El enigma sin resolver de lo que nos hace humanos

Con todas sus pendencias seculares, la filosofía y la ciencia comparten el objetivo central de entender el mundo y nuestra posición en él. Y, en nuestros tiempos, Kant nos conduce forzosamente a Darwin, porque si toda la filosofía cabe en las cuatro preguntas del pensador prusiano —qué puedo saber, qué debo hacer, qué me cabe esperar, qué es el ser humano— y las tres primeras se pueden reducir a la cuarta, como él mismo se apresuró a señalar, el problema central de la filosofía tiene un inconfundible aroma a biología evolutiva. Llámenlo cientificismo si
quieren, pero las reclamaciones a Königsberg.

El enigma sin resolver de lo que nos hace humanos

Las editoriales se vuelcan en la cuestión profunda de la naturaleza humana con nuevos títulos que van
más allá de la filosofía y buscan respuestas en la biología evolutiva
20 JUL 2018 – 18:36 CEST

JAVIER SAMPEDRO

Las editoriales se están volcando sobre
la cuestión profunda y vital de la
naturaleza humana, con libros muy
distintos sobre el pasado de la especie
(Edward O. Wilson, Alice Roberts,
Sang-Hee Lee) y sobre sus posibles
futuros (Max Tegmark). Veremos todo
esto más adelante, pero vamos a
empezar por una obra más abarcadora
y singular, en cierto modo más académica pero destinada, en cualquier caso, a
todo tipo de estudiantes y al lector general: Trece teorías de la naturaleza
humana, editada por el filósofo Leslie Stevenson y escrita en colaboración con
otros tres autores, recién publicada por Cátedra.

Cuando salió en inglés la primera edición de este libro, las teorías eran solo siete.

La actual traducción española corresponde a la séptima edición en inglés. “El número de teorías consideradas asciende ahora a trece (¡no somos supersticiosos!)”, dice Stevenson en el prefacio. Aprendemos aquí, por ejemplo, que Confucio no era tan optimista como se presenta a veces, ya que dejó dicho:
“Aunque todos los seres humanos son sabios en potencia, en realidad eso
sucede raras veces. Casi todos los seres humanos existen en un estado
lamentable”.

Confucio es solo el principio. La obra
pasa luego, de forma sistemática pero
incruenta, por el hinduismo
upanisádico, que identificó
(correctamente) la unidad profunda de
todos los seres vivos, humanidad
incluida; el budismo, que considera
falso que una persona consista en un
yo autónomo, inmutable y permanente; Platón, con su estructura
tripartita del alma inmortal;
Aristóteles, la Biblia, el islam, la Edad Media, Kant, Marx, Freud, Sartre y
Darwin (por ese orden).
La mayor novedad es un capítulo de la
filósofa Charlotte Witt sobre las teorías feministas de la naturaleza humana. Ya sabemos de los riesgos de juzgar el pasado con las gafas del presente, pero lo cierto es que todo repaso deuna autora feminista a la historia del pensamiento revela a cualquier filósofo clásico como un ceporro cegado por sus incomprensibles prejuicios. Ahí está Rousseau considerando “demostrado que los hombres y las mujeres no son, ni deben ser,
formados de manera semejante en
temperamento y carácter” y
defendiendo por tanto la segregación
educativa. O Aristóteles con su
ocurrencia de que las hembras son “machos deformes”, y que las mujeres no
pueden alcanzar la plena realización de sus capacidades humanas.
“Dado este bagaje histórico”, concluye Witt, “es razonable plantearse si el
concepto de naturaleza humana tiene algo que ofrecerle a la teoría feminista”. Es
razonable, desde luego. Al menos mientras sigamos considerando a Aristóteles la autoridad en este tema. En realidad, este pseudoproblema filosófico empezó a resolverse, ya en vida de Rousseau, por la pensadora ilustrada y pionera del feminismo Mary Wollstonecraft. En su libro de 1792 Vindicación de los derechos
de la mujer, refutó a Rousseau y presentó sus argumentos a favor de la
naturaleza racional de la mujer, pese a su deficiente educación, y por la igualdad de educación y derechos políticos con los hombres. Los conservadores la
empezaron a llamar “la hiena con faldas”. Su hija fue la creadora de
Frankenstein, el monstruoso sueño de la razón que cumple ahora 200 años.
En nuestros tiempos hay toda una estirpe nueva de polímatas que provienen de
la ciencia, pero tal vez el decano de todos ellos sea Edward O. Wilson (la O. es de Osborne, aunque eso no suele citarse). Cumplió 89 años el mes pasado, pero es obvio que sigue en buena forma. Nacido en Birmingham, Alabama, y referencia de la biología de Harvard durante casi toda su vida, Wilson se hizo famoso en círculos científicos en 1975, cuando publicó Sociobiología: la nueva síntesis, una nueva disciplina que investigaba la base genética del comportamiento humano.

Allí se proponía por primera vez que los principios biológicos esenciales en que se fundamentan las sociedades
animales son extrapolables a los
humanos. Eso no gustó nada al
establishment académico, menos aún
en la margen izquierda del espectro
científico (Gould, Lewontin). Pero el
tiempo y, sobre todo, la realidad le han
dado la razón. La ideología sirve para
alcanzar objetivos políticos, pero no
para hacer ciencia. El mundo es como
es, no como queremos que sea, y
cerrar los ojos a la evidencia científica es la vía más segura hacia el fracaso de nuestros mejores ideales. Sin aceptar la realidad, nunca vamos a saber cómo arreglarla.

El último libro de Wilson, publicado en
español el mismo año que en inglés, se llama Los orígenes de la creatividad
humana (Crítica) y — puede que esto sorprenda a sus críticos— pone en igualdad de condiciones a las ciencias y a las humanidades para explorar y explicar el fenómeno. El genio de Alabama argumenta que la creatividad es elúnico rasgo biológico que separa a nuestra especie del resto de la biología, y lo aborda desde
la ciencia, que se ocupa de todo lo que es posible, y las humanidades, que tratan de todo lo que resulta concebible para la mente humana.

Puede que el lector esté pensando que
las humanidades, entonces, ocupan un
espacio intelectual infinitamente más
amplio que las ciencias. Esto no es así.
Uno de los pilares fundamentales de la
física actual, la mecánica cuántica, va
mucho, mucho más allá de lo que
nuestra pobre mente es capaz de
concebir. De hecho, es casi por
definición inaprehensible para la intuición humana. Solo las matemáticas y la observación rigurosa del mundo nos han conducido allí, pese a todo lo cual la teoría funciona mejor que cualquier otra cosa que hayamos concebido, y es el
fundamento de nuestro mundo de tecnología, computación y comunicaciones
globales.

También hay que tener presente que, como dijo Milton, “una mente es su propio
lugar, y por sí sola / puede hacer un cielo del infierno, y un infierno del cielo”. “Al coevolucionar con la estructura del cerebro”, dice Wilson, “el lenguaje liberó a la
mente del animal para ser creativa, y por tanto para imaginar otros mundos
infinitos en el tiempo y en el espacio, y para entrar en ellos”. El biólogo polímata también advierte, sin embargo, de que nuestra flamante creatividad humana se construyó sobre las mismas emociones exactas que experimentaban nuestros ancestros homínidos y primates, y que de esa combinación surge lo mejor y lo peor de nuestra especie paradójica.
Desde tiempos de Copérnico, la ciencia
no hace más que expulsarnos cada vez
más lejos del paraíso terrenal
imaginado por los chamanes antiguos.
A nuestra especie le ha encantado
siempre considerarse el núcleo puntual
de la creación, pero hoy sabemos que
ni la Tierra está en el centro del
sistema solar, ni este está en el centro
de la Vía Láctea, ni la Vía Láctea es
nada más que una vulgar galaxia entre
la infinidad de las que vagan por el
cosmos. Ni siquiera el cosmos parece
ser único, sino tan solo una versión
posible de un multiverso tal vez
infinito. Todo esto no solo hace volar la cabeza, sino que constituye una
indudable humillación para nuestra
trascendencia, ya cósmica o
metafísica.

Pero siempre queda un asidero, y a menudo consiste en percibir la
improbabilidad de que hayamos evolucionado. Es la vía que ha elegido la anatomista y antropóloga británica Alice Roberts en La increíble improbabilidad del ser (Pasado & Presente). Para producir un ser humano se ha tenido que dar tal concatenación de sucesos contingentes que la probabilidad combinada de todos ellos es ínfima. Roberts repasa los más importantes con minuciosidad de
anatomista.

“Quizá parezca una pregunta extraña”, escribe la autora, “pero ¿te has parado
alguna vez a pensar por qué tienes una cabeza? (…) Parece que tener una cabeza
es un prerrequisito si eres algún tipo de vertebrado: un pez, un anfibio, un reptil, un ave o un mamífero. También tienen cabeza muchos invertebrados, pero
algunos no. Para responder a la pregunta ¿por qué tenemos cabeza?, nos resultará útil saber en qué momento nuestros antepasados desarrollaron este elemento anatómico”. He aquí de nuevo el enfoque evolucionista de las cuestiones filosóficas más elementales.

El libro de Roberts está organizado como un recorrido por el cuerpo humano, que
a la vez es un viaje en el tiempo, pues cada parte de nuestro cuerpo tiene un
origen evolutivo, o en realidad varios, en acumulación uno detrás de otro hasta
generar un resultado de exquisita improbabilidad. El origen del cráneo y de los sentidos; la forma en que un grupo de arcos branquiales se transformó en la laringe y las articulaciones maxilares que hoy nos permiten hablar; la organización segmentada del cuerpo
(como se revela en las vértebras y las
costillas) y nuestra relación profunda
con las moscas y demás insectos y
artrópodos; el pulmón y el corazón, el
tubo digestivo, los genitales, las
extremidades y todo lo demás.
Todo ello permeado por una sensación
reconfortante de improbabilidad. “Da
igual lo bien adaptado que estés si te
cae un meteorito encima”, escribe
Roberts en referencia al asteroide
Chicxulub que cayó hace 66 millones
de años sobre la península del Yucatán
y causó la extinción de los dinosaurios,
dejando de paso la vía libre para la diversificación de los hasta entonces
marginales mamíferos primitivos. “Si Chicxulub no hubiera chocado con la
Tierra, es muy poco probable que hubieran aparecido humanos en el planeta”. En todo caso, solo conocemos una historia de la vida en el universo, la de la Tierra, y en esas condiciones no hay manera de calcular la probabilidad de que haya
ocurrido. Solo el tiempo dirá si la vida —y en particular la vida inteligente— es un suceso probable o si, como nos parece ahora, se trata casi de un milagro.
Hasta aquí el pasado. Del futuro, o al
menos de uno de los futuros posibles,
se ocupa el físico del MIT
(Massachusetts Institute of
Technology) Max Tegmark en Vida 3.0.
Ser humano en la era de la Inteligencia
Artificial (Taurus). Cualquiera que haya
leído un periódico en los últimos años
se habrá preguntado por las
implicaciones, tanto económicas y
sociales como filosóficas, del
acelerado avance de la inteligencia
artificial, un conjunto de sistemas
destinados no ya a sustituir a las
personas en sus ámbitos intelectuales,
sino a superarlas. Tegmark, director
del Future of Life Institute y “una de las diez personas que podrían cambiar el
mundo” según la revista Forbes, es un
guía de ensueño para este viaje trascendental. Cualquiera de estos libros puede ser el último que escriba un humano. Léalos.

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