FINALIZA REUNIÓN COP EN GLASGOW

1,5 grados: cuestión de confianza
Ana Palacio
Publicado en EL MUNDO – 13.11.2021

Ahora que el espectáculo termina, se apagan las luces y empieza a asentarse la polvareda de vociferios y gestos, al llegar el momento del arqueo de caja, cumple superar el ruido y reflexionar sobre lo que nos traemos entre manos: ¿cuál es el mensaje clave que deja la barahúnda de Glasgow?
Una de las portavoces más activas de la política energética comunitaria, la Vicepresidenta del Gobierno, Teresa Ribera, decía en estas páginas: “Tenemos que ir más allá de París y explicarle a la gente cómo vamos a ser capaces de conseguir un aumento máximo de las temperaturas de 1,5 grados […] no es tanto un problema de credibilidad, como de confianza” (la cursiva es añadida).
Retengamos lo esencial. Desde que Aristóteles plantease para el pensamiento occidental las tres categorías de la persuasión, la credibilidad de la fuente (Ethos) incluye competencia y confianza. Sin confianza, no hay credibilidad que valga. Si no generamos confianza, difícilmente resultaremos creíbles. El nudo, efectivamente, es la confianza.
Sentada la premisa, la confianza no es una botella intelectual que se lanza al mar de la opinión pública: ¿en qué o en quién precisamos tener confianza? Acudamos, de entrada, al DRAE. Confianza: “Esperanza firme que se tiene de alguien o algo”. Esperanza: “Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”. Esta yuxtaposición de definiciones deja patente que en cuestión de confianza acecha el peligro de tomar nuestros deseos por realidades. Tienta el pensamiento mágico; trampa que, de caer en ella, mina la confianza (y por ende la credibilidad).
La primera confianza que está en juego es la científica. Y menudean los actores -son paradigmáticos los de la prédica del 100% renovable ya mismo, mañana, sin nuclear ni fuentes fósiles-, movidos por un deseo que bordea la fe (infundada) en el advenimiento salvífico inminente en energía intermitente solar y eólica: una técnica de almacenamiento buena (esto es, limpia), bonita (esto es, verde), barata (esto es, sostenible).
El mundo entero aguarda con impaciencia esta revolución. Y bien digo revolución. Pero no por desearla tantos -tan fuerte-, va a suceder. Eso sí, toca fomentar la innovación, la formación de talento, la industria. También en campos, si no rompedores, imprescindibles para acometer el 1,5 grados: cada día más evidente, la captura, almacenamiento (y utilización) del CO2 (CCS, por sus siglas en inglés); el hidrógeno “limpio”, cualquiera que sea su origen -el verde, va de suyo; rosa (de origen nuclear); azul (gas natural con CCS)-; el apoyo a las técnicas aislantes y de evitación

de fugas. Finalmente, sin ánimo exhaustivo, cuidar los pulmones naturales del planeta, que tiene su ciencia.
Así, no podemos fiar la planificación a ese eureka que ha de llegar. Mientras llega, además de recurrir a cualquier medio descarbonizador (aun relativo como el gas), tenemos que aceptar la tozuda realidad: la solución no será el nuclear, pero sin nuclear, hoy por hoy, no hay solución. Es preciso invertir en perfeccionar la tecnología, que Europa, un día a la cabeza, ha arrumbado a excepción de Francia. Atención especial merecen los reactores pequeños modulares (SMR, por sus siglas en inglés), de los que hay unos 70 diseños en desarrollo en 17 países (las primeras unidades ya están en funcionamiento en Rusia); y los microrreactores (MR). Ambos jugarán un papel importante en esta transición, con o sin el ninguneo de la UE.
Dicho lo anterior, la confianza que manda, la decisiva en materia de transición climática, tiene que ver con el poder y la norma. En el telar de COP26 tenemos un “Acuerdo” (Paris 2015), un “Pacto”. No un Tratado: no hay implementación propiamente dicha; menos aún sanción por incumplimiento. Son proclamas individuales de fines; los medios para alcanzarlos quedan a la discreción del actor. Cada quién dueño y señor en lo suyo; sin obligación formal de rendir cuentas del cómo, ni siquiera en puridad del cuándo o del qué: nadie puede forzar ni penalizar a un Estado Parte si lo anunciado no se concreta.
Por tanto, dependemos -ni más ni menos- de la confianza que nos infunden los distintos gobiernos. Hay autoridades que generan desconfianza en general. Es el caso de Rusia (que emite hoy aproximadamente 5% del dióxido de carbono total). Cabe recordar que Putin dudaba hasta muy recientemente de los riesgos del calentamiento global -e incluso de sus causas-, y que descuenta beneficios de la nueva situación en Siberia o el Ártico. Australia, otro significado ejemplo, prueba que la desconfianza puede arraigar en impecables credenciales democráticas.
Mirando con realismo, fundamentalmente cuenta China (que contribuye ya por encima del 30% de las emisiones de carbono), EEUU (14%), la India (ahora ya por encima del 7%, pero creciendo exponencialmente); y, sí, la UE (que, aunque con una pronunciada tendencia a la baja, anda todavía alrededor del 6%).
Dejando de lado su presente glotonería en carbón, China inspira confianza (en esto), por la envergadura de los planes que ha puesto en marcha, tanto en nuclear (los proyectos en firme y en curso de ejecución superan el tercio del parque mundial existente actualmente), como en renovables. En cuanto a India, la confianza es menos evidente, porque al objetivo de neutralidad de emisiones de carbono antes de 2070 le falta -de momento- especificidad; y a ello se suma la complejidad de la toma de decisiones -inimaginable para quien no la haya visto en acción- de una sociedad de grupos activísimos y un sistema de gobierno descentralizado.

EEUU nos tiene acostumbrados a su ambivalencia con respecto a cualquier atadura que venga de fuera, desde el inicio del multilateralismo post-Segunda Guerra Mundial. Ciñéndonos a la energía, firmó pero no ratificó el protocolo de Kioto. Fue artífice principal del fracaso de Copenhague en 2009. Estuvo entre los más agresivos enemigos del “legally binding” -esto es, de buscar un acuerdo de derecho internacional público, como lo fue Kioto-. Entró y luego salió del Trato (que no tratado) de París en 2015. Y ahora vuelve a estar; pero a su aire (véase la reciente teatralización bilateral de la paz climática con Pekín). Sin olvidar que el cisne negro trumpiano sobrevuela el panorama electoral americano.
¿Y la UE?, en este asunto de reducir su huella de carbono, venía dando muestras de determinación. Se había erigido en abanderada de la causa y fiaba a ella su prestigio; su ambición de encarnar el “poder regulatorio”, el referente Verde. Pero nos falta realismo; nos sobra dogmatismo; en un asunto planetario, no podemos seguir absortos en diseñar de un Disneyland climático, mientras carecemos de consistencia entre lo que predicamos fuera y lo que hacemos dentro (ver Equipaje de mano de la semana pasada). Y, por si aún quedara un rescoldo que justificara la confianza, escenificamos al cierre de la conferencia un enfrentamiento a cara de perro de gasistas (Alemania) contra nucleares (Francia), por quién se lleva el gato al agua de la Taxonomía Verde que prepara la Comisión Europea. Todo ello a golpe de comunicado sobreactuado: jaula de grillos, mismísimo Puerto de Arrebatacapas… En los pasillos de Glasgow se hizo ayer viral el “missing leader”, en referencia a la UE: ¿Confianza, quién dijo confianza?

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