Fuego en el campamento

Publicado originalmente en El Mundo

CRÓNICA

Un grupo de inmigrantes cerca de la valla de Ceuta Tarek Ananou.

Así están quemando en Marruecos los campamentos de inmigrantes

El ‘tapón’ en su ruta hacia España aventura un verano caliente de pateras en el Estrecho

Ibra, senegalés, ha visto arder sus casas de plástico cuatro veces. El fuego se llevó sus documentos y las cartas de su padre, pero no renuncia al sueño de Europa

LUCAS DE LA CAL
21 JUL. 2018 18:51
Ibra suspira, cabizbajo, muerto de vergüenza por no poder culminar su promesa de ayudar a su familia. Está lleno de heridas arrastradas de la juventud por una guerra -la civil por la independencia de Casamanza, al sur de Senegal- que nunca ha terminado de entender. También tiene quemaduras en las manos de otra «guerra», la de la supervivencia en Marruecos. Ya ha visto arder sus casas de plásticos y mantas cuatro veces en siete años. Para este corpulento africano de 38 años, el reino de Mohamed VI nunca ha dejado de ser un lugar de tránsito. Se ha bañado en la arena del Sáhara y visto la punta sur de Europa a 14 kilómetros en línea recta. Se siente atrapado. Pero su mirilla migratoria, su nabetale (como lo llaman en la lengua wolof de Senegal), sigue estando en España, en el barrio madrileño de Lavapiés, donde tiene dos primos que dejaron de ser ganaderos para convertirse en manteros.

Hace una semana, Ibra estaba de campamento. El mismo en el que se ha pasado las últimas cuatro estaciones del año. Y lo volvió a ver arder. Las llamas borraron los últimos bienes y recuerdos que aún conservaba. Como ya le ocurrió otras tres veces en otros campamentos del norte de Marruecos. Eran las cuatro de la tarde del domingo cuando, en el campo de fútbol asfaltado del distrito de Oulad Zyane, frente a la estación de autobuses de Casablanca, un incendio se llevó por delante su tienda de campaña, su pasaporte y las dos cartas que le escribió su padre hace unos años para darle la bendición de seguir su camino hacia Europa y no rendirse. Los habitáculos y objetos del resto del millar de inmigrantes que llevan allí un año también se convirtieron en cenizas.

«Los bomberos vinieron rápido. Gracias a Dios nadie ha muerto. Sólo hay un par de críos de 14 años con quemaduras en la espalda» cuenta Ibra. «El incendió lo provocó un grupo de marroquíes racistas que cuando se emborrachan en el bar vienen después a insultarnos y a tirarnos piedras. Aunque, en verdad, yo estoy convencido que la policía está detrás porque quieren que nos vayamos de aquí. En mitad del caos por las llamas he visto cómo los agentes uniformados marroquíes detenían a algunos inmigrantes y les metían en furgonetas. Después, les llevan al sur del país y les dejan allí tirados».

En el campamento de Casablanca convivían hombres, mujeres y niños de 12 nacionalidades distintas. Desde Senegal hasta Zimbabue. Hay muchos menores que han recorrido más de 3.000 kilómetros ellos solos desde que salieron de sus casas y arribaron a Marruecos. Este campamento estaba custodiado por cuatro jefes de las etnias más predominantes. Uno de ellos, el camerunés Samino, cuenta que las llamas se han llevado su documentación y el dinero que tenía ahorrado para partir en patera este verano desde Tánger. «Hace dos meses intentamos salir siete chicos en una toy (balsa de plástico) por el Estrecho. Pero la Marina marroquí nos interceptó nada más echarnos al agua», recuerda.

Este camerunés de 28 años salió de su país hace un par de años después de vender el ganado de su padre y recuperar -a su manera, dice- el dinero que le había prestado a unos amigos. Hizo la ruta migratoria por Argelia, donde trabajó en la construcción para pagar a las mafias un billete directo hasta la valla de Ceuta. Cuando al fin logró saltar la alambrada, le cogió la Guardia Civil y lo devolvió a suelo marroquí.

En un campamento de Fez estallaron siete cilindros de gas durante el desalojo. El fuego arrasó con 50 tiendas.
Lo mismo le ha ocurrido un par de veces al guineano Barry. La última vez que intentó saltar la valla, la policía marroquí lo detuvo en el camino y lo llevaron hasta Errachidia, al sur del país, a la entrada al desierto. Dos meses después llegó al campamento de Casablanca. «Con el incendio he perdido lo poco que tenía», lamenta Barry. A su lado, en los alrededores de la estación de autobuses de la capital económica de Marruecos, su compatriota Timo cuenta que hace dos meses a él también le quemaron el campamento en el que vivía en los bosques de la ciudad de Nador, a 15 kilómetros de Melilla. «Las fuerzas auxiliares venían cada semana por la noche a hacernos redadas. Conseguíamos escapar. Pero la última vez, cuando volvimos a nuestras tiendas, las habían quemado todas».

Los inmigrantes denuncian que las fuerzas auxiliares, los paramiliares, popularmente definidos como «los ojos y las orejas del sistema», asaltan y queman continuamente sus campamentos. Son un cuerpo «omnipresente» de 48.000 hombres que dependen del Ministerio del Interior. No van armados, pero la semta -cinturón militar- y sus perros se los conocen bien los subsaharianos que merodean las fronteras de Ceuta y Melilla.

Ellos son la barrera que ha puesto el Gobierno marroquí en el norte del país para parar lo que ya llaman «tapón migratorio», refiriéndose a los miles de subsaharianos dispersos en los bosques y barrios que están esperando su oportunidad de lanzarse a las costas andaluzas. Como ya han hecho 16.295 inmigrantes, según los datos de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). «Unas 200 personas al día llegan a España desde África. Si sigue esta tendencia, España superará en breve a Italia (16.933 inmigrantes han llegado allí hasta el 8 de julio) como el país que más inmigrantes recibe tras cruzar el Mediterráneo», ha dicho esta semana Joel Millman, portavoz de la OIM. El motivo sigue estando en el cambio en las rutas migratorias. Libia ha dejado de ser una vía segura, por ello optan por la ruta de Argelia y Marruecos para llegar a Europa. El viernes, al cierre de este reportaje, Salvamento Marítimo rescató en el Estrecho a 245 personas en 10 pateras.

«Aquí la policía muchas veces levanta la mano para que podamos salir. Es un gran problema para ellos que se acumulen los inmigrantes en el norte. Y también ganan tan poco dinero que es muy fácil sobornarles para que miren para otro lado», nos contaba hace unas semanas el guía de la mafia que lleva a los subsaharianos hasta las playas del Tánger para que crucen el Estrecho.

El mismo domingo en el que ardía el campamento de Casablanca, a 294 kilómetros de allí, en los alrededores de la estación de trenes de la ciudad de Fez, las autoridades marroquíes desalojaban el campamento de inmigrantes más grande del reino. Hace tres años, la policía hizo un barrido en el norte del país para evitar que los migrantes se lanzasen al mar en pateras o intentasen saltar las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla. Esto provocó que muchos subsaharianos bajaran a la ciudad de Fez y colapsaran un improvisado campamento que llevaba en pie desde 2010. Había más de 2.000 personas concentradas entre mantas y tiendas. Curiosamente, durante el desalojo por parte de las autoridades, otro incendio estalló en el campamento que arrasó medio centenar de tiendas. Según las autoridades locales, el fuego fue causado por una explosión de siete cilindros de gas que los inmigrantes usaban para cocinar.

«La Gendarmería se llevó a todos mis amigos. Yo conseguí escapar, pero perdí todos mis papeles», cuenta por Facebook el senegalés Mamou, que llevaba dos años malviviendo en Fez. Él es la cuarta generación de su familia que ha emigrado. Primero, en los años 60, su abuelo marchó a la región norteña de Kaolack cuando franceses establecieron las primeras plantaciones de cacahuetes y demandaron mano de obra. En los 70, su padre viajó hasta Costa de Marfil donde la explotación de los recursos naturales provocó una prosperidad económica que condujo a varios conflictos armados. En los 90, su tío consiguió visado para Europa. Y en el 2003 su hermano mayor se subió en un cayuco hasta Canarias. «Yo he intentado saltar la valla de Melilla y cruzar en patera (por el mar de Alborán). Pero me han detenido un par de veces y dejado en el desierto. Pero siempre vuelvo», explica Mamou.

En aquella zona al noreste de Marruecos, en los alrededores de la ciudad de Nador hay mafias lideradas por marroquíes y guías subsaharianos que organizan cada detalle de las salidas en pateras desde las playas de la localidad de Bouyafar y de Kariat Arkmane. El punto de encuentro con los inmigrantes es la aldea de Taourirt, a medio camino entre las ciudades de Nador y Selouane. Alrededor están los 30 campamentos de mantas, plásticos y tiendas de campaña donde viven. Hoy, según una estimación aproximada hecha por las asociaciones, hay más de 1.500 subsaharianos divididos en pequeños grupos de no más de 50 personas. El campamento más poblado es el de Bolingo, ocupado en su mayoría por hombres que salieron de Guinea Conakry. Durante los últimos meses, la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) ha denunciado las continuas redadas de los campamentos de inmigrantes por parte de las fuerzas auxiliares del reino. «Entran, desmantelan todo, los inmigrantes huyen y los marroquíes queman sus cosas para que no vuelvan», dice uno de los voluntarios de la asociación que sube cada semana a los bosques para llevar comida a los subsaharianos.

En la otra punta del norte de Marruecos, debajo del monte de la Mujer Muerta, en medio del bosque de Beliones, a escasos kilómetros de la valla que separa Marruecos y Ceuta, hay también decenas de campamentos de plásticos y mantas donde los subsaharianos esperan su oportunidad para intentar cruzar a España. La mayoría viene de Guinea, Camerún y Nigeria. Muchos han pasado un tiempo malviviendo en Tánger, en los barrios de Boukhalef y Mesnana, intentando lograr sin suerte una plaza en alguna patera de juguete que cruzara en Estrecho. Es imposible saber cuántos subsaharianos viven ahora repartidos en los campamentos en los bosques cercanos a Ceuta. «Estamos divididos, no hay más de 10 personas juntas normalmente. Así, si hacen una redada y detienen a un grupo, no se llevan a todos», explica un grupo de chicos que está en Beliones, que aseguran que en sus últimos intentos de trepar la valla la Guardia Civil les gaseaba para que quedasen aturdidos y poder hacer una devolución en caliente sin problemas.

Hace dos semanas, con este panorama migratorio inédito en los últimos años, los ministros españoles de Asuntos Exteriores y del Interior, Josep Borrell y Fernando Grande-Marlaska, aterrizaron en Rabat para reunirse con sus homólogos marroquíes. «Ahora, con el buen tiempo, es de prever que sigan aumentando las pateras que llegan a nuestras costas», dijo Borrell.

Uno de los objetivos del viaje del ministro catalán fue presentar la propuesta europea de establecer los bautizados como «centros de desembarco controlados de inmigrantes» no sólo en puertos seguros de Europa, sino también del norte de África. Aunque desde Marruecos, a través de su ministro de Exteriores, Nasser Bourita, han rechazado la idea de crear estos centros en su territorio. Lo mismo que no les convence la idea del ministro Marlaska de quitar las concertinas de las vallas fronterizas. Únicamente han apoyado el proyecto de montar un «Observatorio de la migración» para estudiar este fenómeno que no para de crecer y que aventura un verano caliente de pateras en el Mediterráneo.

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