La exquisita tortura de Aznar

Publicado originalmente en Publico

Hay una serie de personajes en España a los que los medios hacen caso solo porque dan juego. Ni tienen nada que aportar al debate público, ni son nunca portadores de buenas o malas noticias. Simplemente, dan juego.

Dan juego, traducido a números, significa que cada vez que abren la boca, suben la audiencia de radios y teles y disparan los clics en las páginas de internet. Dan juego significa que como la gente les presta atención, hacen ganar dinero a los propietarios de medios de comunicación. Jesús Gil daba juego. También daba y sigue dando (por fortuna, cada día menos) Esperanza Aguirre. Y desde luego, también da juego Aznar. A juzgar por lo dispuestos que están todos los medios de comunicación a hacerse eco de cualquiera de sus rebuznos.

Del mismo modo que hay gente que se encierra durante años a estudiar las propiedades de la luz o el comportamiento sexual de los bonobos, yo he dedicado los últimos años de mi vida a analizar en qué consiste la fascinación mediática de Aznar. Dónde radica el hechizo irresistible que ejerce sobre nosotros, cada vez que se nos aparece, cual Ángel del Señor, en medio de la zarza ardiente.

Mi conclusión, que creo poder elevar ya a categoría de definitiva, es que la atracción que nos produce obedece a su capacidad para proporcionarnos placer. Placer masoquista, naturalmente. Aznar nos hace gozar con el malestar emocional que nos provoca. Con la vergüenza ajena que nos hace sentir cada vez que abre la boca. A veces incluso sin abrir la boca. Ayer, sin ir más lejos. Solo con ver lo irresistible que se sentía, con un jersey rosa papuchi que sería considerado pijo hasta en Puerto Banús, yo ya dije ¡tragame tierra!

La esencia de la vergüenza ajena que produce Aznar radica en el abismo insondable entre lo que él se cree que es y lo que es en realidad. Un abismo que él no percibe. Aznar debería sentir un bochorno infinito por todas y cada una de sus intervenciones públicas, pero lejos de experimentar auto oprobio, se ve a sí mismo como un filósofo del derecho, como un genio de la política, como un pensador abstracto. Aznar se despierta cada mañana preguntándose por qué Marguerite Yourcenar no regresa de la tumba para inmortalizarle en unas Memorias de José María.

La historiadora cultural Tiffany Watt Smith asegura en su Libro de las Emociones Humanas que la vergüenza ajena más intensa es la que producen las personas que se creen muy importantes sin serlo. El bochorno que crean al hablar (y que ellos no sienten), no se evapora en el auditorio como si fuera vapor de agua. Ese bochorno pasa a nosotros, de modo que al apechugar con una carga que en realidad debería ser del otro, le estamos dando alas a su delirio. Pero lo hacemos de buena gana, porque según Watt Smith, la vergüenza ajena es una tortura exquisita.

De Aznar, no avergüenza solo lo que dice, sino cómo lo dice. Su forma de expresarse delata el alto e injustificado concepto que tiene de sí mismo. Cuando en realidad no es más que un oscuro funcionario de hacienda venido a más, casado con Ana Botella. No se me ocurre otra manera de definirle.

Aznar habla entre dientes, como un ventrílocuo. Tal vez lo sea. De hecho, he llegado a pensar que ha dado clases con José Luis Moreno para que no se note que es él quien le hace decir a Pablo Casado las chorradas con las que nos regala desde que entró en política. Frases como La Hispanidad es la etapa más brillante, no de España, sino del hombre o España puede ser la California de Europa, son por su insustancialidad, pensamientos de Aznar puestos en boca de Monchito–Casado gracias al arte de la ventriloquía.

Se ve además que Aznar considera el hieratismo un valor añadido a su discurso. Está convencido de que cuanto más cadencioso y solemne se ponga al soltar una majadería, más posibilidades tiene de que cualquiera de sus bobadas pasen a la Historia de España. Ha llegado a dar conferencias en que su cara parecía la de un indio de estanco. Intenta dejar una huella parecida a la Cánovas del Castillo y me temo que será recordado como un Eugenio canijo, sin talento para contar los chistes.

Como mantener ese hieratismo forzado, que él cree que le eleva intelectualmente por encima de su auditorio, le encorseta la cara y no le deja respirar, cuando ya no puede más, se libera con una risotada de asno que recuerda a la de Polilla. Aquel delincuente juvenil, amigo de Pinocho, que le lía para viajar a El País de los Juegos y acaba convertido en burro.

El placer masoquista que produce Aznar, tiene un límite, personal e intransferible, para cada uno de nosotros. Como las manos de un masajista. Hay algunos que se quejan en cuanto les hunden un poco los nudillos. A otros, el masaje les gusta fuerte y soportan auténticas palizas.

Yo era de los últimos. Escuchaba por ejemplo lo de A mí me gusta que la mujer sea mujer mujer y decía: ¡Más! ¡Quiero más! Leía en The Wall Street Journal lo de Yo soy el milagro y exclamaba ¡Dame caña, no te cortes!

Ayer ya no: nada más escuchar lo de Ayuso, tú pasarás a la historia con páginas en blanco, fue como si un dentista me rozara el nervio con el torno y dije ¡basta!

Si en algo noto que me estoy haciendo viejo es en que lo de Aznar para mí ya ha dejado de ser una exquisita tortura para pasar a ser un triste suplicio sin gracia.

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