BARCOS SIN HONRA

Tengo los pensamientos enmarañados; he pasado una mala noche. El informativo de ayer en la televisión local y la contestación de un hombre a la pregunta sobre el tema de las corbetas me quitaron el sueño. Esta mañana he escuchado al bombero bilbaíno que se negó a trabajar en el transporte de armas para Arabia Saudí y también la canción “Solo le pido a Dios”. Porque estoy
triste y necesito alimentar la esperanza. Voy a intentar escribir estos pensamientos, intuiciones,
deseos, dudas, preocupaciones…para aclararme un poco y, a lo mejor, para compartir con algunas personas. Ojalá todo entre en esta búsqueda de la paz “por la que no callaré”.
Una de las cosas que pienso en estos momentos es que nos llevan a un pretendido dilema entre “comer” aquí o “enviar armas” allí. Así, simplemente. Pienso que es un planteamiento
absolutamente plano. Parece como si la única manera de seguir comiendo sea la de aceptar tragar con todo, aunque sea criminal su fin. ¿Por qué nos llevan al final? ¿Por qué no hay otros trabajos?
¿Es que Navantia no puede fabricar otras cosas? ¿Por qué la clase política no trabaja para ello incansablemente? ¿Por qué no se oye a quienes ofrecen otras alternativas?
Las cosas vienen de muy arriba. Yo no acepto que el fin de estos trabajos sea “dar trabajo” en Cádiz. Hay unos intereses muy superiores, muy a altísimo nivel. Que no nos engañen. ¿No nos
horripilan las fotos de reyes y ministros y ministras dándose la mano con los jeques? ¿No es suficiente comprobar cómo los grandes partidos (de mayorías, no de grandeza de ética) niegan
investigar las cuentas y relaciones comerciales de Juan Carlos? ¿Qué intentan tapar de las declaraciones de una tal Corinna? ¿Por qué no nos preguntamos por qué se eligió a un ministro relacionado directamente con el armamentismo? ¿Por qué son opacas las cuentas del Ministerio de Defensa? ¿Por qué aumentan y aumentan sus gastos cuando hay tantas necesidades sociales?
El hombre de anoche decía, en un tono para mí horripilante, que si no se hacían aquí las corbetas se harían en otro lado y que ¡primero nosotros! Pues resulta que en parte sí pero en otra parte no,
como en Alemania o en Suecia. Allí no los van a hacer. Hay un mandato expreso en le Unión Europea de no vender armas a Arabia Saudí. Temo al “nosotros” excluyente.
En las leyes españolas hay una cláusula para no vender armas si se sospecha que puedan emplearse contra la población civil. Pero ¿quién controla ese comercio o ese uso? ¿Es que son militares los niños y niñas a los que les explotó una bomba cuando venían de excursión escolar y
murieron? ¿Y los que celebraban su boda? ¿Y quienes acompañaban en un entierro? ¿Y…? Sólo hay que buscar las noticias, ahondar, investigar por otros medios y no quedarnos en la superficie y
la manipulación de las grandes cadenas. Todas al servicio del poder, no nos engañemos.
Como de pasada, en algunos medios se habla de que ONGs alertan sobre estos crímenes. Me suena como si se tratara de algo marginal: “Las ONGs…”, “Algunas oNGs”… Pues resulta que las ONGs están formadas por personas (muchas muy formadas en los temas que tratan) que son trabajadores y trabajadoras, gente normal que no se limita a sus propios y caseros problemas sino que también les preocupa el mundo y sienten que “la indiferencia nos hace cómplices”.
Tampoco los medios nos hablan del Yemen. ¿Por dónde queda? ¿Qué ocurre allí? ¿Qué tiene que ver Arabia Saudí en esa masacre de civiles? No son ni siquiera –como decía el gobierno
norteamericano en la guerra del Golfo– “daños colaterales”. No, Arabia Saudí, quienes mandan allí, reconocen que era necesario, que está justificado, vaya.

Marc Gasol, lleno de estupor al vivir en directo el rescate de personas migrantes que pudieron salvar y otras ya fallecidas, decía cómo cada una de ellas era muy importante, única, para otras personas. ¿Acaso nos parece que no sufren como nosotros sus familiares, sus amigos? Cuando se tiene cerca la muerte de un hermano, de un sobrino, de una amiga podemos entenderlo mejor.
En mis clases, al tratar sobre el lenguaje de los medios de comunicación, siguiendo lo que yo había aprendido, les decía a mis alumnos, a mis alumnas, que uno de los rasgos que una noticia debe
tener para ser ¡eso! noticia, era la proximidad. El hecho de que algo nos sea próximo le da más interés a la noticia. Cuando fueron pasando los años y los cursos, iba reflexionando en las clases
cómo este rasgo de la proximidad ahora era distinto. Ya todo nos es próximo gracias a los medios de comunicación tan rápidos y potentes. Asistimos en directo a hechos que suceden en Santiago
de Chile o en El Líbano.
Pero ¿Es cierto esto? Ya no puedo dialogarlo en las clases porque estoy jubilada.. Ahora me lo pregunto y reflexiono: ¿Acaso no elegimos -o nos eligen- lo próximo, lo que nos afecta? ¿Por qué el pequeño Ayllan parecía sobrecoger al mundo cuando hay millones de niños y niñas que
continuamente mueren en medio del mar de agua salada y del mar de las guerras? ¿Por qué nos
importan tanto los que creemos “nuestros”. ¿No nos son próximos los de Yemen? (Próximo= Prójimo). ¿No los vemos? ¿No nos lo acercan los medios? ¿No queremos verlos? Aquello de “ojos
que no ven, corazón que no siente” ya no vale. Porque somos testigos de la masacre. ¿Se fabricarían armas que pudieran destruir a “nuestros niños y niñas” o “niños y niñas de Europa”?
Me resulta doloroso comprobar la hipocresía, los funerales de Estado que se hacen ante acontecimientos “nuestros” y el olvido ante las vulneraciones de los Derechos Humanos en otros puntos de la tierra. Pero es que, pienso como Greenpeace, la guerra empieza aquí. Es que mientras no luchemos por otro mundo posible somos cómplices del mundo actual. He visto muchas
veces –seguro que con la mejor intención– cómo en el Día Escolar de la paz y la No violencia, o en la Semana por el mismo tema se cambia lo de “la paz” por la “solidaridad”. Aunque creo que la
auténtica solidaridad se besa con la paz, siempre he querido en mis años de enseñante que quedara clara la intención de esa celebración. La paz, el desarme, otro tipo de industrias, de comercio… que son la raíz del problema.
Empecé mi trayectoria de profesora en un colegio concertado del centro de Sevilla en el que creamos “El grupo social permanente”. Fue muy interesante el trabajo conjunto con otro centro de
la Barriada Murillo (as llamadas “Tres mil viviendas”). Hubo también algo puntual de colaboración cuando salió aquel “Barco del arroz” para Etiopía gracias a la solidaridad de la ciudad. Creo que el trabajo estaba bien orientado y lo vivíamos -profes y alumnado- con verdadera pasión. Pero una gran amiga, con inmenso respeto, al comentar estas acciones me dijo algo así como que la causa de la injusticia era la violencia. Ahí había que ir. Ella pertenecía a un grupo de pacifistas de reflexión y acción. No se me ha olvidado. La paz. La paz.
Hace muy poco, otro gran amigo de la asociación “Acoge”, al comentar sobre las personas migrantes, me decía que mientras no cambie el sistema en el que estamos metidos de armamentismo, de guerras y de comercio injusto, las personas seguirán llegando y solicitando el primer derecho humano, el de la vida.

Son tan bonitos los críos pequeños…
Veo el deleite de mis amigas-abuelas,
las fotos, las mil fotos de bebés que me enseñan.
Me resuena “Lo que hagáis con estos niños conmigo lo hacéis”.
Y me quedo en silencio.
Me sigue resonando el “Sólo le pido a Dios”.
Y me siento unida a las voces que claman por la paz.
Rosa Sánchez de Medina
14 septiembre 2018

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