Audaz relectura del cristianismo (10). La conciencia del universo engendra humildad

25.07.18 | 12:15. Archivado en audaz relectura del cristianismo ( http://blogs.periodistadigital.com/esperanza-radical.php?
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La inmensidad del universo
En artículos de divulgación científica sobre
la inconmensurabilidad del cosmos se nos
informa de dimensiones que nos dejan
boquiabiertos. Los entendidos aseguran
que el universo actual (no sabemos si
habrá habido otros antes o seguirá habiéndolos cuando este se
colapse) se inició hace unos quince mil millones de años con una gran
explosión, conocida como el big bang, poderosa deflagración que
desencadenó una descomunal fuerza expansiva y que sigue
ensanchando el espacio a razón de trescientos mil kilómetros por
segundo, la velocidad de la luz. Hechos los cálculos pertinentes de
tiempo por velocidad, sus dimensiones actuales sobrepasan, salvo
error por mi parte, los ciento cuarenta mil millones de billones de
kilómetros. ¡Asombroso! ( )
Con todo, puede que lo más sorprendente
sea saber que, moviéndose por encima de
nosotros, hay una cantidad ingente de
cuerpos celestes de distinta condición y
magnitud. Los más avezados aseguran que
hay miles de millones de galaxias, iguales
o incluso superiores a nuestra Vía Láctea,
galaxia de tipo medio cuya magnitud ya nos desborda por sí sola.
Somos poca cosa
De reducir hipotéticamente el cosmos entero a las dimensiones de la
Tierra, nos encontraríamos con que nuestro gran planeta no alcanzaría
ni siquiera las dimensiones de una cabeza de alfiler. Para detectar
nuestra presencia en él se necesitaría, en ese supuesto, un potentísimo
microscopio. Ante semejante perspectiva, resulta ridículo adorarse a sí
mismo, entronizar el propio ego y creerse el ombligo del mundo. Una
mirada serena al universo nos arranca de raíz la estupidez

Los expertos, que poseen conocimientos
muy superiores a los de la plebe curiosa,
que somos la mayoría, dicen que, a pesar de
lo muchísimo que ellos saben sobre galaxias,
quásares y agujeros negros, todavía no
han logrado escudriñar ni siquiera un
cinco por cien de los contenidos del
cosmos y de las leyes que lo rigen. Un cinco por cien no es como
para echar las campanas al vuelo ni tirar cohetes, aunque seamos
capaces de la admirable aventura de merodear por los alrededores de
la estrella que nos sujeta, calienta y da vida.
Hermosa cura de humildad
En nuestra imaginación podemos dibujar miles de millones de
planetas, muchos de ellos habitados por seres tan inteligentes o más
que nosotros mismos.
En este contexto, solo una autoestima sobredimensionada podría
hacernos pensar que nosotros, los habitantes de la Tierra, además de
ser el centro del mundo, somos los seres más logrados de la evolución,
y que todo cuanto hay en el universo está ahí solo para nuestro bien y
disfrute. Somos tan rematadamente ignorantes que, con un
conocimiento del cinco por cien, nos atrevemos a delinear las
coordenadas del universo, dictaminar su origen y su fin y, lo
que es más inaudito, dilucidar si Dios existe o no. ¡Inmensa
osadía! De ese modo, demostramos ser tan ignorantes como quienes,
todavía no hace mucho, aseguraban que la Tierra era plana y que
estaba sostenida por cuatro enormes columnas, y como quienes,
incluso hoy, dicen que no puede ser una esfera ovalada porque los de
abajo se caerían de cabeza al abismo sideral.
Viveza de la revelación
¿A dónde nos conducen nuestros rudimentarios conocimientos? En lo
físico, a un gran asombro, y en lo religioso, a pensar que, tras el ya
clausurado proceso oficial de la revelación, ignoramos todavía mucho
de lo que puede saberse sobre Dios, la creación y el plan divino de
redención. Los progresos científicos, sean astronómicos o de cualquier
otra índole, son valiosa revelación divina. La materia y la energía y
las leyes de su interacción son también palabra de Dios.

Ahondando un poco más, podríamos
deducir que, si en Dios no hay pasado,
no cabe decir que reveló sino que
revela. El mundo entero, incluidos
nosotros mismos, es revelación suya,
reflejo de su imagen. Cuanto más
logremos saber del universo más
sabremos de Dios. Yerran quienes piensan que la ciencia es
autosuficiente y que, con ella a nuestro alcance, hemos desahuciado a
Dios de nuestra conciencia, pues Dios no es el vecino de enfrente
al que podemos negar el saludo o ignorar.
Que de este mundo, que salió de las manos, del seno o del corazón de
Dios (manos, seno y corazón son solo metáforas sobre un ser
inalcanzable, ideado a nuestra imagen y semejanza), solo conozcamos
un pequeño porcentaje tras tantos esfuerzos nos invita a una profunda
humildad. ¡Y Dios es mucho más! Si el universo no cabe en nuestra
cabeza, Dios mucho menos. Si ridículo es creerse el centro del
mundo, más lo es pretender desalojar de él a su dueño.
El camino a seguir
¿Qué nos queda entonces? Armarnos de paciencia para progresar a
base de tropiezos por el camino del conocimiento, al tiempo que
vamos modelando nuestros comportamientos conforme a las
pautas morales que nos exigen favorecer la vida humana, la
nuestra y la de los demás. Los auténticos sabios llegan a descubrir,
tras una larga experiencia laboriosa, que solo saben que no saben
nada. En la humildad tenemos el espejo que nos desvela el misterio de
saber quiénes somos realmente y hacia dónde caminamos.
Es obvio que la conciencia del universo nos
libera de cualquier insensatez y
descabalga nuestra altivez. ¿Quién o qué
soy yo en el universo en que vivo? Un ser
minúsculo que raya con la nada. Puedo
hinchar mis pulmones, levantar mis
vigorosos brazos en señal de victoria y
darme fuertes golpes de pecho como un
gorila envalentonado, pero lo cierto es que un vientecillo de nada
puede barrerme en un instante.

Cuando se es sabedor de todo eso, la única salida razonable que le
queda a uno es comportarse humanamente. A esa salida nos conducen
las huellas del Cristo de nuestra fe. La conciencia del universo, y más
si incluimos en ella la magna obra de Jesús de Nazaret, facilita y
acrecienta la de un Dios omnipresente, el único capaz de darnos razón
incluso de un big bang anecdótico o circunstancial.
Delimitados los campos del discernimiento, no hay oposición alguna
entre el origen explosivo de este universo y la creación, pues la
intervención divina se hace necesaria por la contingencia de todo lo
existente, trátese de un punto de infinita densidad o de un universo
desplegado. Ningún científico podrá argumentar de forma
coherente contra lo que no cabe en las probetas de su
laboratorio y ningún filósofo encontrará incongruencia alguna,
en los recovecos de su mente inquisidora, en que es
contingente, y por tanto dependiente, todo lo que no puede dar
razón de sí mismo.
Por lo demás, la conciencia del Dios creador nos lleva a descubrir en el
Cristo de la fe el arquetipo humano que, tras pedirnos que nos
neguemos a nosotros mismos, cosa que no es difícil por lo poco que
somos, nos invita a dar comida a los hambrientos, esperanza a
los desesperados, salud a los enfermos y alegría a los tristes
para hacer posible y bella la vida humana.
¿Otros seres inteligentes?
De existir otros seres inteligentes,
cualquiera que sea el planeta donde vivan,
la estrella que los caliente y la galaxia a la
que estén anclados, también ellos
estarán moralmente obligados a vivir
conforme a su condición. Seguro que, como nosotros, también ellos
se habrán forjado alguna idea de lo absoluto y contarán con arquetipos
de comportamiento moral. Ahí se detiene nuestro pensamiento,
absorto en el misterio de cuanto existe y anonadado en la
nimiedad que somos.
Quedémonos hoy, en resumen, con que la contemplación del
mundo nos conduce a Dios y nos hace conscientes de quiénes
somos realmente.

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