistencia y la fuerte inseguridad convirtieron la
migración en una estrategia.Desesperada, pero estrategia.

Tierra y Guerra en Colombia
Aterricemos en Colombia, el país con más desplazados internos del mundo. Son más de 7 millones. Aquí han confluido dos elementos traumáticos. Primero, un largo conflicto de décadas, caracterizado principalmente por una lucha radical agraria y que se agudizó a
partir de los años ochenta con diferentes actores involucrados —el Gobierno Nacional, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los paramilitares, con el narcotráfico como elemento aún más perturbador— y, segundo, el azote de fenómenos
meteorológicos (El Niño y la Niña), que han traído fuertes periodos de sequía e intensas temporadas de lluvia.

Pese a importantes avances en la reducción de la pobreza —que pasó del 45% en 2005 al 30,6% en 2013— una parte relevante de la población sigue viviendo en la penuria, especialmente en las zonas rurales y en la periferia de las grandes ciudades. Muchas personas viven en el campo y dependen de las tierras para su supervivencia y en estos
años de violencia máxima tuvieron que abandonarlas.

Pero desde 2013 —y sobre todo desde 2016, tras la firma de los acuerdos de Paz de La Habana entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC— han comenzado a regresar a ellas.

“Señoras y señores, después de más de medio siglo de conflicto armado interno, hoy regreso a las Naciones Unidas en el Día Internacional de la Paz para anunciar con toda la fuerza de mi voz y de mi corazón que la guerra ha terminado”, declaró un emocionado Juan
Manuel Santos, presidente de Colombia, durante la 71ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 21 de septiembre de 2016.

El mandatario y Premio Nobel de la Paz sabía que, tras la firma, quedaba mucho por hacer.

Las tierras del conflicto estaban todavía en muchos casos ocupadas o devastadas. La FAO y otros organismos están colombiano para resucitar el sector agropecuario y conseguir la
armonía y la colaboración entre los que se fueron y los que se quedaron. Reconciliación y reconstrucción.

El proyecto tiene un objetivo ambicioso: promover la integración, el reparto de recursos y beneficiar a tanto a agricultores que regresan a sus tierras, como a comunidades de acogida en los departamentos de Nariño, Sucre, Córdoba, Tolima y Magdalena. Se ha creado una red colectiva de riego para recoger y almacenar el agua de lluvia. Se han
suministrado herramientas agrícolas. Y se ha ayudado a los agricultores a producir leche, café y miel y a buscar otras oportunidades de negocio.

Así es como afrontan las Naciones Unidas el reto de devolver a los agricultores
colombianos la gestión de unas tierras sometidas a los estragos de la violencia y los cataclismos climáticos. Y es que los conflictos, a menudo, se ven agravados por golpes climáticos adversos. Cuando estalla una guerra se obstaculiza el acceso a los alimentos y,
si además se asienta la sequía, la producción agrícola se paraliza. El conflicto se alarga, los sistemas alimentarios merman y se agudizan los enfrentamientos por conseguir recursos
escasos. El campo ya no es productivo y la única opción de supervivencia es escapar.

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