El portal de Belén de la Virgen Isabel

JUAN CARLOS ESCUDIER

Juan Carlos Escudier
Pese a mi insultante juventud, llevo más de veinte años juntando letras, posiblemente porque nunca he sabido hacer otra cosa.

En Diario 16 me enseñaron el oficio y en El Mundo lo puse en práctica. En ese tiempo aprendí todo lo bueno de esta profesión y todo lo malo, que no es poco. En El Confidencial me hicieron adjunto al director y me dejaron opinar. Y más tarde, en 20 Minutos me puse a perseguir políticos hasta que se acabó el dinero.

He escrito dos libros, pero para hacer todo en la vida me falta tener un hijo y plantar un árbol. De momento, voy ensayando con macetas. Hay cosas que, como Bartleby, el escribiente de Melville, preferiría no hacer. Pero esa es otra historia.

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14/05/2020
Ha sido conocerse la condición virginal de Isabel Díaz Ayuso, mater dolorosa de esta España tan ingrata, y empezar a llegar noticias sobre el portal de Belén donde se ha resguardado los últimos dos meses para vencer al coronavirus y dar aliento con su gracia a su confinado rebaño. En veintiún siglos el cuento ha cambiado una barbaridad y lo que originariamente debió de ser un establo con pesebre o una cueva usada como corral se ha transformado en dos apartamentos de lujo con unas terrazas tipo chill out con vistas al Palacio Real de quitar el sentido. Solo cabe una explicación razonable para esta nueva ambientación en la que han desaparecido el buey y la mula o han sido relegados al aparcamiento del edificio, donde la señora disponía también de plaza propia: en Judea no se alquilaba tan barato.

Y es que el precio que se ha declarado por las suites, si es que realmente se ha pactado alguna contraprestación económica, 80 euros al día incluyendo la seguridad y la limpieza, constituye un auténtico milagro navideño. Los devotos de Isabel Díaz Ayuso llevarán siempre en la memoria el gesto de Kike Sarasola, el empresario que ha ejercido de mecenas de sus partos, que es justamente lo que pedía a principios de marzo Pablo Casado cuando, en un vídeo grabado en uno de sus hoteles, prometía que su solidaridad se recordaría siempre mientras la virgen Isabel, a su lado, asentía vivamente con la cabeza. No era para menos.

Debido a esta manía nuestra de buscarle tres pies al gato, lo que a todas luces es una muestra de fervor se ha intentado presentar como un cohecho y se ha montado un cristo importante a cuenta de un contrato fantasma por el que Sarasola habría recibido medio millón de euros por poner a disposición de enfermos y sanitarios dos de sus establecimientos. Según se ha aclarado después todo ha sido un lamentable error, un gazapo administrativo, aunque cabe la sospecha de que el entuerto haya sido obra de la mano negra de uno de los famosos hijos de Chávez sobre los que el mismísimo Aznar, que es el dios de este Antiguo Testamento, volcaba su cólera por insultar a esta Inmaculada Concepción de la política española.

Los fariseos no han tardado en escupir sus recelos sobre este alquiler tan divino, ignorando que tanto Ayuso como su familia están abonados a las bicocas. Baste con recordar el aval de 400.000 euros que su padre recibió de Avalmadrid para una de sus empresas con la única garantía de una nave que, para más inri, incumplía la normativa urbanística y cuyo valor de tasación apenas si cubría la mitad del importe concedido. Tuvo que ser Isabel, que entonces no había sido bendecida por el Espíritu Santo en forma de paloma, la que mediara con el número dos de la consejería de Economía, quien a su vez movió Roma con Santiago para que un directivo de la entidad crediticia concediera el aval con la oposición de sus técnicos. Fue así como, por su cara bonita, esta bendita entre todas las mujeres obtuvo un crédito del que no se devolvió un céntimo, mientras ella y su hermano aceptaban la donación del patrimonio inmobiliario de su padre para evitar cualquier embargo. Donde algunos vieron un alzamiento de bienes de libro otros se limitaron a postrarse de hinojos ante la multiplicación de los panes y los peces llevado a cabo por esta ungida familia.

De Sarasola, una especie de José de Arimatea de nuestro tiempo, poco se puede decir salvo que su don de gentes es bíblico. Íntimo amigo de Gallardón, de Felipe González, que fue quien ofició su boda, o del mismísimo Albert Rivera, al que apadrinó en su traslado a Madrid, sólo Hacienda ha sido capaz de extender alguna sombra de sospecha sobre su intachable comportamiento. Le cabe el consuelo del Catecismo: Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos. Amén.

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