¿Son los grandes proyectos de forestación la solución para los bosques en Europa?

12 febrero 2018
Pablo Rodero publicado en El Global.
Un repaso a los principales mega proyectos de reforestación en el contiene
europeo, y algunos otros fuera de él, para ahondar en sus ventajas e
inconvenientes.
La autopista M-62 recorre los 200 kilómetros que separan la costa este y oeste en el
norte de Inglaterra. Comienza en Liverpool, a orillas del Mar de Irlanda, y finaliza en
Hull, el gran puerto inglés del Mar del Norte. Atraviesa la zona que vio nacer a la
revolución industrial, bordeando Mánchester y Leeds. Una región a la que siglos de
desenfrenada actividad productiva dejó prácticamente desnuda de árboles. Sólo un
7,6% de la zona está cubierta por bosques en un país ya de por sí especialmente
carente de árboles como el Reino Unido. Un masivo proyecto de forestación tiene
ahora como fin devolver a la región 50 millones de árboles en 25 años bajo el nombre
de Northern Forest (Bosque del Norte).
El primer impulso para el proyecto vendrá de mano de una relativamente pequeña
subvención estatal de 5,8 millones de libras. Una cantidad insignificante si se compara
con el total de 500 millones que serán necesarios para completar el proyecto y que
tendrán que ser recaudados de fuentes privadas aún no aclaradas. Aun no alcanzando
sus ambiciosos objetivos, el Northern Forest debería traer numerosos beneficios al
norte de Inglaterra como la reducción de la contaminación; la creación de barreras
naturales contra las inundaciones; la aportación de espacios verdes para la numerosa
población de la zona y hasta la recuperación de especies animales autóctonas, como el
lince. Aunque el proyecto de reforestar las extensas praderas artificiales del norte de
Inglaterra ha sido, en general, recibido positivamente, hay también quien ve en la
inversión estatal inicial una maniobra de distracción. Patrick Barkham, autor de diversos
libros sobre historia de la naturaleza, publicó un artículo en el diario The
Guardian denunciando la incoherencia entre este proyecto de forestación y las grandes
obras de infraestructuras proyectadas por el Gobierno de Theresa May, que supondrán
un daño irreparable para bosques ancestrales del país. Para Barkham la prioridad
debería ser la defensa de los bosques milenarios existentes antes que la forestación de
otros nuevos que tardarán siglos en tener su valor y salud. En definitiva, proteger los
bosques existentes y dejar que la naturaleza haga el trabajo o, en palabras de
Barkham, “los arrendajos plantan más robles que los humanos”.
Otros proyectos de forestación: de Países Bajos a China
Megaproyectos como el Northern Forest, aún sin tener definidos claramente los medios
para su realización, podrían replicarse en el resto del continente europeo en los
próximos años. La Comisión Europea estableció en 2011 una estrategia de
biodiversidad con miras a 2020 y 2050 en la que ya se establecía una línea clara de
“restauración de ecosistemas”, entre otros objetivos. Si a estas estrategias de
recuperación de la biodiversidad le añadimos los últimos estudios que certifican el
importante papel que pueden jugar los bosques en la lucha contra el cambio climático,
el terreno está abonado para grandes proyectos de forestación que probablemente
serán anunciados a bombo y platillo por los gobiernos de todo el continente.
Todo esto se produce en un contexto natural generalmente poco conocido: los bosques
europeos están regenerándose de forma espontánea. Tras siglos de explotación
intensiva del territorio en Europa para la agricultura, la ganadería, la minería y la tala, la
posguerra mundial abrió una nueva era de abandono paulatino del campo en el
continente. Tan solo medio siglo ha bastado para que la naturaleza comience a
recuperar el terreno perdido. La superficie forestal ha aumentado en más de un tercio
desde 1900 hasta 2010, tal y como demostró un estudio dirigido por Richard Fuchs,
investigador de la Universidad de Waningen, en los Países Bajo, que también generó
un ilustrativo mapa con los datos. Con esta información en la mano, cabe preguntarse si megaproyectos de compleja
financiación, como el Northern Forest, son la forma más idónea de reforestar un
continente donde la naturaleza ya está empezando a hacer su trabajo y, quizás, solo
necesite algo de ayuda para acelerar el proceso. Precisamente en los Países Bajos, el
país con un menor porcentaje de superficie boscosa en la Europa continental (8,8%),
se ha planteado un proyecto mixto cuyos resultados a largo plazo serán
esclarecedores. Para lograr el objetivo de aumentar en un 25% su área forestal, se
realizará una forestación masiva en el área de praderas conocida como Corazón
Verde, una zona de turba donde nunca ha existido un bosque en tiempos modernos.
Adicionalmente, la falta de espacio obligará también a reforzar las escasas zonas
boscosas del país, cuya densidad ha aumentado de forma natural en las últimas
décadas.
Hasta que este proyecto pueda ser analizado con perspectiva, existen otros casos de
estudio interesantes. Sin ir más lejos, también en el Reino Unido, en las Midlands
inglesas, se desarrolló en los 90 un programa de forestación similar al Northern Forest
con unos resultados positivos. Fuera de Europa, encontramos casos generalmente
aplaudidos como el de Corea del Sur, que en apenas medio siglo ha conseguido
recuperar buena parte de los bosques arrasados por las guerras. De un 35% de la
superficie estatal cubierta por bosques se logró alcanzar el 64% actual mediante un
programa intensivo de reforestación entre 1962 y 1987 y uno posterior de conservación
y mantenimiento.
Otros casos han recibido más críticas y alertan sobre los problemas que pueden traer
estos megaproyectos, como el de la Gran Muralla Verde de China. Tratando de frenar
el avance del desierto del Gobi, el Gobierno chino comenzó a desarrollar un proyecto
de forestación masivo en 1978. Si bien, atendiendo a las cifras, el resultado para 2050
significaría el mayor proyecto de restauración de la historia (una franja forestal de 4.500
kilómetros), muchas voces de la comunidad científica están dudando sobre la viabilidad
a medio plazo de estos bosques de árboles no autóctonos plantados en zonas áridas y
semiáridas. A pesar de todo, el proyecto podría tener su réplica en África, donde los
países del sur del Sahara han planteado una mega forestación conjunta que abarcaría
7.700 km entre Senegal y Yibuti.
Regeneración y forestación en España
Según datos de WWF, “los bosques ocupan en España una superficie de unos 13,1
millones de hectáreas, algo menos del 26% del territorio nacional y apenas el 29% de
la superficie potencial que podrían ocupar”. En España hay, además de un problema de
cantidad, un “problema de calidad”, según María Melero representante de esta ONG.
“Nuestros bosques están muy fraccionados y se siguen fragmentando con nuevas vías
de comunicación que impactan muy negativamente sobre su diversidad biológica. Los
incendios forestales afectan cada año a una media de 120.000 hectáreas de las que,
aproximadamente la mitad, son arboladas, dejando unos bosques mermados en
calidad a pesar de que los inventarios nacionales reflejen un aumento de la superficie
forestal”, explica Melero.
Por último, a causa del clima árido propio de nuestras latitudes y a la explotación
agrícola y ganadera realizada durante siglos, cerca de un 20% territorio español ha
padecido una fuerte desertificación. A pesar de todo, la Península Ibérica no ha sido
una excepción en cuanto a regeneración natural de los bosques en el último siglo, que
sumado a las forestaciones y reforestaciones artificiales, habrían hecho aumentar la
superficie forestal en España en un 31% entre 1990 y 2010, sobre todo en las dos
Castillas, Andalucía y Extremadura.
Desde mediados del siglo XX, la política de reforestación en España se basó en
grandes proyectos que generalmente tuvieron como objetivo el control de crecidas y
desbordamientos de cursos de agua. Aunque estos proyectos recibieron algunas
críticas por el uso extensivo de árboles no autóctonos, como el eucalipto, resultaron
efectivos a la hora de aumentar en poco tiempo el territorio forestal en España y de
realizar una labor protectora frente a avenidas de agua, que era su principal objetivo.
Sin embargo, a medio plazo y con los efectos del cambio climático instalados ya en la
península, algunos de estos proyectos están comenzando a dar muestras de
agotamiento.
El caso más paradigmático, el de la Sierra de Baza, en Granada, que padece un
alarmante decaimiento forestal, un fenómeno que está produciéndose también en otros
bosques mediterráneos reforestados en la segunda mitad del siglo pasado. Los
primeros síntomas visibles de este decaimiento en Baza fueron descortezamientos y
exudaciones de resina, pero no fue hasta 2016 cuando se dio una mortandad masiva
de una especie concreta de pino. El responsable es un pequeño insecto, la cochinilla
corticícola, cuya acción se ha visto agravada por el descenso de precipitaciones y, en
general, las nuevas condiciones generadas por el cambio climático frente a las de los
tiempos en los que se realizó la forestación de la zona. El problema del decaimiento es,
en cualquier caso, común a todo el sur de Europa. “Las reforestaciones se tienen que hacer con otros criterios distintos a como se venían
haciendo antes de que los efectos del cambio climático empezaran a hacerse
evidentes”, declara Miguel Ángel Ortega, de la asociación Reforesta, que lleva
realizando reforestaciones a pequeña escala en el entorno de Madrid desde 2011. Esta
sería una mala noticia para los objetivos a corto plazo, quizás como los que plantea la
Comisión Europea y que, en opinión de Ortega, “están hechos pensando en otros
climas del centro y el norte de Europa, que no tienen nada que ver con lo que pasa en
el entorno Mediterráneo. El estado de la vegetación en España es lamentable en
general, la deforestación ha sido tan intensa a largo de milenios, que es imposible que
ni en una ni en dos generaciones se pueda restituir todo por una opción de
repoblación”.
La alternativa pasaría, en el caso de los antiguos pastos de alta montaña, por ayudar a
las nuevas cepas, regeneradas de forma natural, a avanzar hacia el monte alto. En las
antiguas zonas agrícolas de baja altitud, por otra parte, la propuesta de organizaciones
como Reforesta sería generar una red de bosques nodriza que facilite la conexión entre distintas masas forestales, normalmente de encinas. La forestación descentralizada a

pequeña escala daría, además, mayores garantías de poder realizar un mantenimiento
y cuidado mediante riegos y barreras protectoras de los nuevos bosques jóvenes. “Es
mejor descartar las grandes reforestaciones de alto coste y apostar por las
reforestaciones más pequeñas y distribuidas a lo largo del territorio para poder generar
ese efecto de bosques nodriza, es decir, de bosques que crean semillas y van a poder
generar su propio frente de avance, apoyando la regeneración natural y que se puedan
cuidar”, explica Ortega.
En definitiva, las grandes repoblaciones son la vía más rápida para aumentar la masa
forestal, pero se corre el riesgo de generar gigantes con pies de barro, como hemos
visto en casos aislados en España (Sierra de Baza) y en mega proyectos como el de
China. Particularmente en España, aunque hemos visto que también en Reino Unido
con el Northern Forest y otros puntos del mundo, los grandes proyectos de forestación
han despertado escepticismo dentro de la comunidad científica y ecologista, que
propone como alternativa las acciones descentralizadas que apoyen el avance de la
naturaleza. Ante la recuperación natural de los bosques en Europa, tras siglos de
destrucción por la acción humana, en una línea similar a la defendida por Barkham,
Ortega argumenta: “El principal agente de reforestación va a ser la naturaleza, lo que
hay que hacer es apoyarla”.

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