HA MUERTO JUAN JOSE RODRÍGUEZ UGARTE

Fundador e impulsor de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) a él se debe la dirección apasionada y eficaz de defensa jurídica de los asilados y refugiados y la redacción de la primera ley reguladora dela condición de asilado en España en tiempo del presidente Adolfo Suárez.
Un alaves abilbainado, nacido en 1924 en Paganos en La Rioja alavesa, con un
zumbón sentido del humor y la sorna capaces de soportar las tormentas políticas, jurídicas, episcopales y de cordiales amigos con puñal en la bocamanga, ha sido consiliario nacional de la HOAC, sustituyendo a Tomas Malagon, iniciador y pilar de la
rama española de Justicia y Paz, con Joaquín Ruiz Giménez al frente y responsable del servicio jurídico de la CEAR en etapas durísimas, cercanas al abismo de la desaparición de la entidad. Pero era un hombre valiente, esforzado, terco, paciente y de larga vista hacia el futuro muy difícil de tumbar. Imposible más bien.
En su etapa de Justicia y Paz impulsó la lucha, con Franco vivo, por la amnistía de los presos políticos, recogiendo y entregando 150.000 firmas, acción en la que participaron decisivamente mujeres del País Vasco y militantes del Partido
Comunista. Tiempos en que negociar y convencer a quienes no estaban en las
cercanías del poder político o religioso catolico, era poco menos que imposible.
Había estudiado sociología en Alemania, tenía una agenda de contactos que si se
hubiera dedicado a los negocios, al teatro, a la política o a la venta de armas le hubiera hecho millonario en quince días. Pero era un fiel defensor de humillados, perseguidos, masacrados y empobrecidos. Sacerdote de paisano y disfrazado de civil en la dictadura, al revés que muchos otros, civilizado luego en la transición, listo, rápido de reflejos, peligroso en la esgrima dialéctica y en la defensa de sus posiciones, de corazón grande y hermosas ensoñaciones.
Le conocí siendo un adolescente y he colaborado, agradecido, muchos años en la CEAR. Me he reído con sus ironías y sarcasmos capaces de desvencijar tontos
peligrosos y lerdos revestidos de aparente inocencia. Tengo el placer de haber sido amigo suyo. Hoy que escribo su obituario recién fallecido, creo, como él, en la vida del mundo futuro etexpecto resurreccionem mortuorum. Con cariño, don Juanjo, con inmenso cariño.
Alberto Revuelta

Esta entrada fue publicada en Actualidad, Artículos y opinión. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.