El espejismo de la mayoría independentista

Publicado originalmente en La Vanguardia

El voto nacionalista se encuentra hoy en su tercer peor registro desde las elecciones autonómicas de 1980

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Una imagen de la manifestación convocada por la ANC en Barcelona

Alejandro Garcia / EFE

El independentismo esgrime el resultado del 14-F para reivindicar su hoja de ruta hacia la amnistía y la autodeterminación. Los últimos comicios autonómicos dejaron el espacio independentista por encima del 50% de los sufragios emitidos, una correlación que no se producía desde hace décadas. De hecho, ni en los momentos más dulces del procés (“el vot de la teva vida” del 2015), ni en los más tensos y amargos (los comicios del artículo 155 en el 2017), los partidos independentistas lograron imponerse a las fuerzas contrarias a la ruptura con España. En ambas citas, el secesionismo se quedó por debajo del 48% de los sufragios, frente a casi el 51% que cosecharon sus antagonistas.

Ahora bien, en los comicios del pasado febrero, el independentismo más unilateral tampoco alcanzó el 50% de los sufragios. Se quedó por debajo del 48,5%, resultado de sumar el voto de ERC, Junts, la CUP y los ultracatalanistas del microscópico Front Nacional, que sedujo a 5.000 electores. Y para llegar al 51,3% que algunos líderes secesionistas exhiben como el aval que convierte la consulta unilateral del 1-O del 2017 en el punto de partida irrenunciable hacia la independencia, hay que añadir las papeletas de dos formaciones escindidas de Junts y que apuestan por un mayor gradualismo: el PDECat (con menos del 3% de los votos) y el PNC (con el 0,16%).

El 51,3% del 14-F supone en realidad el 27% del censo electoral, diez puntos menos que en el 2017

Sin duda, la supuesta mayoría independentista muestra una precariedad notable para la enormidad del objetivo de crear un nuevo Estado sobre la base de una sociedad partida por la mitad. Sin embargo, esa fragilidad se aprecia en toda su dimensión si se mide el apoyo al independentismo en voto sobre censo (es decir, sobre el conjunto del electorado y no únicamente sobre quienes acudieron a las urnas en la última convocatoria). Esa medida es el verdadero termómetro de la musculatura electoral de una opción política.

En realidad, el 51,3% de votantes independentistas en los comicios del 14-F supone únicamente un 27% del censo electoral (compuesto por algo más de cinco millones y medio de catalanes). Esa tasa refleja, además, un retroceso de diez puntos con respecto al resultado del 2017, que parece dibujar el techo del voto secesionista. Y no solo eso. Ese porcentaje es el tercer peor registro del voto nacionalista desde 1980. En las primeras autonómicas, el sufragio de ese signo representó algo menos del 25% del censo, una tasa similar a la de los comicios del 2006.

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La Guardia Urbana de Barcelona ha desalojado a centenares de personas, la mayoría de ellos jóvenes. que la pasada madrugada se han congregado en calles y plazas del barrio de Gracia, que estos días celebra sus fiestas, y sin que la mayoría de ellos mantuvieran las medidas de control sanitario por la covid.

Algunos de los jóvenes se han encarado a los agentes durante la intervención realizada por la Urbana para evacuar las zonas en las que se habían formado los grupos.

El problema del independentismo es que el voto de signo contrario (que el 14-F supuso el 26,5% de los electores, en lo que implicó su segundo peor resultado histórico) ha llegado a rozar o incluso superar la barrera del 40% del censo. Es lo que ocurrió en comicios como los del 2015 o el 2017, cuando la relación con España se convirtió en un dilema dramático.

A partir de ahí, la supuesta mayoría independentista no pasa de ser una fantasía. Sobre todo si se recuerda que la abstención batió récords el 14-F (participó poco más de la mitad del censo) y los partidos independentistas extraviaron 600.000 votos con respecto al 2017. Esas son las verdaderas cifras de la cruda realidad.

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