La izquierda española vive en una burbuja (sus mejores pensadores ya no lo niegan)

El Confidencial

Es solo un ‘sketch’ humorístico, pero con más enjundia política que muchos ensayos de cuatrocientas páginas. Se titula ‘La burbuja’ y fue emitido en el mítico programa de televisión Saturday Night Live en noviembre de 2016. Trata de cómo la izquierda estadounidense fue incapaz de encajar la victoria de Donald Trump. En vez de pedir perdón o hacer autocrítica, se encerraron en los barrios ‘cool’ de las grandes ciudades, por ejemplo, en Brooklyn, Nueva York. Esta joya del sarcasmo imagina calles libres de republicanos, donde reina la armonía racial, solo se lee prensa ‘progre’ y los billetes de un dólar llevan impresa la cara de Bernie Sanders. ¿El único problema? No han conseguido encontrar policía ni bomberos dispuestos a trabajar allí, quizá porque saben que la izquierda detesta a las fuerzas del orden o porque la gentrificación ha disparado los precioshasta el punto de que una casa de un solo dormitorio cuesta más de un millón de dólares. Divertido, ¿verdad?

Poliamor’, ‘posfordismo’ y ‘pollaviejas’

El artículo de Hernández refleja la incapacidad de ‘los partidos del cambio’ para conseguir el apoyo de los votantes más pobres, cuyos intereses teóricamente representan. «En España hoy, casi diez años después del inicio de la crisis económica, casi el 50% de las personas que no tienen ingreso alguno siguen votando al bipartidismo», revela el demoledor informe que se analiza en el texto. Sin duda, la desconexión cultural con ‘los de abajo’ es un síntoma de la desconexión política. Un habitante de la periferia de Madrid que se desplace a Lavapiés para tomar unas cañas empezará a escuchar palabras tan éxoticas como ‘poliamor’, ‘posfordismo’ y ‘pollavieja’. Esta última alude a los varones blancos de más de cincuenta años que llegaron a posiciones de poder durante la era dorada de la alternancia de PP y PSOE.

El elitismo de Podemos

Intelectuales de referencia en la izquierda como Santiago Alba Rico hace tiempo que vieron claro este problema. Lo expuso en el artículo ‘El lío de Podemos y los tres elitismos’, publicado en 2014. Entre otras cuestiones, Alba Rico denunció el riesgo de ‘elitismo democrático’, una expresión que parece contradictoria, pero que no lo es en absoluto. Denunciaba que el funcionamiento del partido morado «acaba por dejar fuera a esa mayoría social —votante virtual de Podemos— sin la cual no se puede ganar y que ni lee ni revisa los documentos en Plaza Podemos, no asiste a las asambleas de los círculos, trabaja o busca trabajo sin parar, tiene muy poco tiempo para militar y ve además mucha televisión, lo que no le impide tener una noción bastante clara de lo que es la justicia y aspirar a un cambio real en favor de mayor igualdad, transparencia y democracia». Dicho de otro modo: la supuesta democracia radical de los ‘partidos del cambio’ se traduce muchas veces en protagonismo desmesurado de militantes de clase media procedentes de la universidad. Esto implica la exclusión de quien tiene personas a su cargo o es absorbido por su trabajo en la empresa privada, caso de la mayoría de los españoles.

Por si fuera poco, existe otra inercia kamikaze de nuestra izquierda, relativa a su famosa ‘superioridad moral’. Cuando los activistas no están cómodos con algo —religión, familia tradicional, ejército…— le cuelgan la etiqueta de ‘facha’ en vez de intentar ofrecer una alternativa que sintonice con las necesidades y aspiraciones de ‘los de abajo’ (léase los españoles más vulnerables). El sociólogo César Rendueles, autor de varios ensayos de éxito, denunciaba estos días la distancia entre los ‘partidos del cambio’ y los problemas cotidianos de sus votantes potenciales. «En un estudio del CIS el 86% de los encuestados —mujeres y hombres— decían estar de acuerdo o muy de acuerdo con la afirmación ‘ver crecer a los hijos es el mayor placer de la vida’. Llamadme loco, pero lo mismo no es mala idea incorporar la familia al discurso de izquierdas», apuntaba. Para la mayoría de activistas de barrio ‘cool’ la familia es una entidad anticuada, asfixiante y tirando a casposa, a pesar de que esta institución fuese el mayor factor de solidaridad interpersonal para hacer frente a la crisis económica. Por ejemplo, según un reportaje de la BBC, el 22,1% de los abuelos tuvieron que ayudar a mantenerse a sus hijos o nietos.

Alergia obrera

¿Qué salidas cabe plantear? La más práctica sobre la mesa es la llamada ‘cuota obrera’, que consiste en fomentar activamente la presencia de miembros de las capas bajas de la sociedad entre los cargos de los ‘partidos del cambio’ (por ejemplo, con listas cremallera similares a las que se usan para garantizar la igualdad de género). La propuesta proviene de la politóloga Arantxa Tirado y el rapero Nega, autores del ensayo ‘La clase obrera no va al paraíso’ (2016). A pesar del éxito del libro, que anda por la quinta edición, la izquierda ‘cool’ se ha negado a entrar en el debate, confirmando las sospechas de elitismo y desconfianza hacia las clases populares.

Romano y Nega analizan la composición social de Podemos (Pablo Bustinduy, Ramón Espinar, Jorge Lago…) y llegan a la siguiente conclusión: «Un partido capitaneado en su mayoría por personas no ya de la clase media liberal, sino de la alta burguesía depredadora y del alto funcionariado estrechamente ligado al ‘establishment’ no resulta idóneo para defender los intereses de la clase trabajadora», señalan. También aportan una elocuente anécdota cultural: cuando Podemos se decidió a publicar una revista, le pusieron un precio de nueve euros, algo fuera del alcance de la mayoría de los precarios (la idea inicial era ponerla a trece, pero recularon). Hasta que no se sitúen en el centro las cuestiones materiales, tanto las grandes como las pequeñas, la izquierda española seguirá viviendo en una burbuja.

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