Corbetas y Derechos Humanos

Estos días están siendo muy duros para mí. Mi sindicato y mis compañeros de
Navantia San Fernando están movilizándose para que no se cancelen los contratos para fabricar corbetas para Arabia Saudí y lo están haciendo mandando el mensaje de
que ese trabajo debe estar por encima de todo.
Esta situación me está obligando a reflexionar todo lo profundamente que soy
capaz. Y ante diferentes comentarios me siento en la obligación de poner por escrito
mis reflexiones y compartirlas con amigos y conocidos. Realmente se trata de una
cuestión controvertida y difícil de matizar porque afecta a cuestiones prioritarias en la
vida y en la conciencia de muchas personas, en especial de trabajadores del sector
naval y de toda la comarca de la Bahía de Cádiz. Y soy consciente de que cualquier
opinión que discrepe o simplemente matice la opinión generalizada puede ser mal
interpretada o, directamente, despreciada.
Debo empezar diciendo que mi posición no es en modo alguno equidistante de
de las personas que me rodean, en especial de los trabajadores de los astilleros de la
Bahía. Toda mi vida la he dedicado a defender los intereses de los trabajadores
metalúrgicos de la Bahía, desde que empecé a trabajar en una contrata de la antigua
Matagorda, hoy Navantia Puerto Real, antes Astilleros Españoles y antes Izar y hasta
mi prejubilación en la quinta Reconversión Naval que sufrí durante treinta y muchos
años. Los intereses de los trabajadores fueron siempre la orientación de mi trabajo
sindical en mi astillero, en todo el sector naval español y en mi sindicato Comisiones
Obreras. Y durante muchos años en primera fila, desde los tiempos de la
clandestinidad a que nos obligaba el franquismo.
Nuestra lucha, muchas veces dura y comprometida y con frecuencia arriesgada,
llevó el sufrimiento a muchos compañeros de todas las ideologías y aprendimos poco a
poco a explicar nuestras posturas y a tratar de incorporar a todo tipo de personas y
asociaciones (culturales, vecinales, sindicales, políticas…)
Recuerdo que nuestras reivindicaciones eran complejas y diversas. La mejora
de nuestro salario, la lucha contra condiciones laborales peligrosas, la búsqueda de
jubilaciones y el mantenimiento de los puestos de trabajo, que era la primera y
principal. Pero también las incapacidades en las mejores condiciones, el
cooperativismo para conseguir viviendas asequibles, las ayudas para que los hijos de
los trabajadores pudiesen ir a la universidad, cooperativas de consumo…
Y por supuesto incluían medidas sociales y políticas como más y mejor
democracia, justicia y libertad, participación en todos los asuntos que afectaban a la
vida de los trabajadores…

Como anécdota recuerdo cuando en el Sindicato Vertical nos recomendaban
que nos centráramos exclusivamente en cuestiones puramente laborales, olvidando
temas políticos. Pero en las Comisiones Obreras, infiltradas en el Vertical, teníamos
claro el mensaje de que debíamos dirigir a los compañeros: sin democracia, sin
libertades, nuestros problemas no tenían solución. Y los trabajadores nos entendían y
se daban cuenta que los derechos humanos también eran algo que debíamos
defender.
Recuerdo también, como si fuera ayer, la lucha que mantuvimos los tres
astilleros de la Bahía para no reparar el Buque Escuela de la marina de Chile, el
Esmeralda, porque había servido de centro de detención, tortura y asesinato de
demócratas en el golpe de estado del general Pinochet. Todos los trabajadores de los
tres centros votaron en diversas asambleas por abrumadora mayoría que aquel buque,
construido en Astilleros de Cádiz no se podía reparar aquí. Tuvo que ser remolcado a
Portugal. Los trabajadores preferimos perder el salario de varios días antes que olvidar
los valores democráticos y de solidaridad con el pueblo Chileno.
Por supuesto ahora son otros compañeros los que llevan sobre sus espaldas la
lucha sindical en los centros de trabajo. Yo me dedico a otras cosas pero no soy
indiferente a lo que ocurre allí donde he pasado la mayor parte de mi vida laboral.
El problema que se plantea en estos días es suficientemente conocido por
todos: a raíz del anuncio de la ministra de defensa de nuestro país de anular la venta
de 400 bombas-misiles de alta precisión y capacidad de destrucción a Arabia Saudí, se
filtra la posibilidad de que, en represalia, ese país anule el jugoso contrato para la
fabricación de cinco corbetas que, según lo firmado, se construirán en Navantia San
Fernando dando trabajo a más de cinco mil trabajadores (entre personal fijo y
trabajadores de industrias auxiliares) durante un tiempo considerable.
Arabia es un país que está masacrando a otro país, Yemen, sin ningún tipo de
escrúpulos, bombardeando hospitales, colegios, entierros, bodas y todo lugar donde se
puedan acumular personas civiles, hombres, mujeres, ancianos, niños… Lo último
conocido ha sido la destrucción de un autobús repleto de escolares que fueron
masacrados sin compasión. Yemen está sometida a un boicot que hace que no puedan
llegar al país ni alimentos ni medicinas imprescindibles. Arabia es además un país
protector de terroristas musulmanes que siembran el terror en el mundo. Para más inri
es un país aliado de Israel y de EE.UU.
Hasta tal punto sus barbaridades son tan tremendas que países civilizados como
Francia y Alemania se han negado a venderle armas susceptibles de ser utilizadas para
provocar el terror. Muchas barbaridades que comete Arabia Saudí son silenciadas por
las agencias de información pero, aun así, las que sí llegan nos llenan de horror.

algunas O.N.G., entre otras, Médicos Sin Fronteras, que cuenta con personal español,
nos comunica sin pelos en la lengua lo que ellos y ellas contemplan a diario con sus
propios ojos.
Así pues el dilema que se plantea como ineludible es el siguiente: o trabajo o
dignidad y derechos humanos. O se olvidan los derechos humanos o se pierde el
trabajo.
Este dilema no es nuevo sino recurrente.
-O te olvidas de esa zona verde en la que yo pretendo construir un hotel para
el que pienso contratar a cincuenta personas como tú o no hay trabajo.
-O aceptas el contrato de cuatro horas, trabajando doce y cobrando
ochocientos euros al mes, o no te contrato.
.O aceptáis esta fábrica con chimeneas sin purificación de humos y con vertidos
a la red de saneamientos o la pongo en otro pueblo con menos remilgos.
-O te olvidas de que estas prendas están fabricadas por niños en un país
empobrecido, a un euro la hora, o lo compras al doble del precio, el que te ofrecen
otros fabricantes con más escrúpulos.
-O modificas la legislación laboral a la baja, rebajando la capacidad negociadora
de los sindicatos o me llevo la fábrica a otro país más comprensivo con el capital.
Podríamos seguir con muchos ejemplos que todos conocemos y que persiguen
que las personas, especialmente los parados y sus familias, acepten lo que les echen
por tal de tener empleo.
Esto está sucediendo en estos momentos en la Bahía. “No quiero bajo ningún
concepto que los niños de mi alrededor pasen hambre. Si otros niños de países que ni
conozco ni quiero conocer son masacrados, yo ni tengo la culpa ni quiero saber nada.
Que no me pongan por televisión imágenes truculentas. Yo con cambiar de canal tengo
bastante. Siempre habrá otro programa de cotilleo, o de deportes o de animalitos que
son muy instructivos. Pero a los míos y a mis vecinos que no los toque nadie, que yo
soy muy solidario”. Cosas parecidas se oyen en los programas de radio y de
televisiones locales.
O trabajo para mí y los míos o derechos humanos para extraños que no
conozco de nada. Esa es la única alternativa. O como dijo aquel: “barcos sin honra o
honra sin barcos”.

En realidad es un dilema falso. En el sindicato que yo conocí, que yo fundé
junto con otros pocos en Matagorda en los primeros años de la década de los setenta, pensábamos: Trabajo, sí por supuesto, sin él no se puede vivir, pero trabajo con derechos en el cual se pueda vivir con dignidad y con la frente muy alta y en

solidaridad con todos los trabajadores y personas del mundo.
Sé muy bien que es difícil, pero cualquier otro atajo es un crimen y un error.

Puerto Real 12 y trece de Septiembre de 2018

Javier Fajardo Sánchez

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