ENTREVISTA CON EL FILÓSOFO ANSELM JAPPE

Reproducimos el texto de la entrevista publicada en El Confidencial del día 6 de marzo, de la que es autora
Ada Nuño.

Para el filósofo alemán Anselm Jappe (Bonn, 1962) todos somos sujetos fetichistas y narcisistas, adoradores de falsos dioses-mercancía. Ha presentado recientemente su última publicación en la editorial Pepitas de Calabaza, ‘La sociedad autófaga‘. que, como su propio nombre indica, se retrae al mito griego de Erisectón, un rey que se autodevoró porque no podía saciar su hambre. Usando esa fábula como una cruel alegoría del mundo contemporáneo, el ensayista habla de la sociedad mercantil y del espectáculo, así como del capitalismo, uniéndolo a la tradición psicoanalítica (desde Freud a Erich Fromm) y el caos actual, la violencia extrema y el terrorismo islámico. ¿Nos precipitamos hacia el colapso de nuestra civilización?

PREGUNTA. Comienzas el libro hablando del concepto clásico de trabajo, su valor y el gasto de energía humana en el proceso. ¿Qué opinas sobre esa idea de que de aquí a unos años, por culpa de la automatización, los humanos dejaremos de ser útiles?

RESPUESTA. La sustitución del trabajo humano “vivo” por las tecnologías es un proceso que ha acompañado a toda la historia del capitalismo, creando siempre “inútiles” (por ejemplo, los artesanos constructores de carrozas después de la difusión del automóvil). Pero durante mucho tiempo los trabajadores que se habían vuelto “superfluos” fueron absorbidos por nuevos sectores productivos (como la industria automovilística). En torno a 1970 se produjo un giro: a causa de la “revolución microelectrónica”, los trabajadores que se vuelven “inútiles” son muchos más que aquellos que pueden encontrar un nuevo trabajo. Actualmente, el verdadero nivel de desocupación todavía permanece oculto por medidas de “reciclaje profesional”, trabajos a tiempo parcial, periodos más prolongados de formación, etc., pero el coste de estas medidas supone al mismo tiempo un obstáculo para la economía capitalista. El problema clásico de la explotación sigue existiendo, pero ser “inútil” es hoy un destino igualmente común a escala mundial, y en ocasiones más grave en sus consecuencias. Golpea a todas las clases sociales, pero es mucho más difícil organizarse para contrarrestarlo porque los sindicatos y las huelgas pueden muy poco contra la exclusión social.

P. ¿Nos ha llevado el consumo masivo a un grado de satisfacción tan enorme que, paradójicamente, estamos eternamente insatisfechos?

R. La economía capitalista, sobre todo en su fase actual, no se basa en la satisfacción de necesidades preexistentes, sino en la continua estimulación de nuevos deseos que hay que satisfacer con nuevas mercancías. Constitucionalmente, se ve impulsada hacia lo ilimitado. No son los deseos humanos los que son ilimitados por naturaleza, como presupone la ciencia económica burguesa. La economía de la mercancía consiste en una acumulación infinita, resultado de la reproducción tautológica y sin contenido del trabajo abstracto. Para vender las mercancías que se encuentran en un estado de eterna sobreproducción, la economía necesita estimular una perenne sed de mercancías, principalmente a través de la publicidad y la difusión de “estilos de vida” que sirven como compensación de aquello que realmente falta en la vida. Es esencial que el consumidor esté siempre decepcionado y que de inmediato busque la próxima mercancía que le prometa la satisfacción; de otro modo, todo el mecanismo se pararía. Un capitalismo “durable” o “sostenible” –es decir, que se autolimite- es una contradicción intrínseca y no existirá jamás.

P. A lo largo de todo el libro mencionas el fetichismo de la mercancía, háblanos de él.

R. El concepto de “fetichismo de la mercancía” fue introducido por Marx al final del primer capítulo de ‘El Capital’ (1867), después de haber analizado las categorías básicas de la sociedad productora de mercancías y, en consecuencia, del capitalismo: el lado abstracto del trabajo, llamado trabajo abstracto; es decir, la simple erogación de energía humana indiferenciada, medida en tiempo, que forma el valor de las mercancías (materiales o inmateriales), el cual se representa finalmente en el dinero. Marx describe el fetichismo como una relación social entre las cosas y una relación de cosas entre las personas, expresión de un modo de producción en el que la producción dirige al hombre, en lugar de que sea el hombre el que dirige la producción. Los hombres ponen en relación sus trabajos privados no directamente, sino solo en una forma objetivada, bajo la apariencia de cosas, esto es, como determinadas cantidades de trabajo humanoexpresado en el valor de una mercancía. Sin embargo, no saben que lo hacen y atribuyen los movimientos de sus productos –los intercambios entre los productores y las proporciones en las que se intercambian las mercancías- a cualidades naturales de estos últimos. El fetichismo es un proceso inconsciente y colectivo que oculta la verdadera naturaleza de la producción capitalista. El propio Marx lo califica de “misterioso” y recurre a fórmulas como aquella según la cual la mercancía es “sensible-suprasensible” y es comparable a la religión, donde el hombre proyecta sus fuerzas sobre un ser trascendente del que después cree depender.

Un capitalismo sostenible es una contradicción intrínseca y no existirá jamás

El fetichismo, en el sentido marxista originario –a menudo tergiversado por ellos mismos-, no es solo un fenómeno ideológico, ni tampoco un engaño consciente para velar la realidad cotidiana de la explotación. La fuerza del concepto de Marx radica en el hecho de que pone al desnudo la inversión real que se produce en el capitalismo. El lado abstracto del trabajo (prestación de trabajo como pura cantidad y sin consideración por el contenido) prevalece sobre el lado concreto, el valor mercantil prevalece sobre el valor de uso. Solo cuenta la cantidad de trabajo desarrollada y la parte de plusvalía que contiene, por qué se traduce en valor, en plusvalía y, finalmente, en beneficio. Qué sea producido por ese trabajo es algo secundario o irrelevante. Solo cuenta su acrecentamiento cuantitativo, su acumulación. Que sean bombas o trigo lo que se produzca, importa bien poco desde el punto de vista del valor: se producirán más bombas y menos trigo si las bombas contienen más plusvalía. El lado concreto de las mercancías –que se trate de bienes o de servicios no supone ninguna diferencia- se convierte en algo subordinado, es un simple soporte para lo único que cuenta en una economía capitalista: la cantidad de valor. El lado concreto, que es el que corresponde a las necesidades y los deseos humanos, y que debería constituir el objetivo de la producción, en la sociedad de la mercancía está, sin embargo, condenado a depender de lo que en realidad deriva de él: su representación abstracta.

No estamos frente a una ilusión o una puesta en escena, sino frente al nivel más profundo, y muy real, de la lógica capitalista. Mientras que la explotación y la división en clases se encuentran también en muchas otras sociedades, esta inversión entre lo abstracto y lo concreto es un rasgo distintivo solo del capitalismo. No se trata, sin embargo, de un fenómeno “abstracto” o secundario, sino que explica el carácter destructivo y ciego de la sociedad capitalista y constituye además la verdadera raíz de la devastación de las bases naturales por obra de la economía.

P. Mencionas que el capitalismo “ha encontrado en sus críticas la manera de garantizar la supervivencia”. ¿Es esa su mayor fortaleza y lo que lo distingue de otras teorías económicas que han “fracasado”, como el comunismo?

R. Esa flexibilidad y capacidad para absorber las protestas es efectivamente uno de los puntos fuertes del capitalismo occidental. El llamado comunismo jamás representó una alternativa al capitalismo, sino que era la tentativa de implantar por otras vías las categorías básicas del capitalismo (dinero, mercancía, trabajo, industria) en las sociedades “atrasadas”. Tras los primeros éxitos, la lógica coercitiva empleada se reveló incapaz de promover el desarrollo hacia formas más “modernas” de capitalismo y de resistir a la competencia económica entre los sistemas, de donde derivaba la rigidez característica del “socialismo real” hasta su hundimiento.

P. En tu opinión ¿está en nuestra naturaleza adorar siempre algo ajeno a nosotros mismos, ya sea un dios o una mercancía?

R. Espero que no. Quizá lo sepamos en el futuro.

P. La religión en su momento pretendía arreglar muchos problemas sociales. Una de las mayores crisis actuales es medioambiental, ¿ves viable una nueva religión basada en el ecologismo para salvarnos del desastre?

R. No.

P. Y hablando del ecologismo, ¿ves más efectivo que se castigue y coaccione al individuo para que cumpla las normas o que se le enseñe?

R. Diría que es una falsa alternativa. No se trata de predicar la ascesis y los sacrificios para salvar la naturaleza. ¡Una vida liberada de los productos consumistas, inútiles y nocivos, sería mucho más hermosa que la actual! En un mundo que haya recobrado un mínimo de armonía, será más agradable hacer una excursión al campo con los amigos que un viaje low-cost a la otra punta del mundo, será más atractiva la vida de barrio que las redes sociales, serán más sabrosas las fresas de temporada que la fruta importada por avión. Pero estos cambios deben afectar a todos los niveles sociales y no producirse a expensas de ciertas categorías.

Asistimos a una diversificación del perfil de los asesinos, mezclado con el terrorismo islamista y el de extrema derecha

Un ejemplo: expulsar de las ciudades a las clases populares a causa del aumento de los precios inmobiliarios y obligarlas a vivir en el campo, recortar después los medios públicos y finalmente reprocharles que utilicen el coche, y querer acabar con esta costumbre mediante el aumento del precio del carburante, como ha intentado hacer Macron en Francia, es absurdo y contraproducente.

P. ¿Puede la secularización absoluta llevar a las sociedades al caos? ¿Es esta secularización en parte una muestra del colapso de la civilización?

R. En ciertos aspectos, la secularización es solo aparente. Puede que la vieja religiónhaya perdido gran parte de su peso, pero el fetichismo de la mercancía se ha convertido en una nueva religión. No solo en el sentido de que mucha gente “adore” las mercancías como antes adoraba las reliquias religiosas; por ejemplo, haciendo colas kilométricas para comprar un nuevo modelo de teléfono móvil o gastando más dinero en zapatos que en comida. En un nivel más abstracto, pero más fundamental, hay que retomar a Marxcuando dice que toda mercancía capitalista es al mismo tiempo “sensible” y “suprasensible”: su existencia práctica, su valor de uso, viene acompañada de una existencia fantasmagórica, debido a que representa una determinada cantidad de trabajo realizada en el pasado y reducida a pura cantidad de tiempo. Este lado “suprasensible” prevalece sobre el “sensible”, y por eso toda mercancía es un pedazo demetafísica realizada, una religión presente en la tierra, y no solo en el cielo, como las antiguas religiones.

P. Mencionas que hay que “descolonizar al imaginario” (y pones el ejemplo de que se ha abolido el trabajo infantil pero, a cambio, los niños se encuentran permanentemente alienados y centrados en la PlayStation) y reinventar la felicidad. Cómo hacerlo sin coacción.

R. El discurso es el mismo que para la ecología. La vida contemporánea genera innumerables sufrimientos, como demuestra el aumento de los trastornos psíquicos, los suicidios, el consumo de drogas y psicofármacos, el estrés, la preocupación por el futuro. No se trata, pues, de abandonar una vida agradable pero demasiado “costosa” entérminos ecológicos y sociales, sino de renunciar a un estilo de vida a menudo absurdo, y que al mismo tiempo nos obliga a trabajar muchísimo para poder financiarlo. Una vida menos alienada también necesitaría menos satisfacciones compensatorias.

P. ¿A qué atribuyes que los “amok” (individuos que se echan a la calle a asesinar a personas) escolares surjan en mayor cantidad en algunos países (Alemania y Francia en Europa, por ejemplo) que en otros? ¿Hay, por algún motivo, un mayor nihilismo en estos países?

R. Hasta ahora, Francia se había librado casi completamente del fenómeno del amok, al igual que España. Los Estados Unidos son con diferencia los líderes del amok. El caso paradigmático de amok, el ‘school shooting’ al estilo de Columbine, en el que se centra mi libro, parece estar más difundido en los países donde la disolución de las familias y de las estructuras sociales tradicionales está más avanzada y donde existe un mayor número de adolescentes que viven en soledad frente a sus ordenadores.

El capitalismo está corriendo hacia el abismo y todos participamos en ello

Pero no quiero hacer de esto una regla ni convertirlo en un motivo para sentirnos seguros en ciertos países. En los últimos años hemos asistido a una continua diversificación de los amok y de los perfiles de los asesinos, y a una mezcla con el terrorismo islamista y con el terrorismo de extrema derecha, además con lógicas propias de la criminalidad común. Por eso es muy difícil ofrecer un discurso general.

P. ¿Ves necesario empatizar y comprender al asesino para poder hacerle frente?

R. No. Se debe estudiar al asesino para prever sus reacciones, pero esto no significa “comprenderlo”. Para combatir al nazismo, no era necesario sentir empatía por los nazis.

P. ¿Qué alternativa a corto plazo hay frente al capitalismo acérrimo y la deshumanización? ¿Queda alguna esperanza para nosotros?

R. El capitalismo está comprometido en una carrera hacia el abismo. En cierto modo, todos contribuimos a ello sin quererlo. Pero esto no significa que todo el mundo lo desee. Independientemente del propio rol social, cada cual puede sentir el sufrimiento que esta sociedad produce y probar en carne propia algunas de sus consecuencias -ecológicas y climáticas, por ejemplo-. En efecto, es muy posible que justo esta cuestión sea finalmente capaz de federar los distintos tipos de contestación. Las “marchas por el clima” de los últimos meses son una señal alentadora en este sentido. Es esencial, no obstante, que prevalezca la conciencia de que “el capitalismo mata el clima”, como decían ciertas pancartas en las manifestaciones. La catástrofe ambiental no podrá evitarse con una economía “sostenible”, sino solo con un rápido abandono de la mercancía y del dinero, del trabajo y del valor, del Estado y del mercado. Un programa amplio y difícil, pero es el único realista que hay.

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