AFRICA. DESARROLLO AGRARIO 2012

Publicamos esta nota de Joaquín Domínguez Pereira que se añade a alguna de las sugerencias de un artículo sobre migraciones del profesor Javier de Lucas que apareció el día 21 en este espacio.

Notas cortas
“Mundo Negro” es una revista editada por los Misioneros Combonianos. La leo
todos los meses y siempre encuentro alguna noticia interesante. En el nº 569
correspondiente al presente mes de enero he hecho un doblete. Por un lado un artículo de José Naranjo con el llamativo título de “Si vendemos la tierra, ¿qué nos queda?. Fanaye
(Senegal)” y por otro la carta al director de un lector muy cualificado, Alberto Ballarín Marcial, titulada “Modelo de regadíos”. Casi al mismo tiempo he tenido la ocasión de leer
la entrevista que “Libre Mercado” ha hecho a Magate Wade, una de las 20 mujeres más influyentes de Africa según Forbes, en la que afirma algo tan polémico como que Africa no
necesita 500.000 cooperantes sino 500.000 empresarios.

Me gustaría echar mi cuarto a espadas, exponiendo mi opinión sobre un tema tan peliagudo como es el del desarrollo del Africa poscolonial que, a mi juicio, va
indisolublemente unido al desarrollo de su agricultura tanto para luchar contra las frecuentes hambrunas como para conservar su medio ambiente.

Estamos gastando mucho tiempo, mucho dinero y muchas energías en cuestiones
realmente baladíes mientras mil millones de personas pasan hambre en el mundo y la agricultura de la mayor parte de los países en vías de desarrollo no acaba de arrancar. La agricultura no puede esperar, como Nehru pedía a la FAO y a su desarrollo debemos
dedicar nuestros mejores esfuerzos para hacer realidad una agricultura fuerte, competitiva,

respetuosa con el medio ambiente, que asegure el suministro de productos saludables a todos los pueblos y que sea capaz de retribuir dignamente a los que a ella se dediquen.

Es intolerable que millones de hectáreas de buena tierra, con disponibilidad de agua, con buen clima, con suficiente mano de obra, permanezcan incultas en países en las que las hambrunas se repiten cíclicamente mientras su vegetación espontánea desaparece todos los años pasto de las llamas con el consiguiente desastre ecológico, olvidándonos de las palabras del Génesis: “Dios entregó la tierra al hombre para que la trabaje y la conserve”.

La conservación de la naturaleza es una finalidad esencial de la agricultura, como lo es la lucha contra el hambre. En estos términos, en la lucha contra el hambre y la conservación de la naturaleza, debe contemplarse el apoyo a prestar a los países en vías de desarrollo para
que puedan cumplir con su cometido.
Especial interés tiene apoyar el desarrollo de la agricultura subsahariana.

Interminables guerras civiles han ocasionado un paso atrás en su producción agraria no
alcanzando actualmente, en la mayoría de ellos, los niveles que tenía durante la época colonial. Múltiples factores han contribuido a este retroceso entre los que destacamos la destrucción de las industrias de transformación, la inseguridad de la explotación agraria (no
sólo por factores humanos sino también por la frecuencia con que se suceden sequías e inundaciones), la falta de formación de los agricultores, la imperfección de los mercados,
las dificultades para la adquisición de insumos, la carencia de capital de explotación, etc., etc.

El Sr. Ballarín defiende la transformación de tierras en regadío para que haya un desarrollo auténtico. A mi modesto entender la puesta en riego es una condición necesaria pero no suficiente. Para que tenga éxito esta política se precisa no sólo la formación
profesional de los regantes o la financiación adecuada del circulante, sino que exista oferta de los insumos necesarios para la explotación y de una forma muy especial, que existan
compradores, a precios justos, para sus producciones. De hecho, en España, las parcelas entregadas a campesinos sin tierra al amparo de los planes de colonización elaborados
durante el Régimen anterior llevaron una vida muy precaria hasta que por diversos cauces se establecieron empresas que industrializaron y comercializaron sus productos.
A principios de los 60, tuve la oportunidad de participar en el funcionamiento de las
concesionarias, una fórmula que se puso en marcha para desarrollar nuevos cultivos a establecer en las superficies que en aquellos años se estaban transformando en regadío a las
que me he referido anteriormente. La concesionaria, a cambio de actuar en su área geográfica en régimen de monopolio, tenía la obligación de fomentar el cultivo. Para ello,
se comprometía a adquirir la producción de los agricultores, en mi caso algodón, a un precio mínimo fijado por la Administración. Pero no quedaba ahí la cosa pues la concesionaria suministraba la semilla necesaria, asistencia técnica, anticipos financieros para hacer frente a los gastos de explotación de los primeros meses, envases para la entrega
del algodón y una amplia red de almacenes de recepción. La liquidación de la cosecha se hacía sobre la marcha actuando también con frecuencia en la financiación de transformaciones en regadío de tierras cuyas superficies se dedicaran posteriormente al
cultivo del algodón.

Las actuaciones acometidas hasta ahora para fomentar la agricultura en la zona
subsahariana, con independencia de la buena intención de las instituciones o los particulares que las impulsan, no rompen, a mi juicio, el nudo gordiano de la cuestión. Es necesario no
sólo mejorar la formación de los agricultores, proporcionarles semilla, facilitarles la adquisición de maquinaria, etc., sino asegurarles el mercado para sus productos. Es muy loable propiciar la agricultura de subsistencia, pero no es suficiente. Si no hay mercado no
habrá producción.

Creo que esta experiencia española que se inició en 1940, recién terminada nuestra guerra civil, podría ser trasladada con éxito al Africa subsahariana. En principio pienso en el
fomento de producciones no perecederas, como el algodón, el arroz o la caña de azúcar, en la elaboración de biocarburantes, en especial a partir de biomasa o de algas, en la producción de carne o, incluso, en la repoblación forestal. Una vez implantados estoscultivos y transformadas las superficies actualmente incultas, el desarrollo de otros como el
maíz, la mandioca, la piña tropical, etc., se realizaría de forma natural, sin necesidad de concesionarias específicas. Paralelamente los agricultores irían mejorando su formación profesional y se desarrollarían empresas de servicios relacionadas con la agricultura,
facilitando la adquisición in situ de maquinaria, fertilizantes, pesticidas, etc. Esto es lo que ocurrió en España y creo que es lo que defiende la Sra. Wade. No es necesario vender la tierra pero sí crear las condiciones necesarias para que surjan empresarios que
protagonicen el desarrollo de sus pueblos.

Sevilla, 29 de enero de 2012

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