La Guerra Civil en perspectiva (VII)

Publicado originalmente en la Republica de las Ideas

RAMÓN TAMAMES | 09/09/2020
Seguimos con nuestra serie sobre la guerra civil española de 1936/1939, después de seis entregas en las que hemos visto las fuerzas en presencia, las operaciones militares, las consecuencias sociales y económicas de la contienda, y una primera parte sobre la presencia extranjera, concretamente la alemana. Hoy continuamos con lo que fue la participación italiana, con todo entusiasmo por parte de Mussolini.

La PARTICIPACIÓN ITALIANA

La ayuda desde Roma al bando nacional, fue desde un principio más amplia que la de Hitler, aunque de menos calidad, diríamos, en tér­minos de eficacia y eficiencia, y con inferior resonancia en el ámbito internacional.

La aviación fue inicialmente el aporte estrella, con aerona­ves Capronis y Savoias, llegadas por la ruta Cerdeña-Baleares y que actuaron en casi todos los combates, desde Mérida y Tole­do —cuando apoyaron el avance del ejército de África hacia Madrid en los meses de agosto a octubre de 1936—, hasta fe­brero de 1939, en la última campaña de Cataluña.

La aviación italiana intervino igualmente en el Norte desde finales de agos­to de 1936, con el uniforme de la Legión Extranjera, para evitar posibles complicaciones de vigilancia internacional de la guerra. La importancia de to­das las acciones llevabas a cabo, queda reflejada en el hecho de que de 163 pi­lotos de guerra aprisionados por las fuerzas afectas a la Repú­blica en los primeros doce meses de guerra, el 60 por ciento fueron italianos, un 30 por ciento alemanes y sólo un 10 por ciento españoles.

Siguiendo las mismas líneas que en la Alemania nazi, en Italia, y adscrito al Ministerio de Asuntos Exteriores, se creó un «Ufficio Spagna», dirigido por el Signor Pietromarchi; y con finalidades análogas a las de la HISMA alemana, funcionó la Sociedad Anónima Financiera Nacional Italiana (SAFNI).

Italia aportó un crecido volumen de equipo y de hombres. Entre diciembre de 1936 y abril de 1937, la flota de ese país —según la información que nos parece más fidedigna, la reco­gida por G. Jackson en su obra La República Española y la Guerra Civil— transportó a España un total de 100.000 solda­dos de refresco, de los cuales unos 70.000 italianos, y los res­tantes, 30.000 marroquíes, procedentes de el rey y del Protectorado francés.

Según Nenni, en España lucharon 120.000 soldados italianos y el testimonio de Mussolini a Chamberlain en Múnich (septiembre de 1938) fue bien expresivo: «Me dijo —refirió después el premier británico— que estaba harto de Es­paña, donde había perdido 50.000 hombres entre muer­tos y heridos.» Los diversos cementerios italianos en suelo hispano (Puerto del Escudo, en Santander, ciudad de Zara­goza, etc.) son hoy testimo­nio de que por lo menos en parte, eso fue verdad.

Las tropas voluntarias italianas a España llegaron encuadradas en cuatro divisiones regulares, con su propia organización, y con el claro propósito de Mussolini de que actuara como unidades completas bajo mando exclusivamente italiano. Y así sucedió tras la frustrada proposición alemana -subrepticiamente combatida por los italianos para evitar la hegemonía germana— de que Franco convirtiese su Estado Mayor en un EM combinado, con la presencia de cinco oficiales ale­manes y cinco italianos.

Más concretamente, en la guerra espa­ñola, los italianos formaron unidades completas bajo el mando exclusivo de sus propios generales (Roatta, Bastico y Gambara, sucesivamente). En Baleares, Málaga, Guadalajara, en el Norte, y ya al final en Cataluña, el cuerpo expedicionario fascista se desenvolvió con fluctuante fortuna y valor; pero casi siempre representó, por su superior armamento, una ayuda fundamen­tal dentro del conglomerado de las tropas encabezadas por Franco.

En suma, la ayuda de Mussolini fue importante y lo demuestra bien a las claras el hecho de que en su entrevista con Hitler el 28 de septiembre de 1940, el conde Ciano llegó a afirmar que Italia había gastado en la Guerra Civil española 14.000 millones de liras, unos 700 millones de dólares de en­tonces. Cifra que debía incluir una serie de gastos hipervalorados, o financiados sobre la marcha con recursos españoles, porque en realidad la deuda reconocida por el gobierno de Franco (y que terminó de pagarse después de 1960) ascendió a 5.000 millones de liras: unos 250 millones de dólares en 1939. Pero que por la graduación de los pagos a largo plazo, al depreciarse la lira quedó en un monto de pesetas mucho menor.

Para Mussolini, la nueva España habría de suponer una ba­rrera al movimiento de tropas coloniales entre el norte de África y Francia, y habiendo terminado la guerra de Abisinia en abril de 1936, sería un nuevo frente en el que endurecer lo que él mismo calificaba de «blando pueblo italiano», hasta el punto de que llegó a predecir: «cuando termine la guerra de España, ya buscaré otro sitio. El carácter italiano se tiene que formar en medio de la lucha».

Por su parte, el general Barletti fue bien expresivo de los sueños mussolinianos, al afirmar que «la campaña española es una continuación de la de Abisinia. Sin la colaboración española, jamás podríamos convertir el Mediterráneo en el “lago italiano” del que habla el “Duce”».

El aporte de Marruecos

Al principio de esta serie, ya hicimos referencias a la trascendencia del Ejército de África en la marcha de la Guerra Civil Española en los primeros meses: una fuerza que estuvo integrada fun­damentalmente por dos fuertes componentes militares, los «regulares», tropas moras bajo mando español, y la «Legión Extranjera», cuyos efectivos, a pesar de su nombre, eran neta­mente españoles en un 50 por ciento.

Los regulares representaron en un principio el mayor nú­mero de los soldados que desde Marruecos desembarcaron en la Península, con la particularidad de que a lo largo de toda la gue­rra su cifra se mantuvo a un nivel muy alto, no menor de 100 000 hombres. Contingente que sólo se consiguió merced a una in­tensa labor de reclutamiento, empeño comparativamente fácil en un país de gentes belicosas, desempleo permanente y autén­tico feudalismo de los jefes cabileños. En lo cual no fue una ex­cepción la zona francesa del Protectorado, a cuyos efectos de nada sirvieron las reiteradas notas de protesta presentadas por el gobierno de la República a París, que impávidamente siguió to­lerando la recluta de hombres dentro de los límites de su zona.

La afluencia de marroquíes a la guerra de España puso de relieve, bien a las claras, una de las grandes equivocaciones de la República que, no obstante pronunciarse oficialmente por la libertad y la paz, mantuvo entre 1931 y 1936 una políti­ca de sojuzgamiento de la nacionalidad marroquí, a la que no llegó a dispensarse el Estatuto de Autonomía del que tantas veces se habló.

No es extraño, pues, que los nacionalistas marroquíes, que podrían haber apoyado a la República en caso de haber visto amenazadas sus libertades, no la defendieran; por la simple ra­zón de que durante la presencia republicana en las dos grandes regiones del protectorado, El Rif y la Yebala, su país continuó siendo una colonia. Por el contrario, con lisonjas y promesas, o simplemente con órdenes, los nacionales sí que su­pieron hacerse con el completo control de la llegada de marro­quíes a España para engrosar sus fuerzas.

Dejamos aquí el tema hasta la semana que viene en que nos ocuparemos en las otras ayudas a los dos bandos de la guerra, siguiendo con Portugal para el bando nacional, los aportes que recibió la República. Y como siempre, los lectores de Republica.com pueden contactar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net

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