SITUACIÓN DE LA POLÍTICA ANDALUZA HOY

DANIEL CELA @DaniCela8, en Público , 04.03.2018
Si Mariano Rajoy no precipita las elecciones generales este año, Andalucía será el
primer territorio que ponga a prueba la solidez de Ciudadanos fuera de Cataluña.
El presidente del partido naranja, Albert Rivera, se juega mucho en Andalucía,
donde se va a librar la primera batalla electoral fuera de “la burbuja de cava
catalán”, en palabras de Susana Díaz. Aquí se va a testar si el auge de
Ciudadanos en Cataluña puede extrapolarse al resto de España. Aquí se va a
comprobar cuán sólida es la marca y el tirón de sus líderes nacionales -Rivera e
Inés Arrimadas-, puesto que el eventual candidato de los naranjas a la presidencia
de la Junta y actual portavoz, Juan Marín, adolece del tirón mediático y del
hiperliderazgo de sus compañeros. Marín es el político andaluz más valorado en
las encuestas, pero también es el más desconocido.
Ciudadanos aspira a romper el tablero electoral andaluz, como hizo en Cataluña,
para luego consolidar sus expectativas nacionales. Cuenta con una de las ventajas
que tuvo en Cataluña -la debilidad interna del PP- pero le faltan las otras dos: no
tienen a Arrimadas y no tienen el monopolio del artículo 155 de la Constitución y la
defensa de la unidad de España, porque la presidenta Susana Díaz tuvo a bien
agarrarlo fuerte antes incluso que el PSOE federal.
La formación naranja ha sostenido al Gobierno socialista de Díaz durante los tres
primeros años de legislatura. Ha sido un socio fiel y cómodo que apenas ha
provocado sobresaltos en la alianza con el PSOE, más plácida y mucho menos
turbulenta de lo que fue el pacto de Gobierno con IU en la anterior legislatura.
Ciudadanos ha condicionado las políticas de la Junta desde fuera, porque Rivera
no permitía gobiernos de coalición, pero su estrategia no se ha distinguido por la
presión. No han sido contestatarios en público, no han sido críticos en exceso, no
se han mostrado impacientes. Al contrario, han destilado un halo de “satisfacción”
con el Gobierno socialista y el cumplimiento de su acuerdo de legislatura, que
según el PSOE está cumplido al 80%. En una de las últimas preguntas dirigidas a
la presidenta, durante la sesión de control al Ejecutivo, al portavoz naranja se le
oyó decir: “Mi intención no es molestar”, desatando murmullos en la bancada
popular.
Ciudadanos y PSOE han sido un matrimonio bien avenido. Los naranjas les han
puesto las cosas fáciles a sus socios y, a ratos, han ejercido más como oposición
al líder de la oposición, el PP, que a la Junta. Esta es la legislatura en la que
Susana Díaz ha sentido menos el azote de los populares, porque venía atenuado
por el rifirafe previo de estos con Ciudadanos. A medida que avanzaba la
legislatura -y mucho más desde que las encuestas han hecho saltar las alarmas en
el PP por el sorpasso de los de Rivera- el pulso en el arco de la derecha se ha
hecho más patente. El presidente del PP andaluz, Juanma Moreno, ha buscado
desesperadamente un equilibrio imposible: acusar a Ciudadanos de “muleta” de un
Gobierno socialista, pero con cuidado de no minar una futura alianza con los naranjas que le permita desbancar al PSOE de San Telmo tras casi 40 años
ininterrumpidos en el poder.
El drama del PP es que está condenado por el avance imparable de Ciudadanos,
pero no pueden frenarlo porque, en realidad, suman votos a la derecha. El
enemigo de mi enemigo es mi amigo. Pero, ¿es Ciudadanos antagonista del
PSOE? En los últimos tres años ha estado lejos de serlo. En las últimas tres
semanas -sobre todo desde la victoria en las elecciones de Cataluña- su
distanciamiento táctico con los socialistas es evidente. Ciudadanos está rompiendo
lentamente con Susana Díaz y, a juicio de la presidenta, el divorcio es más por
interés de Rivera que de sus socios en el Parlamento andaluz, tan sorprendidos
como los demás de haber sido el único grupo que se ha quedado orillado del pacto
de financiación suscrito por el resto de fuerzas (PSOE, PP, Podemos e IU).
La formación naranja tenía hondas discrepancias con el PSOE sobre el modelo de
financiación autonómica, fundamentalmente por su defensa del principio de
ordinalidad, que los socialistas ni el resto de fuerzas aceptan. Pero habían
consensuado aparcar esas diferencias en un voto particular, para poder lograr un
acuerdo de mínimos de amplio alcance. El objetivo es que todos los partidos de
Andalucía formasen un frente común, hablaran con una sola voz que diera
legitimidad a las reivindicaciones de esta comunidad en el marco del Consejo de
Política Fiscal, donde debe diseñarse el nuevo sistema de reparto de fondos.
Ciudadanos estaba de acuerdo en anteponer los intereses andaluces a los del
partido, más que nada, porque el acuerdo era más simbólico que real, puesto que
la decisión final dependerá de un debate interterritorial más amplio.
Susana Díaz acusó a Rivera de escorarse “de la socialdemocracia al liberalismo”
Pero Albert Rivera -único líder político que aprueba entre los andaluces (5,4
puntos) según el Egopa- estudió las encuestas de intención de voto y mandó parar.
Se salieron del consenso, y una jugada extemporánea y sorpresiva del PP
(sumándose a última hora al acuerdo suscrito por los tres grupos de izquierdas)
dejó a los naranjas en soledad parlamentaria a las puertas del 28F. El debate no
está cerrado, continuará la próxima semana en la Comisión de Hacienda, pero el
golpe emocional del aislamiento político en el Día de Andalucía se lo llevó de lleno
Ciudadanos. Al grupo que pilota Marín se le vio a disgusto, incómodo y contrariado.
Desde Madrid, en cambio, se abordó el asunto con mucha más tranquilidad. “Me
hace mucha gracia eso del consenso andaluz”, dijo Rivera en la Cadena Ser al día
siguiente, “es muy fácil llegar a acuerdos para pedir más”.
El líder naranja fue claro: un acuerdo de todos los partidos andaluces sobre
financiación no tiene peso alguno, porque se trata de “un tema nacional”. Y luego
dejó caer que Díaz ni siquiera tiene el consenso del resto de barones socialistas en
este asunto, cosa que es cierta porque los intereses territoriales chocan unos con
otros. Asturias y Aragón, gobernadas por el PSOE, han sellado un frente común
sobre financiación con Galicia y Castilla y León, en manos del PP, porque a los
cuatro les une el criterio de la despoblación y la dispersión poblacional a la hora de
repartir fondos (entre otras cosas). La presidenta andaluza replicó enseguida a naranjas que le permita desbancar al PSOE de San Telmo tras casi 40 años
ininterrumpidos en el poder.
El drama del PP es que está condenado por el avance imparable de Ciudadanos,
pero no pueden frenarlo porque, en realidad, suman votos a la derecha. El
enemigo de mi enemigo es mi amigo. Pero, ¿es Ciudadanos antagonista del
PSOE? En los últimos tres años ha estado lejos de serlo. En las últimas tres
semanas -sobre todo desde la victoria en las elecciones de Cataluña- su
distanciamiento táctico con los socialistas es evidente. Ciudadanos está rompiendo
lentamente con Susana Díaz y, a juicio de la presidenta, el divorcio es más por
interés de Rivera que de sus socios en el Parlamento andaluz, tan sorprendidos
como los demás de haber sido el único grupo que se ha quedado orillado del pacto
de financiación suscrito por el resto de fuerzas (PSOE, PP, Podemos e IU).
La formación naranja tenía hondas discrepancias con el PSOE sobre el modelo de
financiación autonómica, fundamentalmente por su defensa del principio de
ordinalidad, que los socialistas ni el resto de fuerzas aceptan. Pero habían
consensuado aparcar esas diferencias en un voto particular, para poder lograr un
acuerdo de mínimos de amplio alcance. El objetivo es que todos los partidos de
Andalucía formasen un frente común, hablaran con una sola voz que diera
legitimidad a las reivindicaciones de esta comunidad en el marco del Consejo de
Política Fiscal, donde debe diseñarse el nuevo sistema de reparto de fondos.
Ciudadanos estaba de acuerdo en anteponer los intereses andaluces a los del
partido, más que nada, porque el acuerdo era más simbólico que real, puesto que
la decisión final dependerá de un debate interterritorial más amplio.
Susana Díaz acusó a Rivera de escorarse “de la socialdemocracia al liberalismo”
Pero Albert Rivera -único líder político que aprueba entre los andaluces (5,4
puntos) según el Egopa- estudió las encuestas de intención de voto y mandó parar.
Se salieron del consenso, y una jugada extemporánea y sorpresiva del PP
(sumándose a última hora al acuerdo suscrito por los tres grupos de izquierdas)
dejó a los naranjas en soledad parlamentaria a las puertas del 28F. El debate no
está cerrado, continuará la próxima semana en la Comisión de Hacienda, pero el
golpe emocional del aislamiento político en el Día de Andalucía se lo llevó de lleno
Ciudadanos. Al grupo que pilota Marín se le vio a disgusto, incómodo y contrariado.
Desde Madrid, en cambio, se abordó el asunto con mucha más tranquilidad. “Me
hace mucha gracia eso del consenso andaluz”, dijo Rivera en la Cadena Ser al día
siguiente, “es muy fácil llegar a acuerdos para pedir más”.
El líder naranja fue claro: un acuerdo de todos los partidos andaluces sobre
financiación no tiene peso alguno, porque se trata de “un tema nacional”. Y luego
dejó caer que Díaz ni siquiera tiene el consenso del resto de barones socialistas en
este asunto, cosa que es cierta porque los intereses territoriales chocan unos con
otros. Asturias y Aragón, gobernadas por el PSOE, han sellado un frente común
sobre financiación con Galicia y Castilla y León, en manos del PP, porque a los
cuatro les une el criterio de la despoblación y la dispersión poblacional a la hora de
repartir fondos (entre otras cosas). La presidenta andaluza replicó enseguida a Rivera con mucho énfasis (como no lo ha hecho nunca contra sus socios), le acusó
de escorarse “de la socialdemocracia al liberalismo”, y de cometer el pecado
original que los socialistas siempre le han achacado al PP andaluz: actuar como
una sucursal del PP nacional en Andalucía, anteponer los intereses de partido a los
de los andaluces.
El origen de esta crítica está en el rechazo de la derecha al Estatuto de Autonomía
de 1980, una “espinita” -como lo llamó Javier Arenas- que se sacaron muchos años
después, con su respaldo a la reforma del Estatuto (2007). Al pacto de financiación
se le ha dado casi el mismo grado de importancia. “Defender la financiación de
Andalucía es defender Andalucía”, dijo Díaz en el discurso institucional del 28F, un
dardo directo a Cs. O estás conmigo o estás contra mí. Sólo que en el relato inicial
ideado por Díaz iba a ser el PP quien quedase orillado del consenso, alineado con
Rajoy y con el ministro Cristóbal Montoro. En lugar de ellos han sido los naranjas
quienes se quedaron al margen.
¿Cuál es la estrategia de Rivera en Andalucía? ¿Por qué ha dado un volantazo
esta semana y torcido la línea recta de estabilidad que le ha unido a Susana Díaz
estos tres años? En sus filas dicen que Ciudadanos se está “merendando al PP por
la derecha y gana terreno al PSOE por el centro”. De ahora en adelante, hasta las
elecciones andaluzas de 2019, Rivera necesita más que nunca mantener la
equidistancia entre Rajoy y Díaz, los dos referentes institucionales de PP y PSOE.
El desgaste del Gobierno, los casos de corrupción del PP, la desolación que han
sufrido en Cataluña, y la fuga de votantes, afiliados y cargos públicos le facilitan las
cosas por la derecha, donde está ganando más terreno. Pero sus estrategas le
dicen que ese camino tiene un tope, un techo electoral donde los populares dejan
ya de perder fieles.
En Andalucía, el sondeo de opinión más prestigioso (Egopa) coloca a Cs como
segunda fuerza, desbancando al PP tras 36 años de fracasos electorales. Ahora
Rivera necesita empujar al PSOE de Susana Díaz hacia la izquierda, para reinar
en solitario como partido de centro, el espacio ideológico con el que más
andaluces se identifican, según las encuestas. De ahí que los socios se hayan
desmarcado del pacto andaluz de financiación, acusando al PSOE de haber
formado un “tripartito” de izquierdas con Podemos e IU. El sudoku de los naranjas
para acaparar todo el voto de centro habría cuadrado a la perfección, de no ser por
la jugada sorpresa del PP, que en el último minuto decidió sumarse al acuerdo y
colocó a Ciudadanos en una soledad parlamentaria que no ha vivido en estos tres
años de mandato.
La escala ideológica de Andalucía tiene forma de pirámide y el vértice superior
representa el centro, donde más personas se ubican políticamente. Dicho esto, PP
y Ciudadanos suman el 38,1% en intención de votos, mientras que PSOE,
Podemos e IU aglutinan el 52,9%. Hay una clara inclinación de la balanza hacia
posiciones de izquierdas, aunque también la había en las autonómicas de 2015 y, sin embargo, a Díaz le fue imposible lograr el apoyo de investidura de Podemos e
IU.
Los populares andaluces andan noqueados con esta encuesta, no se la creen,
dicen que el ascenso de Ciudadanos está dopado por el éxito de las catalanas.
Dicen que manejan sondeos propios, hechos desde la sede central en la calle
Génova, que no niegan la crecida del partido naranja a costa suya, pero que les
siguen situando a ellos por delante. El suelo electoral del PP andaluz es alto. De
aquí a un año tienen que amarrar bien a sus fieles para que Ciudadanos vea
agotado el caladero de votos a la derecha, y gire la cabeza para arrebatar apoyos
al PSOE en el centro izquierda. Según sus encuestas internas, juntos estarían a un
escaño de la mayoría absoluta y, por tanto, de propiciar un cambio de ciclo en
Andalucía tras casi 40 años de socialismo en el poder.
Rivera no se cree estas cuentas y a Díaz no parece preocuparle. Según el CIS
andaluz, el PP es el partido que más pierde en intención de voto (7,9 puntos) y se
asoma peligrosamente al abismo: si Podemos e IU suman juntos lo mismo que les
concede la encuesta por separado (10,5% y 8,3% respectivamente), los populares
quedarían relegados a la cuarta y última fuerza del Parlamento. El PSOE está
contento con las encuestas, pero también preocupado.
El Egopa ha arrojado un vuelco inédito en la intención de voto directo, un dato al
que los partidos dan más credibilidad a la hora de hacer sus cálculos electorales.
Se trata de los números fríos sin la ‘cocina’ de los autores del informe. En esta
gráfica, Ciudadanos es el primer partido en voto directo, un 23,7%, seguido del
PSOE (18,3%). El PP se descuelga de la terna con un 11,4%, y Podemos se ve
adelantado por IU (5,2% frente al 4,4% de la marca violeta). La encuesta es
demoledora con la oposición. Los dos partidos responsables de la gobernabilidad
de Andalucía -PSOE y Cs- crecen, y los que han ejercido la oposición más dura –
PP y Podemos- caen. Además, el 76% de los encuestados, con independencia de
a qué partido vayan a votar, están convencidos de que ganarán los socialistas,
ocho puntos más de confianza que hace un año.
Tras la crisis del 28F, el equipo andaluz de Cs trata de restar hierro a su plantón al
pacto de financiación, al fin y al cabo no forma parte del acuerdo de investidura con
el PSOE. Pero Rivera ya ha marcado la nueva línea estratégica y todo apunta a un
endurecimiento de la presión. El presidente del partido ha exigido desde Madrid a
Susana Díaz una reforma electoral en Andalucía y la eliminación de los
aforamientos en la Cámara autonómica antes de otoño. De lo contrario no habrá
negociación para los Presupuestos de 2019, y Ciudadanos retirará su apoyo a la
Junta. La presidenta le ha plantado cara: “Las elecciones andaluzas se deciden
aquí, no en Madrid”.
Lo que ha destapado el pacto de financiación no es otra cosa sino las hondas
diferencias ideológicas que separan al PSOE de Ciudadanos, que sin embargo no han impedido la estabilidad del Gobierno y la aprobación sin sobresaltos de tres
presupuestos autonómicos. Algo que no fue posible con IU, con quien los
socialistas comparten más programa. Díaz define a sus socios como “un partido de
derechas”, pero también ha definido estos tres presupuestos pactados con
Ciudadanos como “presupuestos de izquierdas”. Los naranjas lo llaman “de sentido
común”.
El recorte paulatino del impuesto de sucesiones y donaciones, una tasa que grava
más a las rentas altas, es otro ejemplo del giro liberal que la Junta ha hecho
obligada por Ciudadanos. Sus diferencias en el pacto de financiación profundizan
en ese sentido: Rivera prima el principio de ordinalidad, para que las regiones que
más aportan al fondo común (las que concentran rentas más altas) no salgan
perjudicadas con el nuevo reparto, es decir, que mantengan su posición en lo alto
de la tabla como las comunidades con más recursos. Esto beneficia principalmente
a Madrid y Cataluña, donde Ciudadanos tiene las mayores expectativas
electorales.
La formación naranja cree que a la hora de distribuir los dineros entre regiones se
debe primar a quien mejor gestione los recursos, sin aclarar qué índices de calidad
se miden, quién los mide y cuánto afectará en este análisis el contexto
socioeconómico de cada región. Es una filosofía que entronca con aquella frase de
Albert Rivera que calentó las tripas de los partidos de izquierda: “Vamos a enseñar
a pescar en Andalucía, no a repartir pescado”.

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