Claroscuros del papa Francisco en el quinto aniversario de su elección

Juan José Tamayo, 13-marzo-2018
Publicado en Atrio

El 13 de marzo de 2013 es una efemérides para no olvidar. Ese día 115
cardenales de la Iglesia católica elegían Papa al cardenal Jorge Mario
Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, de 77 años. Por primera vez llegaba a la
cúpula del Vaticano un Pontífice latinoamericano que tomaba el nombre de
Francisco. Que viniera de la periferia y no del centro ya era todo un
acontecimiento. Pero eso no hacía pensar que llevara a cabo cambios
importantes, porque sus electores, los “príncipes de la Iglesia”, habían sido
nombrados por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI y, salvo excepciones,
no destacaban por ser partidarios de la reforma de la Iglesia.
Sin embargo, Francisco no dejó de sorprender desde el principio con gestos
desmitificadores de la hierática figura papal como la comunicación directa con
la gente en un lenguaje asequible, la renuncia a determinados ornamentos
papales como el pectoral de oro y los zapatos rojos, la decisión de no vivir en
el Vaticano y hacerlo en la residencia de Santa Marta, la celebración de su
primer Jueves Santo como Papa en un centro penitenciario de jóvenes, la
petición a la juventud en su viaje a Brasil de que hicieran lío…
Cinco años han sido suficientes para que el Papa haya puesto en marcha un
nuevo paradigma eclesial y se haya convertido en líder moral a nivel mundial.
Una muestra del cambio es su receptividad hacia la teología de la liberación
(TL), objeto de sospecha durante el pontificado de Juan Pablo II, que la
condenó, sometió a juicio a algunos de sus más importantes representantes e
impuso censura a sus libros.
La cruzada contra la TL continuó durante el pontificado de Benedicto XVI, que
censuró dos obras de Jon Sobrino sobre Jesús de Nazaret y llegó a afirmar que
la TL había provocado “rebelión, división, disenso, ofensa y anarquía” y creado
entre las comunidades diocesanas “gran sufrimiento o grave pérdida de
fuerzas vivas”. Con Francisco se ha pasado del silenciamiento a la escucha, del aislamiento a
la visibilidad y de la condena al reconocimiento. Poco después de ser elegido
Papa recibió a Gustavo Gutiérrez, considerado el padre de la TL, que 30 años
antes había estado en el punto de mira del Vaticano. Unos años después
levantó la suspensión a divinis que pesaba sobre el religioso de [la orden]
Maryknoll Miguel d’Escoto desde que fuera ministro de Asuntos Exteriores en
los sucesivos Gobiernos del Frente Sandinista en Nicaragua.

El propio Francisco utiliza en sus documentos la metodología de la TL: análisis
de la realidad (mediación socioanalítica), interpretación liberadora (mediación
hermenéutica), juicio ético (crítica del capitalismo) y llamada a la acción
(praxis transformadora). Dicha metodología puede reconocerse fácilmente en
la exhortación apostólica La alegría del Evangelio, de 2013, texto
revolucionario dentro de la doctrina social de la Iglesia que constituye una de
las condenas más severas del neoliberalismo —al que califica de sistema
injusto en su raíz— y se ubica dentro de las tradiciones antiidolátricas de ayer
y de hoy: los profetas de Israel, Jesús de Nazaret, el marxismo y su crítica del
fetichismo de la mercancía y del capital, los foros sociales mundiales…
En la línea de la teología ecológica de la liberación hay que situar la encíclica
Laudato si’: Sobre el cuidado de la casa común, en la que Francisco constata
lo inseparables que son la preocupación por la naturaleza, la justicia con los
pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior; establece una íntima
relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, critica el modelo
científico-técnico de desarrollo de la modernidad e invita a buscar otros modos
de entender la economía y a vivir en armonía con la naturaleza.
El cambio de paradigma no ha llegado, sin embargo, a la reforma de la Iglesia
ni a la consideración de las mujeres como sujetos morales, eclesiales y
teológicos. La organización eclesiástica sigue siendo jerárquico-piramidal y
está muy alejada de las prácticas democráticas. El Papa no pierde ocasión de
criticar con razón el clericalismo, pero el clero controla todos los ámbitos de
la vida eclesial y no facilita cauces de participación real a los seglares.
En lo referente al papel de las mujeres en la Iglesia católica, se mantiene el
inmovilismo. Ellas siguen siendo mayoría silenciada. El discurso utilizado es el
de la excelencia: se dice que son la armonía del universo y más importantes
que los obispos y los sacerdotes, pero no se les reconoce función directiva
alguna. Son excluidas del ministerio ordenado. No se les conceden puestos de
responsabilidad. No participan en la elaboración de la doctrina teológica y de
la moral. No se les reconocen los derechos sexuales y reproductivos. Viven en
una permanente minoría de edad. La teología feminista está marginada. Se
descalifica a la teoría de género llamándola despectivamente “ideología de
género” y se la responsabiliza de la disolución de la familia y de la destrucción
de las mujeres.
Quienes gobiernan la Iglesia son las “masculinidades sagradas” y lo justifican
apelando al carácter masculino de Dios. El resultado es el que ya describiera la
filósofa feminista norteamericana Mary Daly: “Si Dios es varón, el varón es
Dios”. El patriarcado religioso legitima el patriarcado social y político.
Francisco se ha reunido en varias ocasiones con los movimientos populares y
ha asumido sus principales reivindicaciones, que resume en las tres T: “Trabajo, Techo, Tierra”. Ha tenido encuentros con las comunidades
indígenas. Nunca se ha reunido, empero, con los movimientos feministas ni
con las teólogas feministas. A lo más que ha llegado es a proponer la
posibilidad de introducir el diaconado femenino, que en mi opinión no es un
avance, sino el mantenimiento de las mujeres en una situación de subalternas.

¿Exagero? No. Lo confirma el diario oficial del Vaticano, L’Osservatore
Romano, en un una investigación realizada por su publicación mensual ‘Mujeres Iglesia Mundo’, donde se recogen testimonios de monjas al servicio
de cardenales y obispos que afirman ser tratadas a menudo como sirvientas.
Lucetta Scaraffia, directora de la publicación y profesora de historia en la
Universidad La Sapienza, afirma: “Dentro de la Iglesia, las mujeres son
explotadas”. El propio Francisco expresa su dolor por la marginación femenina
y reconoce en La alegría del evangelio que “es necesario ampliar los espacios
para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia”. Hay alguna excepción a tales comportamientos discriminatorios. Es el caso del
cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, quien ha afirmado comprender
que las mujeres hagan huelga el 8 de marzo, alegando que “hay que defender
sus derechos” y que “lo haría también, lo hace también de hecho, la santísima
Virgen María”. Mientras no se produzca la democratización de las estructuras eclesiales y se
dé el paso de la discriminación de las mujeres a la igualdad de género, el
cambio de paradigma eclesial que pretende llevar a cabo Francisco se habrá
quedado a medio camino o, peor aún, habrá fracasado.
*Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las
Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es ‘Teologías
del Sur. El giro descolonizador’ (Trotta).

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