Enrique Múgica Herzog: algunas evocaciones juveniles (II)

RAMÓN TAMAMES | 22/04/2020
En la parte central de este largo artículo recordatorio sobre Enrique Múgica Herzog –algo más que una necrológica—, entramos en plena Historia de España, en la “rebelión estudiantil del 56”, de los meses de enero y febrero de aquel año. Que recuerdo muy bien, no sólo por mi propia memoria, sino también por varios libros que se han publicado sobre el tema, y esencialmente el de Roberto Mesa, Catedrático de la UCM; titulado Jaraneros y alborotadores, por las palabras que se atribuyen propio General Franco en 1956, una obra que contiene abundante documentación, incluidos los interrogatorios que se nos hicieron en la Dirección General de Seguridad.

Todo empezó el sábado 28 de enero del 56, cuando Enrique Múgica llegó a Madrid, con un permiso de mili de San Sebastián de una semana, para exámenes en la Universidad. Y fue en la tarde de ese día, cuando para hablar de nuestras cosas, Javier Pradera, Enrique y yo, nos reunimos en la cafetería La Mezquita, de la madrileña plaza de Alonso Martínez. Establecimiento que hoy subsiste, pero con distinto nombre —Cafetería Santander— y con diferente decoración de la que tenía por entonces, obviamente un tanto moruno-califal, e incluso con una fuente que simulaba la de los leones de la Alhambra.

A lo largo de nuestra conversación buscando la forma de más herir al régimen, comprobamos que el proyecto ideado varios meses atrás por Múgica, de organizar un Congreso de Escritores Jóvenes, había ido de mal en peor y estaba literalmente extinta.

Ante esa triste realidad, yo me permití plantear un giro completo a nuestras actividades, y hacer público un manifiesto en pro de algo mucho más concreto y directo: la necesidad de convocar un Congreso Libre de Estudiantes, desafiando así abiertamente al Sindicato Español Universitario (SEU), el órgano de encuadramiento ideológico obligatorio de los estudiantes. En el manifiesto a redactar expondríamos las bases que permitieran crear una nueva organización representativa y autónoma de los estudiantes; utilizando como base el ejercicio del derecho de petición, reconocido en el Fuero de los Españoles, aunque nadie se había molestado nunca en reglamentarlo (pág. 239 de Más que unas Memorias).

Rápidamente pasamos de las ideas a la acción, a redactar el manifiesto estudiantil sobre un borrador mío. Incluimos toda una serie de aditamentos más políticos, en una reunión que tuvimos en el estanque de El Retiro, en la terraza-quiosco que había al lado del embarcadero, después de una nevada bastante copiosa durante la noche, pero que al sol se estaba bastante bien.

A las pocas horas de tener nuestro documento ya escrito a máquina, pusimos al corriente del proyecto a Miguel Sánchez Mazas (director que era, junto con Carlos París, de la revista lógico-filosófica Theoría), quien de inmediato se aprestó a colaborar al máximo. Y en ese sentido, planteó lo que podría ser una gran convocatoria de personalidades más o menos liberales en el local más idóneo: el Club Tiempo Nuevo, del cual era socio, y que estaba situado en la esquina de la calle Alcalá con Velázquez; y desde una de cuyas ventanas se veía la estatua del General Espartero, a horcajadas de su caballo, célebre por sus partes pudendas; hasta el punto de que todavía se dice en Madrid —«tiene más c…… que el caballo de Espartero». (pág. 240-241)

Allí, en el Club, recuerdo que nos reunimos el domingo 29 de enero de 1956, en la tarde, el Trío de la Mezquita más los dos ya incorporados, Dionisio Ridruejo y Miguel Sánchez Mazas, amén del cineasta Julio Diamante, el poeta Jesús López Pacheco; y varios sesudos varones como el diplomático Vicente Girbau y los juristas Julián Ayesta y Fernando Baeza. Éramos en total unas veinte personas, y en el encuentro, Dionisio desempeñó el papel de moderador y árbitro; o si se prefiere, ofició de maestro de ceremonias, lo cual, por cierto, le gustaba mucho. Pareció como si por fin fuera a encontrar un sentido a su vida de demócrata en ciernes, después de haber sido un falangista preeminente.

Instalados en el salón principal del Club, Múgica leyó el documento, con su peculiar dicción y con un tanto de prosopopeya, leyó el manifiesto con toda la importancia que para nosotros tenía, que era mucha: por la libertad. Y el efecto fue contundente en el auditorio, admirado de que el trío de jovenzanos hubiéramos tenido tan brillante idea.

Ya en la fase del modus operandi, frente a nuestra tesis de centrar el documento en el ámbito estrictamente estudiantil, Sánchez Mazas, en aras de una mayor generalidad, propuso que se aprovechara la ocasión para incluir en el escrito la denuncia de otros problemas, además de la reconciliación de todos los españoles: el retorno de los exiliados; para así poner fin a la larga división resultante de la guerra civil (pág. 241-242).

Finalmente, se presentó el manifiesto en la Universidad el 1 de febrero de 1956, en bastantes facultades, y la recolección de firmas fue un verdadero éxito. Concretamente yo estuve leyendo varias veces nuestro escrito, con la ayuda psicológica y de seguridad de Carlos Zayas y de Gonzalo Sol, a quienes había llamado en la misma mañana del 1 de febrero, muy temprano, a sus casas, para formar otro trío más a pie de aulas, en defensa de las ideas de la libertad y el progreso político.

Luego vinieron días de mucha violencia en la Universidad, provocada por los grupos falangistas, pretendiendo apagar las propuestas que habíamos hecho. Y así transcurrieron los días hasta el 8 de febrero, con amplias manifestaciones callejeras en el barrio de Argüelles, cuando fue herido de bala Miguel Álvarez, un estudiante del SEU, que a partir de ese momento pasó a ser considerado héroe oficial de los sucesos. Provocando una reacción dramática de los medios oficiales.

Lo que pasó después, el día 9 de febrero, lo pondremos por escrito en la tercera y última entrega de este largo recordatorio histórico de Enrique Múgica Herzog.

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