En Francoland

Antonio Muñoz Molina
3 OCT 2017 – 23:28 CEST

Me pasó la última noche de septiembre en Heidelberg, pero me ha pasado igual con
cierta frecuencia en otras ciudades de Europa y de América, incluso aquí, dentro de
España, en conversaciones con periodistas extranjeros. Muchas veces, en épocas
diversas, con una monotonía en la que solo cambia el idioma y el motivo inmediato,
me ha tocado explicar con paciencia, con la máxima claridad que me era posible,
con voluntad pedagógica, que mi país es una democracia, sin duda llena de
imperfecciones, pero no muchas más ni más graves que las de otros países
semejantes. Me he esforzado en dar fechas, mencionar leyes, cambios, establecer
comparaciones que puedan ser útiles. En Nueva York he debido recordarles a
personas llenas de ideales democráticos y condescendencia que mi país, a
diferencia del suyo, no admite la pena de muerte, ni la cadena perpetua, ni el envío a
prisión de por vida de menores de edad, ni la tortura en cárceles clandestinas.
Fuera de España uno a veces tiene que dar explicaciones de historia, y hasta de
geografía. Hasta no hace mucho tiempo, un ciudadano español tenía que explicar,
aun sabiendo que había grandes posibilidades de que no se le hiciera ningún caso,
que el País Vasco no se parece al Kurdistán, ni a Palestina, ni a las selvas de
Nicaragua en las que los sandinistas resistían al dictador Somoza. Uno explicaba
que el País Vasco es uno de los territorios más desarrollados y con más alto nivel de
vida de Europa; y además que dispone de un grado de autogobierno y hasta
soberanía fiscal muy superior a la de cualquier Estado o región federada del mundo.
Lo más que se conseguía era una sonrisa cortés, aunque también incrédula.
Una parte grande de la opinión cultivada, en Europa y América, y más aún de las
élites universitarias y periodísticas, prefiere mantener una visión sombría de España,
un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la
dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de
sangre. El estereotipo es tan seductor que lo sostienen sin ningún reparo personas
que están convencidas de sentir un gran amor por nuestro país. Nos quieren toreros,
milicianos heroicos, inquisidores, víctimas. Nos aman tanto que no les gusta que
pongamos en duda la ceguera voluntaria en la que sostienen su amor. Aman tanto la
idea de una España rebelde en lucha contra el fascismo que no están dispuestos a
aceptar que el fascismo terminó hace muchos años. Les gusta tanto el
pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos todo lo que
hemos cambiado en los últimos 40 años: que no vamos a misa, que las mujeres
tienen una presencia activa en todos los ámbitos sociales, que el matrimonio
homosexual fue aceptado con una rapidez y una naturalidad asombrosas, que
hemos integrado, sin erupciones xenófobas y en muy pocos años, a varios millones
de emigrantes.
La democracia española no ha sido capaz de disipar los estereotipos de siglos
La otra noche, en Heidelberg, la víspera del ya célebre 1 de octubre, en medio de
una cena muy grata con profesores y traductores, tuve que repetir mi explicación,
con una vehemencia que me hizo sobreponerme al desánimo. Una profesora
alemana me dijo que, según le acababa de contar alguien de Cataluña, España era todavía “Francoland”. Le pregunté, tan educadamente como pude, qué sentiría ella
si alguien decía en su presencia que Alemania es todavía Hitlerland. Se ofendió
enseguida. Tan calmadamente, tan pedagógicamente como pude, le aclaré lo que
no tiene que aclarar nunca ningún ciudadano de ningún otro país avanzado de
Europa: que España es una democracia, tan digna y tan imperfecta como Alemania,
por ejemplo, y tan ajena como ella al totalitarismo; incluso más, si atendemos a los
últimos resultados electorales de la extrema derecha. Si, según su informante
catalana, seguíamos en la tierra de Franco, ¿cómo era posible que Cataluña
dispusiera de un sistema educativo propio, ¿un Parlamento, una fuerza de policía,
una radio y una televisión públicas, un instituto internacional para la difusión de la
lengua y la cultura catalanas? El reconocimiento de la singularidad de Cataluña era
tan prioritario para la naciente democracia española, le dije, que la Generalitat se
restableció incluso antes de que se aprobara la Constitución. Extraño país franquista
el nuestro, tan opresor de la lengua y de la cultura catalana, que elige una película
hablada en catalán para representar a España en los Oscar.
Quien ha vivido o vive fuera de nuestro país conoce lo precario de nuestra presencia
internacional, la asfixia presupuestaria y el mangoneo político que han malogrado
tantas veces la relevancia del Instituto Cervantes, la falta de una política exterior
ambiciosa a largo plazo, de un acuerdo de Estado que no cambie desastrosamente
de un Gobierno a otro. La democracia española no ha sido capaz de disipar los
estereotipos de siglos. Los terroristas vascos y sus propagandistas supieron
aprovecharse muy bien de ellos durante muchos años, precisamente aquellos en los
que éramos más vulnerables, cuando a los pistoleros más sanguinarios se les
seguía concediendo en Francia el estatuto de refugiados políticos.
De modo que a los independentistas catalanes no les ha costado un gran esfuerzo,
ni un gran despliegue de sofisticación mediática, volver a su favor en la opinión
internacional eso que ahora todo el mundo se ha puesto de acuerdo en llamar “el
relato”. Lo habían logrado incluso sin la colaboración voluntariosa del Ministerio del
Interior, que envió a policías nacionales y guardias civiles a actuar de extras en el
espectáculo amargo de nuestro desprestigio. Pocas cosas pueden dar más felicidad
a un corresponsal extranjero en España que la oportunidad de confirmar con casi
cualquier pretexto nuestro exotismo y nuestra barbarie. Hasta el reputado Jon Lee
Anderson, que vive o ha vivido entre nosotros, miente a conciencia, sin ningún
escrúpulo, sabiendo que miente, con perfecta deliberación, sabiendo cuál será el
efecto de su mentira, cuando escribe en The New Yorker que la Guardia Civil es un
cuerpo “paramilitar”.
Como ciudadano español, con todo mi fervor europeísta y viajero, me siento
condenado sin remedio a la melancolía, por muy variadas razones. Una de ellas es
el descrédito que sufre el sistema democrático en mi país por culpa de la
incompetencia, la corrupción y la deslealtad política. Otra es que el mundo europeo y
cosmopolita en el que personas como yo nos miramos y al que hemos hecho tanto
por parecernos prefiere siempre mirarnos a nosotros por encima del hombro: por
muy cuidadosamente que queramos explicarnos, por mucha aplicación que
pongamos en aprender idiomas, a fin de que se entiendan bien nuestras
explicaciones inútiles.

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