DESPUÉS DEL MOMENTUM

Por Lola García, en LA VANGUARDIA

En su primera ronda de contactos con los grupos parlamentarios nada más ser elegido presidente de la Generalitat por designación de Carles Puigdemont en mayo del año pasado, Quim Torra ya ilustró a algunos de ellos sobre lo que llamaba el momentum . Les explicaba que no acababa de entender muy bien por qué en octubre del 2017

no se llegó a aplicar la declaración unilateral de independencia y abogaba por aprovechar la sentencia a los líderes del procés para retomar la movilización en la calle en el punto en que quedó interrumpida y forzar al menos un referéndum de autodeterminación.

Pues bien, el momentum ha llegado. Las elevadas penas dictadas por el Tribunal Supremo han dado pie a una respuesta contundente. La frustración provocada por años de enquistamiento del conflicto ha encontrado en el veredicto la espita para desfogarse. Las manifestaciones pacíficas son numerosas y la movilización prolongada, sin duda bien organizada. Pero el foco se ha desplazado hacia la violencia, también planificada por un nuevo Estado Mayor que se mantiene en el anonimato. Se buscaba la excepcionalidad, la desestabilización, y ya está aquí.

La planificación que se evidencia en la calle no tiene correlación, sin embargo, en las instituciones. En especial, en el Govern, que parece que no se esperara lo que está ocurriendo. Al president se le ve incómodo entre su cargo y sus anhelos como activista. Pero las contradicciones también afectan a ERC. Detrás de las imágenes de la violencia y los destrozos tiene lugar otra batalla política entre el espacio de Puigdemont y el de Oriol Junqueras.

Algunos miembros de JxCat y de ERC verían con buenos ojos que Torra anunciara la convocatoria de elecciones catalanas, aunque suponga celebrarlas apenas un mes después de las generales, pero los cálculos son diversos. Los republicanos siempre han creído que las urnas eran la mejor manera de rentabilizar políticamente la indignación popular por la sentencia, hasta que se interpuso la repetición de las generales. En cambio, Puigdemont y, por tanto, Torra, no eran partidarios de un adelanto que, según todas las encuestas, daría una ventaja clara a ERC. Pero la gravedad de la situación ha movido a algunos dirigentes de sitio. Ahora, entre los dirigentes de Esquerra se abre paso la tesis de que Torra debería dimitir o anunciar elecciones cuanto antes, pero tampoco lo van a reclamar en público ni lo van a forzar. Si ERC quisiera, solo tendría que abandonar el Govern y al president no le quedaría otro remedio que claudicar.

El panorama en JxCat es más complejo. Hay un sector que comulga con la teoría del momentum . La proximidad de las elecciones generales favorece a quienes desean echar leña al fuego, puesto que la presión sobre Pedro Sánchez para que tome medidas excepcionales es cada vez mayor. Para este núcleo, la aplicación del artículo 155 –sea por parte del PSOE o del PP si Pablo Casado ganara los comicios– en un momento crítico como el actual podría proporcionar un impulso definitivo a la protesta en la calle y al independentismo en las urnas.

En plena batalla campal, Torra envió ayer una carta a Sánchez pidiendo diálogo. Los inquilinos de la Moncloa decidieron que ni siquiera contestarían la anterior misiva del president, que protestaba por el arresto de miembros de un CDR. Ahora tampoco le han hecho caso. El líder del PSOE considera que Torra forma parte del problema y es un impedimento para intentar cualquier diálogo, que de todas formas no pasaría por un referéndum de autodeterminación.

Arrecia la presión sobre Sánchez para que tome medidas excepcionales, que podrían alimentar la protesta

Con las calles incendiadas, la política está ausente. Es más, los dirigentes corren el peligro de tomar decisiones que después resulte difícil revertir. El riesgo afecta en primer lugar a Sánchez, decidido por el momento a evitar cualquier medida de excepción que le arrastre a una espiral en la que PP y Cs siempre le llevarían la delantera. Pero también al independentismo, que la próxima semana afronta un pleno en el Parlament en el que la CUP puede forzar resoluciones que traspasen la línea de la desobediencia al Constitucional.

La revuelta tiene un detonante evidente en la sentencia, pero no un objetivo claro. Es posible que se esté reproduciendo una situación similar a la de hace dos años, cuando los dirigentes del procés abonaron la idea de que la independencia era posible si una ingente cantidad de ciudadanos lo reclamaba de manera pacífica. Ahora podría parecer que la protesta acompañada de disturbios conduce a la meta, cuando la realidad transcurre siempre por caminos más intrincados. Entonces no había proyecto para después de la DUI. Ahora aún no han explicado cuál es el plan después del momentum .

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