“Debemos repensar qué significa hoy ser español”

LOS INTELECTUALES Y ESPAÑA

El Mundo

JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÍN

ANTONIO HEREDIA

Tira de una lucidez de hombre que no esconde su ideario de izquierdas y se posiciona desde la templanza en algunos de los asuntos más conflictivos del presente de España

Resultados de las elecciones catalanas

Rivera lamenta el “hundimiento” de PP y PSOE

  • ANTONIO LUCAS

El despacho es de una sobriedad que invita a hablar en voz baja. Nada altera los equilibrios jurídicos e intelectuales de José Antonio Martín Pallín, considerado uno de los mejores juristas de su generación y un hombre que sumó a su causa de juez el compromiso de pensar desde el flanco de la izquierda. No calla más que lo oportuno y acepta mojarse pisando charcos con la solvencia de quien sabe apuntalar con rigor sus intuiciones. Estos días prefiere el mar al ruido de la Navidad.

Después de las elecciones en Cataluña, qué.
Esas elecciones hay que abordarlas desde dos perspectivas. Una derivada de la actual situación política española, con un partido de Gobierno centralista, autoritario e incapaz de dialogar. Y otra sin perder la perspectiva de una Cataluña con unas tensiones de secesión unilateral que son incompatibles no sólo con el Derecho nacional, sino con lo que para ellos resulta más complejo, el Derecho internacional. Es unánime la doctrina sobre la imposibilidad de segregar unilateralmente territorios de naciones ya reconocidas. Esto hace que el problema catalán, que viene de atrás y no sólo se le puede achacar al PP, no se haya abordado correctamente.
Vamos a ver. Llama la atención el hecho de que el Gobierno y otros partidos llamados constitucionalistas (y quisiera que la palabra figurase en cursiva) se apoyen en que ningún Estado de la UE ha aprobado la escisión unilateral, cosa que es cierta y tiene una lógica aplastante porque sería el comienzo del derrumbe de la UE. Pero lo que ocultan es que la mayor parte de la opinión pública, empezando por los medios más serios de Europa y los políticos de los Gobiernos extranjeros, democráticos y modernos, no alcanzan a comprender la incapacidad de diálogo por parte de nuestro Gobierno central. Es un dato evidente. Y en esa situación estancada se celebraron hace diez días unas elecciones en circunstancias anómalas.

Anómalo es el mismo procés
Pero lo cierto es que se celebraron bajo una especie de estado de excepción(que figure también en cursiva) derivado del artículo 155, con candidatos en la cárcel sin base legal. Invito a cualquier observador político que encuentre una situación similar en alguno de los países que conforman el núcleo duro que consolidó la UE. Si los jueces no reflexionan sobre los valores de la participación política y la libertad, quizá nos encontremos con otra nueva anomalía que asombraría a todo nuestro entorno político.

¿Cuál es esa?
Pues que el posible presidente electo entre en la cárcel y que un juez no le conceda permiso para salir de prisión y ser investido. Esto sería incompatible con el Estado de derecho, la separación de poderes y la Constitución.

¿Y si el juez le da permiso para salir y ser investido?
Pues la anomalía sigue, porque entonces toma posesión y luego vuelve a la cárcel. Eso sería rocambolesco. Así que o se soluciona por la vía política, constitucional y de diálogo, o no hay solución.

¿En ese asunto la habrá?
No parece fácil. Aunque el Gobierno actuó correctamente cuando recurrió al Tribunal Constitucional la Ley de Referéndum y la de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República. El Constitucional las anuló, incluso recurrió la validez de las sesiones del Parlamento catalán, todo dentro del cauce del conflicto de competencias. Y ahí debió terminar el conflicto jurídico, político y constitucional. Alguien deberá explicar algún día qué sucedió; y dar la cara por las sanciones penales impuestas a los ex miembros del Gobierno de Cataluña.

¿No las merecen?
Son excesivas.

¿Por exceso de celo de los jueces?
Prefiero creer que fue por exceso de celo, que en este caso es una equivocación total porque no hay visos de delitos de rebelión, ni de sedición, ni siquiera de malversación…

¿Tan tajante?
Lo discuto jurídicamente en cualquier foro. Y si no fuese exceso de celo, sino plegarse a las presiones del Poder Ejecutivo, sería algo gravísimo. No quiero ni pensarlo.

La actuación del independentismo ha sido artera.
Pero el Gobierno de Rajoy se agarró a algo que resulta absolutamente insólito: dar porrazos a gente que estaba esperando ante las urnas. Esto ha sido un factor determinante para la participación de muchos ciudadanos en el 1 de octubre.

¿La izquierda ha sido una de las grandes derrotadas en este proceso en marcha?
Soy una persona de izquierdas y, como tal, crítica. La izquierda comenzó a cavar su tumba y a ahuyentar a sus votantes cuando en 2011 aprobó la primera reforma constitucional de calado, la que afectó al artículo 135 para introducir de forma urgente el principio de estabilidad financiera con el que limitar el déficit. Pero en el caso de Cataluña hay que reconocer que la izquierda está sometida a una válvula de presión por ambos lados. Se han consolidado dos bloques irreductibles. La soñada república catalana con el eslogan de “España nos roba” y después “España nos golpea”; y luego el nacionalismo españolista con resabios del autoritarismo que implantó la dictadura. Cuando te pillan en medio de eso es muy difícil abrirse espacio.

Tampoco ha demostrado mucha pericia.
Es que no le queda demasiada opción, aunque en algún momento habrá que plantearse el modelo de una España federal como sugiere el PSOE. Sin olvidar la propuesta de Podemos, que no descarta una España federal pero cree que una salida puede ser el referéndum pactado a la manera de Escocia o Canadá.

¿Usted también cree en la salida del referéndum pactado?
Estaba en esa idea, pero he empezado a reconsiderarla. En estos momentos, por la tensión emocional que hay en Cataluña, un referéndum pactado parece que no es posible políticamente y, además, el resultado podría parecerse al del Brexit.

¿Entonces qué línea le seduce?
Pues quizá la de un Estado federal. Ya hay un modelo de esto mismo en la Constitución de la I República, que no se llegó a aprobar. Pero este proceso será lento. Algunos quizá no lo veremos terminado, por muy generosa que la vida sea con nosotros.

¿Y para ese camino no sería necesaria una reforma constitucional?
Más allá de la modificación del criticado Título VIII de la Constitución [Organización Territorial del Estado], no creo haya demasiado que hacer en este sentido.

 ¿Así que estamos al principio o al fin de un ciclo?
Depende. Debemos repensar qué es ser español. Yo me siento tan español o más que los que se envuelven en banderas y dan gritos futbolísticos. En ese sentido, no admito que nadie me tache de antiespañol. Ahora bien, los tiempos han cambiado y España tiene un doble reto: encontrar su identidad y situarse en la globalización, la economía globalizada y reflexionar sobre la integración en un organismo supranacional (UE) al que hemos cedido parte de nuestra soberanía, así como saber qué papel jugamos en el sistema capitalista productivo, que también está en cuestión. Otros países están afrontando estos debate sin tener que invertir en ello parte de sus fondos públicos y sin desgastarse en la dialéctica de buscar su estructura y esencia de país.

¿En qué debería inspirarse este país para encontrar su identidad?
En mi opinión, en los valores republicanos. Algo que aquí se plasmó constitucionalmente en los valores de la II República.

El ex primer ministro francés, Manuel Valls, apuntaba a eso.
Un francés tiene clara cuál es su esencia desde que nace y se forma en la educación pública, tiene respeto por los valores del diálogo, tiene un himno indiscutible que debería universalizarse… Así que coincido con Valls, pero sólo en ese aspecto.

Antes se ha referido a los partidos constitucionalistas en cursiva. ¿Por?
Porque se ha acuñado una concepción, que además ha calado en la jerga política (tan carente en este caso de sustento racional), de que existen partidos constitucionalistas y otros no constitucionalistas. A algunos de esos que se proclaman constitucionalistas los llamaría jíbaroconstitucionalistas, porque sólo manejan un artículo de la constitución, el segundo [La indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles]. Los grandes valores que están en la Constitución (justicia, pluralismo, libertad, la dignidad de la persona, el respeto y demás) no les interesan. Así que si tienes reticencias al artículo 2, pero crees en los otros, te expulsan de la Constitución.

Algunos se eximen solos.
No todos.

¿Cree en la independencia de la Justicia?
Vamos a ver. Estructuralmente, tanto la Constitución como las leyes orgánicas del Poder Judicial, a mi modo de ver, son impecables. Pero, como en todo, hay que tener en cuenta el factor humano. Los jueces tienen ideología. En la mayor parte de los países de Europa (Francia, Holanda, Italia…) los jueces pueden militar en partidos políticos y eso no significa que vayan a dictar sentencias arbitrarias.

¿Milita?
Ni milito ni lo haría. Pero volviendo al tema, que haya escalas jerárquicas y que legítimamente algunos quieran llegar a lo máximo dentro del Poder Judicial (magistrado del Tribunal Supremo). O, por otras vías, al Constitucional (que no pertenece al Poder Judicial) hace que se actúe de determinadas maneras. Lo que tengo claro es que tendrían que ser más los jueces elegidos por jueces. Aunque la judicatura tiende, por naturaleza, a ser conservadora.

¿Cómo saldremos del endiablado laberinto catalán?
La solución no es fácil, pero parece claro que será más eficaz resolver el problema si la situación actual desemboca en una solución de todas las causas penales pendientes, sin perjuicio de que algunos puedan soñar con una república independiente dentro del ámbito que marca la Constitución. Así que entre unos y otros se deben dar las condiciones propicias para un acercamiento de intereses. De otro modo, tendremos muchos malos ratos aún que pasar.

¿Anular las causas? ¿Y Puigdemont? Parece difícil que esquive la cárcel.
Pero por qué. Para la prisión preventiva no concurren ninguno de los requisitos. Hay tres causas tasadas y abrumadoramente interpretadas por el Constitucional. El principio general es la libertad. ¿Qué peligro social encierra un político como este del que hablamos? Es como si hubiese que abjurar de las ideas para no molestar. Suena a resabio inquisitorial.

Pero Puigdemont huyó…
Los penalistas de prestigio, como Enrique Gimbernat, rechazan la acusación rebelión. La de sedición la ponen entre interrogantes. Y con lo de la malversación, cuidado. En España existe la malversación propia (meter la mano en la caja) e impropia (destinar fondos públicos a fines distintos), vinculada ahora con la malversación desleal. En cualquier caso,los independentistas no engañaron a nadie. Avisaron de sus intenciones desde 2015 y así lo reconoce el Constitucional. Que se gasten dinero en unas urnas puede gustar más o menos, pero lo advirtieron previamente y no parece delito. Tampoco lo es que se subvencione la Fundación Francisco Franco, aunque si yo fuese político eliminaría las subvenciones públicas que recibe. Por eso, cuando se habla de conspiración debemos ser más cautos.

Pero sobre Puigdemont hay una orden de detención.
Una forma racional de afrontar el problema sería llevarlo ante el juez y allí que se tome la decisión oportuna, que en mi opinión debería ser la puesta en libertad. Ahora bien, si convierten la detención en un espectáculo internacional el conflicto actual se agravaría sin necesidad. Ese principio de autoridad sería otra muestra más de los restos del franquismo, incompatibles con una democracia solvente.

Pero es que Puigdemont está jugando a ser un huido…
Jurídicamente hay mucho que hablar sobre eso.

¿Entonces quién se ha equivocado?
En este asunto los errores están repartidos.
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