La ciudad vertical.

Rafael Llacer Moreno-Aurioles, que ha documentado y publicado en nuestro Comité muy completos informes sobre las 3000 y sobre El VACIE, firma esta columna.

En verano la ciudad atraviesa un sueño, un letargo del que se sacude ligeramente
cuando cada tarde cae el sol. Por la mañana, cuando más calienta, la ciudad huye de
sí, se esconde en su vientre y espera. Y lo hace inconsciente, con la inercia milenaria
de los ciclos planetarios, dejando atrás una vez más el calendario de los hombres: las
horas se dilatan y contraen, y, como un alambique, solo dejan pasar en el
pensamiento aquello que es esencial.
En Sevilla permanecen quienes no pueden escapar hacia otros lugares con veranos
más apacibles. Algunas zonas se despueblan de un día para otro, como si la noticia de
un bombardeo inminente hubiera recorrido sus calles, y regresa a ellas el silencio;
también, existen otras donde casi nada cambia salvo el sol, que golpea con fuerza día
tras día mientras los vecinos resisten con resignación sus enbestidas.
Entre estas reside la tercera Sevilla, la olvidada, aquella que recuerda desde hace
siglos cómo atravesar este desierto. Bebe agua, camina por la sombrita, abre las
ventanas que hace corriente. Vive oculta entre murallas modernas, que se han
levantado en forma de carreteras, vías férreas, polígonos industriales, terrenos
baldíos. Las viejas murallas fueron derribadas y dieron paso a una ciudad abierta y
difusa, aunque fracturada en su interior.
En el plano de la marginalidad, Sevilla, como muchas otras ciudades, adopta la forma
de un archipiélago. Llueve y el río se desborda sobre la pirámide. Este está formado
por islas de distinto tamaño y esplendor, provistas con más o menos recursos. Entre
ellas, el abismo; territorios sumergidos acogen a esa otra ciudad, bajo una marejada
que ninguno entiende.
Muchos de estos territorios acaparan a menudo la atención de la prensa. Según los
datos que ofreció hace pocos meses el Instituto Nacional de Estadística, Pajaritos-
Amate, Polígono Sur, Torreblanca, Cerro, Villegas, Su Eminencia y San Pablo se
encuentran entre los 15 barrios más pobres de España.
Precisamente sobre los Pajaritos se pronunció el Ejecutivo hace pocos días, aunque
de un modo bastante extraño; ante una serie de preguntas sobre el barrio presentadas
por una senadora de Podemos, desde el Gobierno se aseguró estar realizando un
trabajo muy bueno este año, pero sin ofrecer ningún dato, y remitieron a la senadora a
informarse en la prensa diaria. En fin, el extrañamiento se hace mayúsculo cuando se
repasan las noticias y se descubre que solo recogen dos redadas.
Sevilla acoge un pozo en todos estos barrios, un lugar (disperso en la ciudad, pero que
siempre está abajo) donde reunir a una parte de los suyos. El periodista y escritor
Antonio Ortega nos ha regalado una metáfora de ese pozo, un nombre y una historia.
La zúa, que da título a su última novela, era una pequeña presa situada en un margen
del río Guadaíra, que servía para el baño y el recreo de las familias de Las Tres Mil;
con los años, esta pasó de playa a vertedero, se convirtió en el agujero donde fue a
parar lo que nadie quería. Se utilizó para arrojar todo lo que había que hacer
desaparecer, y sin embargo fue el propio lugar el que desapareció mientras se
degradaba.
Estas barriadas bien podrían ser llamadas guetos (los que viven en ellas así las
llaman), pero esa palabra recuerda a un general nazi, y no se ve a un general nazi por ningún lado. En ocasiones, se recurre a cierto bandolerismo romántico; en otras, el
marco es el de una película de gangsters; en todos los casos, la imagen la crean los
que viven en la superficie.
Mientras agosto se consume, van regresando los que pudieron marcharse. En
septiembre la mayoría habrá vuelto, y con ella el ruido. Las barriadas marginadas de
Sevilla, tal y como a veces son descritas, parecen sacadas de un relato de García
Márquez. Es una buena perspectiva, la vida en ellas pone a prueba a la imaginación y
todo puede resultar extraordinario. Pero también lo es la de quienes las habitan
cuando observan al resto de la ciudad: vistos desde allí abajo, algunos parecen haber
salido de alguna novela latinoamericana de dictador. Miran y se preguntan por qué
tanto tráfago inútil, como si para ellos nunca se acabara el verano.

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