ZANDER VENEZIA

La mar, que es mujer, ciega al caminar frente al este al amanecer. El sol la requiebra cuando el orto le hace emprender la marcha hacia el ocaso, llenándola de oro y plata, despilfarrando la luz del reverbero aunque la mire sesgadamente y se irriten con ella los hijos los hombres. La mar, que es mujer y ama a los hombres, los llama hacia su dentro, sin importarle el qué dirán los recatados, los pacientes, los sabios del vivir. A la mar, sus opiniones, le tienen sin cuidado. Solo anhela que le hagan imágenes de oro con marcas de plata mientras el sol está en el diván.

De niño la mar le robó el sentido. A los once años ganó en su natal Barbados, el campeonato nacional sub21 de surf. Al crecer y coger altura y cuerpo se creyó transformado en un mesoplodon misus, el cetáceo capaz de permanecer dos horas a tres mil metros de profundidad, que pasa la casi totalidad de su vida en aguas profundas.

Un gran promesa del surf. La tribu universal sin nacionalidad política ni económica, sin ethos que no sean la tabla, las bermudas, el agua, la arena y buscar de playa en playa un gran swell, el más grande, el más arriesgado, el que con la mar tendida forma las líneas de oleaje más puras que vienen de alta mar. 

Cuando los de Tordesillas gimen por su toro lanceado, y en Irún pasan revista a las cantineras de san Marcial y Madrid achulapa a su presidenta regional y Barcelona rinde honores con uniformes de guardias de campo en zapatillas de esparto y los jóvenes  almonteños se arraciman en torno a una imagen de Pastora medieval , miles de adolescentes y jóvenes, mujeres y hombres, que aman solo la mar y el viento, las olas y el sol, la arena y las nubes, recorren el mundo sin ser de ningún lugar y sin quedarse en ningún sitio de forma estable. Nómadas de la belleza del sol y del agua, solo tiene pasaporte porque lo piden los policías fronterizos de mil países.

Zander era de esa especie. Había ganado, con 16 años, júnior de la WSL, el campeonato de su división en el NNSA East Coats Championship a comienzos de este 2017. Un Kuros rubio, cual efebo heleno del 480 a.C., que con expresión melancólica y el pelo recogido, contempla el tiempo. 

Más allá de los estudios que incordian y del trabajo que ata, la tribu del surf busca solo la ola de su vida que siempre puede ser mayor que la de hoy. La exploradora Alexandra David-Ned opinaba que la obediencia es la muerte. Y Foucauld, hoy beato vaticano, ama la acción, creación posible a través de situaciones en que no haya nada previsto y mande lo desconocido. La mar, el viento, la arena, la nube, el huracán. 

La mar es celosa y fuerte, lo quiere todo para ella. Irma corre hacia otras islas y deja Barbados sin acercarse. La tribu aprovecha esa mar brava y alocada para buscar la ola de su vida el martes cinco de este mes de septiembre. Zander, que es blanco y rojizo, escogido entre diez mil, como el amante de la sulamita, cuya cabeza es oro purísimo y sus ojos son como palomas en la plenitud de las aguas, cuyas manos están talladas de audacia y sus piernas son columnas de mármol, no cuenta con la mar que lo envuelve en la ola de su vida, jala de él que solo acertó a gritarle a un compañero acabo de surfear la mejor ola de mi vida. La mar no le dejo salir y lo estrelló contra un arrecife. Un wipeout, en la jerga de la tribu universal. Aniquilación. 

Cuando exhale el día y sean venidas las sombras me marcharé al  monte del mirto y a la montaña del Líbano. La mar, como Zeus con Gaminedes, se enamoró de él y se lo llevó al Olimpo,  convirtiéndolo en su amante. 

Alberto Revuelta

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