Aurelio Pérez Gutiérrez
Viaje a Colombia
Introducción
El presente documento recoge mis impresiones sobre el país latinoamericano tras mi estancia
durante cuatro semanas y media los pasados meses de enero y febrero. Este texto no tiene un
carácter académico ni recoge información de forma objetiva y exhaustiva, sino opiniones que
basadas en mis anécdotas en el país y en mis estudios de Ciencias Políticas y Sociología puedan
ayudar a comprender la actualidad y las características del país.
Contexto
Cuando fui a Colombia había pasado algunos meses (fue el 2 de octubre de 2016) del referéndum
en el que los colombianos dijeron no a los acuerdos de paz entre el Estado colombiano,
representado por el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla marxista FARC. Sin embargo,
tras conversaciones con la oposición y algunas modificaciones, el poder legislativo aprobó el texto.
Colombia ha sido históricamente un estado fallido, donde el poder político no mantiene en
exclusividad el monopolio de la violencia legítima, el control sobre el territorio o la provisión de
bienes y servicios públicos. Así, el estado colombiano ha sido incapaz de implementar las leyes
contra diversos polos de poder armado, como las guerrillas de izquierda, los paramilitares de
extrema derecha o los grupos narcotraficantes, en una guerra asimétrica que dura desde los años 60.
Sin embargo, hoy en día la situación ha mejorado, y el país mira hacia el futuro con mayor
confianza. Tras años de crecimiento económico y la mano férrea del controvertido Álvaro Uribe, los
acuerdos de paz y las conversaciones con otros grupos armados han dado mayor estabilidad y
esperanza al país.
Sin embargo, la violencia utilizada por el Estado (como los caso de los falsos positivos) durante los
mandatos de Uribe ha supuesto un trauma en el país. Con una mentalidad de vencer cueste lo que
cueste a la guerrilla que asesinó a su padre, el expresidente puso en práctica la Doctrina de la
Seguridad Democrática, que causó una ola de violencia que, pese a disminuir drásticamente las
actividades ilegales en el país, supuso una vulneración de derechos humanos sistemática. Junto con
las heridas dejadas abiertas por los grupos armados, el país sigue en una situación donde rencores y
odios van dando paso a la reconociliación.
Viaje
Colombia es un país que me sorprendió enormemente. De los países que visité (Cuba, Ecuador,
Bolivia y Perú) fue, quizá, en el que me sentí mejor acogido y más cercano a las personas. La
distancia cultural es menor para nosotros, y la gente mantiene un carácter muy abierto y, en mi
opinión, sincero. Esto favoreció que todavía guarde contacto con muchísimos amigos que hice allí.
Podríamos dividir el país en cuatro zonas: el Pacífico, menos desarrollado y asediado por grupos
armados; la zona montañosa de los Andes, en la que se encuentra Bogotá o Medellín; el norte, con
mucha presencia afro-colombiana y donde el carácter es más caribeño; y por último la zona
amazónica, repleta de grupos indígenas de una diversidad increíble.
Colombia es una tierra de energía inagotable, y se observa fácilmente que es un país en crecimiento
y con cada vez más confianza en el futuro. Conocí a muchos colombianos, amigos de amigos
franceses y españoles, que habían estudiado en Europa y ahora se estaban volviendo a sus ciudades
de origen. Una juventud bien formada y muy abierta, también un carácter emprendedor muy
presente en ciudades como Cali, Medellín o Bogotá.

En el país se ven muchas diferencias por regiones, todas con su encanto particular y que dotan al
país de una diversidad muy rica. Algunas impresiones que me llamaron la atención son las
siguientes:
-Se tiene un cierto estereotipo de la gente del norte caribeño (Barranquilla, Cartagena, etc.), como
personas que trabajan poco y les gusta mucho la fiesta. A mí esta región es la que menos me gustó
en general, pero son sumamente interesantes los pueblos palenqueros (que también hay en el
Pacífico), donde los esclavos cimarrones que huyeron formaron comunidades de cultura de raíces
africanas y cuya música se distingue nítidamente de las del resto del país. Otro lugar imprescindible
es la Ciudad Perdida, al norte del país; poblado indígena tayrona que todavía sigue existiendo desde
hace siglos y donde se puede tener contacto con varias comunidades originarias.
-Por otro lado, es muy interesante la región cuya capital es Medellín: Antioquia. Esta región, que es
la segunda más rica del país tras Bogotá, es percibida como la cuna del capitalismo en el país.
Según me explicó un profesor de sociología de la Universidad de Bogotá, esta región ha impuesto a
las comunidades originarias o tribales del Pacífico, muchas de ellas afrodescendientes, el ingreso en
un sistema de mercado y donde el trabajo que realizaban pasó de ser de susbsistencia y artístico a
venderse como una mercancía. Los paisas tienden a ser abiertos y a buscar dejar una buena
impresión en el visitante, ayudando en lo que sea necesario, aunque los grupos sociales son más
cerrados que en otras regiones. La ciudad de Medellín renace de la pesadilla de la droga, con unas
buenas infraestructuras, una universidad de calidad, una vida económida que se dinamiza y
diversifica. El turismo también está resurgiendo tras una mayor seguridad debido al mejor control
que del territorio tiene el estado.
-Las tres principales ciudades, Cali, Medellín, pero sobre todo Bogotá, son ciudades muy diversas y
tolerantes, con una vida cultural impresionante que tiene poco que envidiar a las de muchas de las
capitales europeas. Esto rompe un poco los estereotipos que se tienen de este país. En Cali, por
ejemplo, conocí a un joven en el cosmopolita barrio de San Antonio que había montado un café
cuyos productos eran ecológicos y venían solamente de pequeños productores locales de los
alrededores, que el mejor café de Colombia que antes servía exclusivamente para la exportación en
dichos continentes ahora se consumía en el país. Me explicó que en la ciudad los jóvenes habían
perdido un cierto complejo de inferioridad con Europa y Estados Unidos, y que mucha gente volvía
para impulsar la actividad económica y cultural del país. Este espíritu refleja bien lo que he visto en
muchos lugares del país.
El conflicto interno: algunas reflexiones a raíz de distintas experiencias y conversaciones
Un conflicto como el colombiano es un círculo vicioso de violencia y búsqueda de poder, con
construcciones sociales que crean un estereotipo sobre el otro difícil de manejar racionalmente, y
donde las sensibilidades hablan más que la sensatez, bloqueando el diálogo. Mi percepción en
Colombia es que el revanchismo, sobre todo viniente del uribismo, está enraizado en un sector
amplio de la población. También que hay ciertos problemas estructurales que obstaculizan avances,
sobre todo la corrupción política y policial y el siempre presente problema de la tierra.
En Bogotá me alojé en la casa de un profesor de sociología, quién había estado presente en las
reuniones de las FARC y el ELN, y quién incluso había tenido contacto con miembros de Sendero
Luminoso, grupo armado de Perú. Su hermana era profesora de historia en otra universidad
colombiana, y su otra hermana hacía una tesis de historia sobre el sindicalismo colombiano. Venían
de una familia humilde de los barrios periféricos de Bogotá, y con ellos descubrí la cumbia, los
diferentes orígenes sociológicos de la música y cultura del país y, en definitiva, la diversidad colombiana.

“No nos independizamos, se independizaron ellos. Los que tienen la tierra, los medios de
comunicación y el poder político, los que nos han subdesarrollado para desarrollar a los países del
centro (países denominados occidentales)” me dijo el profesor el primer día que nos conocimos.
Tras pasear por las diferentes universidades de la capital, me di cuenta de que en el ámbito
universitario de Bogotá hay una cierta complacencia con las FARC y el ELN, muy explícita en los
muros de los edificios, llenos de pinturas en su apoyo. “Aquí ha habido muchas reuniones de los
líderes políticos de distintos grupos armados, nosotros éramos más cercanos con el ELN, al ser un
grupo de carácter más urbano que las FARC, de carácter esencialmente campesino. Nosotros
éramos castristas y apoyábamos al cura rojo Camilo Torres, que defendía realmente los valores
cristianos, no como la institución de la Iglesia que siempre ha estado del lado de la derecha”.
La gente de izquierda en el país tiene una imagen del estado muy negativa, como un instrumento de
las élites. “¿Reconciliación? Nos han explotado, robado las tierras, asesinado a sindicalistas… y los
malos son las FARC. Son el estado y los paramilitares quienes han destrozado este país, las FARC y
el ELN son respuestas naturales a la violencia del estado opresor de los indígenas y de las mayorías
sociales. Es la historia de este país”. Me explicaba que iban a hacer como con la Unión Patriótica,
que nació como organización política dispuesta a seguir las vías políticas legales en 1985, y estaba
integrada por miembros de las FARC y otras guerrillas. Fueron perseguidos y murieron alrededor de
3000 personas. Su opinión, que resume muy bien la de mucha gente con la que hablé, es que el
estado colombiano ha sido siempre esencialmente “fascista”. Pese a que el gobierno cambie de
políticos, el ejército y las estructuras políticas, ligadas a los medios de comunicación (como el
periódico más importante del país, El Tiempo, que pertenecía a la familia del actual presidente
Santos) y a los terratenientes, siempre han impedido la reforma agraria y la democratización del
país. Este espíritu autoritario se ve hoy reflejado en el uribismo, radicalmente opuesto al acuerdo
de paz por considerarlo una humillación a las víctimas.
En concreto, las élites son vistas como directamente descendientes de los colonizadores españoles,
como si siempre hubiese existido una continuidad en el tiempo pese a que haya habido
transformaciones. Estas élites han estado profundamente ligadas al problema de la estructura de
propiedad de la tierra, con latifundios que desposesían a la población y la explotaban. Este
problema está en la raíz de la mayoría de conflictos sociales del país, entre ellos las luchas
campesinas que posteriormente dieron origen a las repúblicas independientes y las luchas
guerrilleras. Hay que recordar que los paramilitares estuvieron financiados y respaldados por los
grandes propietarios de tierras ante la amenaza de los grupos izquierdistas, que desafiaban el status
quo. Estas élites también les caracteriza un racismo e incomprensión contra la población indígena y
afrocolombiana, para quienes sus territorios forman parte de algo más importante que el derecho de
propiedad recogido en los códigos jurídicos o como un bien mercantilizable.Por el contrario, son la
base para sus expresiones culturales y económicas, como queda explícito en las sentencias de la
Corte Interamericana de Derechos Humanos o el Convenio 169 de la OIT.
En Bogotá, por ejemplo, me llamó especialmente la atención una manifestación. El Alcalde de la
ciudad había vuelto a permitir las corridas de toros, y ese día había una en la plaza del centro de la
capital. En las puertas de la plaza, un inmenso dispositivo policial estaba desplegado, y masas de
jóvenes se apelotonaba gritando “asesinos” a los asistentes al acto. Bogotá es una ciudad muy
plural, y jóvenes de todos los estilos (skaters o punkis, cosa que me sorprendió) y de tonos más
oscuros de piel se enfrentaban a unos asistentes al acto de piel blanca, con sombreros de ala ancha,
camisas blancas metidas en los pantalones y botas de cuero. Las acusaciones se cruzaban entre unos
y otros, y un joven les gritó: “¡Míralos! Si vienen salidos de la época colonial”. La enorme
diferencia entre unos y otros ponía de relieve la separación de esta élite que detiene el poder desde
hace siglos.

Los vínculos de las élites políticas con los paramilitares de extrema derecha y los narcotraficantes
tampoco ha ayudado a la pacificación del país. Tras los falsos positivos y la demostración de nexos
económicos de muchos parlamentarios con los grupos de extrema derecha, la legitimidad del Estado
para amplios sectores ha quedado muy dañada. Cuando estuve en Sierra Nevada, al norte del país,
lo guías turísticos eran en su mayoría antiguos paramilitares reinsertados en la vida civil con los
acuerdos de paz de Uribe con las Autodefensas Unidas de Colombia. En mi opinión, la crueldad de
estos grupos ha sido, si cabe, muy superior a la de los grupos de izquierda. Tras horas de charla, me
confirmaron que muchas veces habían visto camiones del ejército en las zonas paramilitares
colaborando con ellos, que era algo sabido por todos. Gracias a ellos, sin embargo, aprendí mucho
de los grupos paramilitares. Les pregunté por la ideología de aquellos grupos, pues se les asocia
continuamente a la extrema derecha.
En realidad percibí que están movidos por la venganza y por intereses económicos, y no por una
visión política de la sociedad. Quienes les financian son las élites políticas y terratenientes, a parte
de sus propias actividades criminales. Mi guía me explicó lo siguiente “Sí, es verdad que somos
anticomunistas, pero sinceramente a mí eso me importa una vaina. Aquí nunca ha habido FARC, y
un día llegaron jodiendo, ¡pero este no es su territorio! Mataron a varias familias, a inocentes…
entre ellos familiares míos. Yo me quería vengar, y los paramilitares era también una posibilidad de
tener un tipo de trabajo y ganar dinero, incluso hoy, con la cocaína”. En este caso, pese a que se
habían reconvertido en guías, muchos seguían con actividades narcotraficantes.
En Cali conocí varias chicas que trabajaban en la reinserción social y laboral de excombatientes de
las guerrillas. El padre de una de ellas fue un antiguo líder del movimiento 19 de Abril, guerrilla
urbana de corte nacionalista de izquierda y cuyo objetivo era la democratización del país. Así, me
explicaron que la reinserción era difícil, y que los financiadores, muchos de ellos estadounidenses,
pensaban en términos muy cortoplacistas, demandando resultados rápidos, lo que les obstaculizaba
enormenente la labor. Ellas pensaban que la reinserción laboral es fundamental, y que el estado
tiene que financiar esta transición tan necesaria en el país, lo que en parte está contemplado en el
acuerdo.
Por otro lado, conocí varios colombianos opuestos a los acuerdos de paz, y podría resumir su punto
de vista en las opiniones de un chico de Medellín, llamado Mauri, que me acogió en su casa. Este
me explicó que fuera de Colombia no habíamos sufrido el conflicto, y que teníamos que
comprender que ese acuerdo era una humillación a las víctimas, que daba muchos privilegios a las
FARC (como los escaños permanentes en el Congreso) y que con un grupo terrorista que había
paralizado el país no hay que dialogar.
En mi opinión, los conflictos sociales se basan en una construcción social y cultural sobre el Otro
basadas en estereotipos y experiencias que bloquean las posiciones, y a menos que intentemos
comprender por qué surgen las FARC y por qué el Estado hoy necesita dialogar con ellas no
podremos pasar el estadio de violencia que ha sufrido el país y que ha causado millones de
desplazados, decenas de miles de muertos o desaparecidos y un trauma colectivo general. De este
modo, ambos necesitan comprenderse y hacer concesiones, y no se puede hablar desde el rencor y
el odio. También creo que el uribismo forma parte del aparato del estado y de las élites del país, que
tensionan y polarizan continuamente la sociedad e impide avances que necesitan diálogo. La
violencia en el discurso de los uribistas, así como un cierto odio de los sectores de izquierda hacia
todo lo proveniente del Estado provienen de una historia convulsa y traumática, y pueden impedir la
evolución positiva que vive el país con un potencial enorme. No obstante, y pese a la inseguridad
ligada a las drogas y la delincuencia que se vive en las grandes ciudades, hemos viajado sin ningún
tipo de problema durante varias semanas sin ningún incidente, lo que antes no sucedía, y la mayoría
de personas que hemos conocido en el país nos han hablado de las mejoras que desde hace años
viven, con un boom turístico (que conlleva ciertos peligros también) y una eclosión económica y
cultural que ayuda a dejar atrás la pesadilla de la violencia.

Los vínculos de las élites políticas con los paramilitares de extrema derecha y los narcotraficantes
tampoco ha ayudado a la pacificación del país. Tras los falsos positivos y la demostración de nexos
económicos de muchos parlamentarios con los grupos de extrema derecha, la legitimidad del Estado
para amplios sectores ha quedado muy dañada. Cuando estuve en Sierra Nevada, al norte del país,
lo guías turísticos eran en su mayoría antiguos paramilitares reinsertados en la vida civil con los
acuerdos de paz de Uribe con las Autodefensas Unidas de Colombia. En mi opinión, la crueldad de
estos grupos ha sido, si cabe, muy superior a la de los grupos de izquierda. Tras horas de charla, me
confirmaron que muchas veces habían visto camiones del ejército en las zonas paramilitares
colaborando con ellos, que era algo sabido por todos. Gracias a ellos, sin embargo, aprendí mucho
de los grupos paramilitares. Les pregunté por la ideología de aquellos grupos, pues se les asocia
continuamente a la extrema derecha.
En realidad percibí que están movidos por la venganza y por intereses económicos, y no por una
visión política de la sociedad. Quienes les financian son las élites políticas y terratenientes, a parte
de sus propias actividades criminales. Mi guía me explicó lo siguiente “Sí, es verdad que somos
anticomunistas, pero sinceramente a mí eso me importa una vaina. Aquí nunca ha habido FARC, y
un día llegaron jodiendo, ¡pero este no es su territorio! Mataron a varias familias, a inocentes…
entre ellos familiares míos. Yo me quería vengar, y los paramilitares era también una posibilidad de
tener un tipo de trabajo y ganar dinero, incluso hoy, con la cocaína”. En este caso, pese a que se
habían reconvertido en guías, muchos seguían con actividades narcotraficantes.
En Cali conocí varias chicas que trabajaban en la reinserción social y laboral de excombatientes de
las guerrillas. El padre de una de ellas fue un antiguo líder del movimiento 19 de Abril, guerrilla
urbana de corte nacionalista de izquierda y cuyo objetivo era la democratización del país. Así, me
explicaron que la reinserción era difícil, y que los financiadores, muchos de ellos estadounidenses,
pensaban en términos muy cortoplacistas, demandando resultados rápidos, lo que les obstaculizaba
enormenente la labor. Ellas pensaban que la reinserción laboral es fundamental, y que el estado
tiene que financiar esta transición tan necesaria en el país, lo que en parte está contemplado en el
acuerdo.
Por otro lado, conocí varios colombianos opuestos a los acuerdos de paz, y podría resumir su punto
de vista en las opiniones de un chico de Medellín, llamado Mauri, que me acogió en su casa. Este
me explicó que fuera de Colombia no habíamos sufrido el conflicto, y que teníamos que
comprender que ese acuerdo era una humillación a las víctimas, que daba muchos privilegios a las
FARC (como los escaños permanentes en el Congreso) y que con un grupo terrorista que había
paralizado el país no hay que dialogar.
En mi opinión, los conflictos sociales se basan en una construcción social y cultural sobre el Otro
basadas en estereotipos y experiencias que bloquean las posiciones, y a menos que intentemos
comprender por qué surgen las FARC y por qué el Estado hoy necesita dialogar con ellas no
podremos pasar el estadio de violencia que ha sufrido el país y que ha causado millones de
desplazados, decenas de miles de muertos o desaparecidos y un trauma colectivo general. De este
modo, ambos necesitan comprenderse y hacer concesiones, y no se puede hablar desde el rencor y
el odio. También creo que el uribismo forma parte del aparato del estado y de las élites del país, que
tensionan y polarizan continuamente la sociedad e impide avances que necesitan diálogo. La
violencia en el discurso de los uribistas, así como un cierto odio de los sectores de izquierda hacia
todo lo proveniente del Estado provienen de una historia convulsa y traumática, y pueden impedir la
evolución positiva que vive el país con un potencial enorme. No obstante, y pese a la inseguridad
ligada a las drogas y la delincuencia que se vive en las grandes ciudades, hemos viajado sin ningún
tipo de problema durante varias semanas sin ningún incidente, lo que antes no sucedía, y la mayoría
de personas que hemos conocido en el país nos han hablado de las mejoras que desde hace años
viven, con un boom turístico (que conlleva ciertos peligros también) y una eclosión económica y
cultural que ayuda a dejar atrás la pesadilla de la violencia.

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