Confidencias Catalanas. Cuando Dios ha muerto

La resiliencia del independentismo se debe a que en parte se basa en una
fe de tipo religioso
JOAN TAPIA
11.03.2018 – 05:00 H.
“Resiliencia: capacidad de determinados ecosistemas de absorber perturbaciones sin
alterarse de modo significativo, pudiendo regresar a su estadio original una vez estas han
terminado. Pues eso, no hay mejor manera de definir la principal virtud del
independentismo catalán. Su extraordinaria resiliencia, su prodigiosa capacidad para
absorber perturbaciones que inhabilitarían a cualquiera”.
Así empezaba un reciente y brillante artículo de Andreu Claret, conocido periodista
catalán que en la transición tuvo un destacado papel en el PSUC, el partido de
los comunistas catalanes asociado al PCE, y que ha vivido temporadas en otros
continentes. Y seguía su artículo en ‘El Periódico de Cataluña’: “Sorprende la resiliencia
frente a la errática actuación de sus líderes. Es como si hubieran generado un antídoto…
que sirve para transformar una mentira en un error, para entonar una inenarrable
autocrítica sin que nadie pida cuentas, para que todo quede en un rasgarse las vestiduras
durante un par de días… En cualquier otro cuerpo político contradicciones de este calibre
provocarían un descalabro. Pero el independentismo no es un movimiento estrictamente
político. Es metapolítico y cuenta con seguidores que no se comportan como los afiliados
de un partido…razonan de otro modo, echando las culpas al eterno rival. O, como
Atanasio, aquel obispo alejandrino del siglo IV que decía “si el mundo va contra la verdad,
entonces Atanasio va contra el mundo”. Es lo que tiene estar tan seguro… se puede
hacer virtud de ir contra el mundo. Contra Madrid, Bruselas y Washington a la vez”.
Leer el artículo —y comentarlo con el autor— me acercó a la tesis de que
el independentismo catalán, además de atributos de nacionalismo y populismo, tiene
también bastante de fe religiosa, de creencia en la verdad. Me acordé de aquello tan
preconciliar de “la fe mueve montañas” y de que Artur Masrecordaba el relato bíblico
de David contra Goliat. “Resiliencia: capacidad de determinados ecosistemas de absorber perturbaciones sin
alterarse de modo significativo, pudiendo regresar a su estadio original una vez estas han
terminado. Pues eso, no hay mejor manera de definir la principal virtud del
independentismo catalán. Su extraordinaria resiliencia, su prodigiosa capacidad para
absorber perturbaciones que inhabilitarían a cualquiera”.
Así empezaba un reciente y brillante artículo de Andreu Claret, conocido periodista
catalán que en la transición tuvo un destacado papel en el PSUC, el partido de
los comunistas catalanes asociado al PCE, y que ha vivido temporadas en otros
continentes. Y seguía su artículo en ‘El Periódico de Cataluña’: “Sorprende la resiliencia
frente a la errática actuación de sus líderes. Es como si hubieran generado un antídoto…
que sirve para transformar una mentira en un error, para entonar una inenarrable
autocrítica sin que nadie pida cuentas, para que todo quede en un rasgarse las vestiduras
durante un par de días…
En cualquier otro cuerpo político contradicciones de este calibre provocarían un
descalabro. Pero el independentismo no es un movimiento estrictamente político. Es
metapolítico y cuenta con seguidores que no se comportan como los afiliados de un
partido…razonan de otro modo, echando las culpas al eterno rival. O, como Atanasio,
aquel obispo alejandrino del siglo IV que decía “si el mundo va contra la verdad, entonces
Atanasio va contra el mundo”. Es lo que tiene estar tan seguro… se puede hacer virtud de
ir contra el mundo. Contra Madrid, Bruselas y Washington a la vez”.
Leer el artículo —y comentarlo con el autor— me acercó a la tesis de que
el independentismo catalán, además de atributos de nacionalismo y populismo, tiene
también bastante de fe religiosa, de creencia en la verdad. Me acordé de aquello tan
preconciliar de “la fe mueve montañas” y de que Artur Masrecordaba el relato bíblico
de David contra Goliat. Del libro de Santi Vila se deduce que ni Puigdemont ni Junqueras creían
que la independencia fuera posible, pero lo callaron para no negar lo
predicado
Ahora al leer las partes del libro de Santi Vila ‘Héroes y traidores’ en las que se relata lo
sucedido en el Palau de la Generalitat la madrugada y la mañana del jueves 26 de
octubre, esta tesis se ha reafirmado. Puigdemont y Junqueras sabían, o intuían con
claridad, que la declaración de independencia estaba condenada al fracaso y que tendría
graves consecuencias para ellos y para Cataluña. Entonces, ¿por qué siguieron adelante,
por qué Puigdemont no convocó elecciones como había pactado vía Urkullu, y por qué
Junqueras —que según todas las encuestas las habría ganado de calle— no le secundó?
Santi Vila da varias explicaciones —como la existencia de Twitter— pero el jueves escribí
en ‘El Periódico de Cataluña’ mi conclusión. No se atrevieron a desmentir una creencia
que habían repetido meses y años como una fe verdadera que tenía muchos seguidores
porque, entre otras cosas, aseguraba que la independencia sería sin dolor, una fiesta que
irritaría a Madrid pero sería comprendida, cuando no aplaudida, por las democracias
europeas. Fue algo así como si el papa de Roma tuviera un sábado por la noche la
revelación divina de que Dios no existe, que solo es una bonita historia. Lo más probable
es que a la mañana siguiente el papa cantara el Ángelus en la plaza de San Pedro como
si nada hubiera pasado. No osaría comunicar a los fieles que lo que la Iglesia había
predicado durante siglos era solo una bonita historia.
Es lo que les debió pasar a Puigdemont y a Junqueras. No se atrevieron a decir ni a sus
apóstoles —los diputados de Junts pel Sí— ni a los fieles de la ANC y Òmnium que la
independencia, al menos en aquel momento, era un imposible, que había que rectificar.
Ya cuando Puigdemont la retrasó unos días antes algunos fieles se encolerizaron…
Optaron pues por no pinchar la fe de las procesiones de cada 11 de setiembre de siete
largos años (no veinte siglos) y consumar el desatino. Su destino luego es conocido,
distinto y distante. Pero qué pasa ahora, cuando se van a cumplir cinco meses de la declaración fallida y
cuando pese a ganar las elecciones del 21-D —la resiliencia de Claret— no han podido
elegir president ni a Puigdemont, el líder exilado, ni a Jordi Sànchez, el segundo de su
lista electoral encerrado en Soto del Real.
La resilencia se agrieta cuando los creyentes y los fieles comprueban
que Dios no existe, que la independencia es imposible, al menos de
momento
Pues sucede lo inevitable. La resiliencia empieza a agrietarse al propagarse el rumor
entre los apóstolos de las distintas tendencias separatistas, y también entre los fieles, de
que la independencia aquí y ahora es imposible. De que Dios no existe o que al menos se
ha olvidado de su pueblo. Y si bien apóstoles y creyentes no han perdido la fe, sí están
menos seguros y más confundidos, desconcertados y crecientemente divididos. ¿Y
si la fuerza de la gravedad de los estados nacionales, y de la burocracia europea de
Bruselas, pesa más al final que la religión verdadera?
Jordi Sànchez no será elegido el lunes no solo porque el juez Llarena no ha autorizado su
salida de la cárcel y su presencia física en el Parlament, condición inexcusable
del Tribunal Constitucional. No solo por la fuerza de la gravedad del estado español,
sino porque la secta más pequeña —y más rebelde— del separatismo, la CUP, que se
niega en redondo a admitir la fuerza de la gravedad del Estado y que cuando las cosas se
ponen feas opta por evadirse a Suiza, ha juzgado que el programa pactado por las dos
otras corrientes —la de Junts y la republicana— es demasiado blando.
Es posible que en las próximas semanas, cuando el candidato sea Jordi Turull, que tiene
menos personalidad que Sànchez pero que es más experto en intrigas vaticanas, la CUP
cambie de criterio. Pero no es seguro. Además, las dudas sobre la fe —la capacidad del
independentismo de vencer al Estado español— están generando divisiones —cada día
menos ocultas— entre las dos corrientes principales del independentismo.
Las corrientes de tradición más creyente y “montserratina” (más ligadas a la tradición
católica y antifranquista del monasterio de Montserrat) —el PDeCAT, la antigua CDC, y
Junts per Catalunya— son muy reacias a revisar el dogma y tienden a creer —como
mínimo a las horas de rezo— que el Estado español puede ser derrotado a corto a través
de la comunión entre Bruselas y los diputados y fieles del interior. Por eso insisten en que
la prioridad es proponer un candidato que el Estado no pueda admitir. Su objetivo no es
recuperar los honores y dineros de la Generalitat —que también— sino provocar una
crisis en España y ridiculizarla ante el mundo. Para ellos el 1 de octubre se ganó la batalla
principal del referéndum y el 27 solo se perdió una escaramuza. JxCAT se resiste más que los republicanos a admitir que el 27-O fue un
fracaso y que hay que buscar consensos más allá del secesionismo
La otra corriente quizás no es menos creyente —Junqueras es religioso y hablaba como
un ‘mossèn’ progresista y Marta Rovira actúa a veces como una exaltada—, pero su
tradición republicana y del exilio era más librepensadora y masónica (el símbolo de ERC
era el triángulo) que “montserratina”. Quizás por eso capta mejor la dura realidad. Piensan
que el 1 de octubre con el referéndum ganaron una gran batalla y que Dios (la
independencia) sigue existiendo, pero que solo se manifestará a largo plazo. Y el 27 de
octubre no se perdió solo una batalla sino algo más trascedente. Ahora toca tragar la
realidad —la fuerza de la gravedad del estado español— sin renunciar a nada, pero
sabiendo que la huida a Egipto no fue corta.

Oriol Junqueras lo dijo enseguida. La prioridad era elegir un president que pudiera
gobernar desde el primer día. Luego Roger Torrent —guardando siempre las formas
como debe ser— esquivó la fuerza de la gravedad al “suspender, pero no desconvocar” el
pleno que iba a elegir a Puigdemont. Ahora seguimos igual —pendientes del recurso a
Estrasburgo— con el pleno para elegir a Jordi Sànchez. Mientras Joan Tardá, un apóstol
con autoridad moral en ERC, ha dicho algo obvio pero que ha generado indignación entre
los fieles más intransigentes: que fuera del independentismo había buenas personas y
gentes de izquierdas con la que se debía y podía hablar. Pero el bueno de Tardá ha sido
tratado casi como un agente de la quinta columna. Algunos querrían enviarlo a la
hoguera, pero la cúpula de ERC —un artículo conjunto de Oriol Junqueras y Marta
Rovira en la web del partido— ha salido en defensa de su Juan Bautista: hay que ampliar
las bases, no conviene nada que no ayude al consenso más amplio y hay que contar
hasta tres antes de caer en ningún maximalismo, aunque sea verbal.
La conclusión es que una parte del independentismo empieza a dudar. Dios quizás existe,
pero solo como programa máximo de futuro. Quizás evolucionen como
aquellos socialdemócratas que querían nacionalizar todos los medios de producción
(programa máximo) pero que tenían los programas mínimos de la jornada de ocho horas,
las vacaciones pagadas, el impuesto progresivo, la educación gratuita, pensiones dignas
tras la jubilación a los 65 años… Aquellos socialdemócratas han pecado y siempre
fueron acusados de traidores —por los comunistas que mientras tanto han
desaparecido—, pero hicieron la vida más agradable, mejor y más justa (siempre hasta
cierto punto).
¿Pueden los independentistas radicales convertirse en socialdemócratas del
independentismo? Sería lo razonable porque ya se está viendo que el leninismo o el
trotskismo separatista, aunque tenga fe, no da frutos. Y la fuerza de la gravedad española
(y europea) está ahí.
Quizás ahora el peligro emergente sea que una parte de la fuerza de la gravedad se crea
con tanto poder que quiera tratar al 47% de creyentes catalanes —que votan
independentista desde el 2012 aunque suba la participación— como algo insignificante y
sean tentados por una solución a lo Diocleciano: enviar a sus líderes al banquillo, a la
hoguera, y difundir luego sus conversaciones más torpes. En la vieja Roma, el martirio no
acabó con la Cristiandad.

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