El Hormiguero: La dura lección del Serrat más prudente

MESTHER MUCIENTES
Madrid
18 ABR. 2018 12:53

Joan Manuel Serrat ya no quiere más líos. Ya los tuvo hace unos meses y no
quiere volver a meterse en el fango. Hace bien, no lo necesita. Así que, moderado,
prudente, comedido y más que correcto acudió a El Hormiguero para
presentar Mediterráneo da capo su nueva gira.  El cantautor no necesita promociones, pero ya que vas pues la haces y dejas que
te pregunten. Porque preguntar a Serrat siempre da un titular. Pero anoche, no.Anoche Serrat no quería entrar en más batallas absurdas e irracionales, no quería pringarse, no quería mancharse. Anoche Serrat quiso dar una lección a todos.  En resumen, no quería problemas. Salió el Serrat incuestionable, el Serrat políticamente correcto, el Serrat, de una cal y otra de arena, el Serrat de te la meto doblada, pero no te enteras. A sus 74 años, Serrat no está para esos trotes, y si lo está no quiere caerse. 

Pero, en medio de esa calma chicha, de ese Serrat que responde a los que le llamaron «facha» por no apoyar el referéndum independentista del 1-O con una impecable y correcta respuesta, de ese Serrat que espera a su Penélope, está el Serrat que da lecciones de vida que todos deberíamos grabarnos a fuego.

Lo hace educadamente, sin ataques, sin insultos, sin exabruptos, con todo el respeto, pero da hostias como panes, tales que hasta duelen desde la distancia. Porque tiene más razón que un santo y porque, aunque habla y ya se va por los cerros de Úbeda y no vuelve, lo que dice son golpes directos al corazón de una sociedad dañada y marcada.
«El tiempo de la infancia es el tiempo mágico, el tiempo en el que uno aprende de casi todo y conforma el mundo en el que luego irá colgando las cosas», explicó preguntado por su juventud. Fue una pregunta sencilla, sin artificios, sin polémica, pero fue la pregunta
que él estaba esperando, la que estábamos esperando todos después de escuchar su respuesta.
«Yo tuve una juventud espléndida. La de cualquier chico de barrio, de barrio obrero. Y, por tanto, para este joven que empezó a escribir canciones y a acercarse a la música, y que
llevaba un motor turbo, y que se creía ‘inmorible’, pues bufff, cómo no voy a quererle».
Veis como se va por los cerros, pero siempre vuelve, no se abandona, no nos abandona.
Si Serrat pudiera volver hacia atrás, volvería a ver a su padre, aunque le doliera, aunque se quedara «tocao», porque «la vida es una locura, y a veces es un desastre, pero sí tiene un sentido, que empieza de una forma y este sentido la conduce a otro tiempo. Es como
el viaje Ítaca». Y aquí viene la lección. Grabárosla, aprendérosla, memorizarla y guardarla como oro en paño porque habrá un tiempo en que no queden Serrat para darla.
“Quizá yo lo que reprochó en este sentido, es el mal comportamiento que tenemos con los viejos y que en el momento en que la vida, en que el ser humano precisa más de los seres humanos, de la compañía y del cariño, lo que encuentra es soledad, abandono,
oscuridad y maltrato (…) No es tanto el deterioro de la vida…Lo que más duele es el comportamiento de los demás, de los de alrededor, del Estado, de la sociedad. Vivimos en una sociedad que venera a la juventud y que le saca toda la pasta que puede, los viejos no tienen dinero y se les condena al ostracismo», y el plató de El Hormiguero se vino abajo en un sonoro aplauso, porque lo que dice es una verdad como una catedral, porque tiene razón, porque lo que dice es lo que estamos haciendo. Y lo de un hombre de
74 años, venerado por muchos (odiado también por otros), pero amado y querido por encima de todo.
Y sí, igual lo que interesaba es que hablara de Cataluña, de la polémica de sus palabras durante su viaje a América en plena vorágine secesionista, o que hablara de Eurovisión y
de que no le dejaron cantar en catalán, o que dijera algo sobre Puigdemont o sobre el 155. Lo hizo, claro que lo hizo (de Eurovisión no, que no está el horno pa’ bollos), pero dijo más con su viaje a Ítaca que cualquiera del resto de sus palabras.
A los que le llamaron «fascista» no quiso darles ni un instante de gloria. Fue comedido y más que correcto con un simple «hay que separar las cosas» y una breve y serpenteante respuesta: «La única declaración que hice fue responder a una pregunta acerca de si iba a
acudir a votar el día 1 de octubre. Entre otras cosas, yo no podía porque estaba en América y argumente por qué no podía. Esto provocó ciertas reacciones que se manifestaron en esto que se llamar redes, que a mi modo de ver tienen menos representatividad de la que se otorgan». Tirando balones fuera, porque él puede y porque él quiere. No hay más, ni hay menos.
Pero Serrat es todo elegancia y también tuvo para quienes le llaman «facha», a él, a Serrat: «Facha no es algo que yo me sienta ni que sea compartido Son expresiones extemporáneas que no tienen más sentido que el de mostrar la crispación y la pérdida del
razonamiento». Amén. La pérdida de razonamiento es la clave. Se puede decir más alto, pero no más claro, porque a buen entendedor pocas palabras bastan.
Y lo dijo sin inmutarse, sin una palabra más alta que la otra, sin esa crispación de la que él hablaba, ni esa pérdida del razonamiento. Porque este «facha» sí tiene raciocinio, el que a otros les falta. Porque le preguntó Pablo Motos por la falta de libertad de expresión de
un tiempo a esta parte y respondió de la misma forma, con el mismo raciocinio, porque le sobra.
«No apoyo la ley mordaza, pero decir que no hay libertad de expresión…Hemos vivido épocas peores». Él las ha vivido y él sabe lo que es esa falta de libertad. Por eso Serrat no fue contundente ni radical, porque para hablar de algo hay que saber de lo que se hablar, hay que haberlo vivido, hay que haberlo vivido. Una lección para todos y para Pablo, que
estoy convencida esperaba otra respuesta y salió algo escaldado.
Serrat anoche dio una clase de maestría, de saber estar y de vida. No entró en lo que no quiso entrar (el máster de Cifuentes hasta le tiró para atrás) y se rio con Cristina Pardo, pero sin jugársela. Es lo que tiene la voz de la experiencia. Esperó a su Penélope (en realidad a dos) que llegaron con su bolso de piel marrón y a las que besó como el padre
que besa a una hija, como el abuelo que espera a su nieta, como la Penélope que espera a que llegue el primer tren, el tren que le lleve a Ítaca.

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