La historia verdadera, y apenas contada, de Fernando de Magallanes

Publicado originalmente en El Confidencial

Los portugueses apuestan por conmemorar la ruta Magallanes-Elcano pero ¿cuál es la verdadera historia de este noble explorador que pudo dar la vuelta al mundo?

ÁLVARO VAN DEN BRULE

TIEMPO DE LECTURA9 min
26/01/2019 05:00 – ACTUALIZADO: 27/01/2019 05:04
“Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”.

-Joseph Goebbels

Ante el debate abierto sobre la propuesta del ministerio de cultura portugués sobre la inclusión del Proyecto de la Ruta Magallanes a la UNESCO como patrimonio de la humanidad, arrogándose de forma unilateral el gobierno luso aquella grandiosa hazaña de circunnavegación al globo terráqueo –algo sin precedentes en la historia conocida–, y sin que haya ningún fundamento a mi entender sobre su supuesta participación; como español y hermano de los portugueses, nuestros vecinos de toda la vida en esta vivienda llamada Iberia, casa común de nuestras dos naciones, me gustaría hoy desdecir los argumentos que este departamento de la administración lusa maneja a mi juicio de forma sesgada e injusta, ante un acontecimiento en el que no tuvieron ninguna intervención, y si acaso, habría sido para sabotear en todo momento el proyecto del que fue hijo de esta ilustre, distinguida y antigua nación, de la cual, este escribano se enamoró hace mucho tiempo por el carácter afable de sus gentes, su educación inusual en un mundo cada vez más carente de ella y su saudade, melancólica y sabia serenidad de pueblo grande donde los haya.

El viaje de Magallanes y Elcano comenzaría en el año 1519, como así lo consignan los escritos en las crónicas de Antón de Pigafetta –el cronista embarcado en la expedición– en un lunes por la mañana temprana de un espléndido 10 de agosto. Cuando la escuadra embarcó todo lo necesario para aquel increíble proyecto de exploración, reto colosal para las posibilidades náuticas de la época y por las incertidumbres que se atisbaban ante la magnitud de la apuesta, una tripulación compuesta por 237 hombres inició el despliegue de velas de trinquete. Esta aventura hacia lo desconocido y la ambición de los propósitos que la presidían duraría hasta el 6 de junio de 1522 en una de las odiseas más dramáticas que un grupo humano hubiera padecido jamás.

Se le conoce por su faceta de explorador, pero tocaba otras teclas, como la de marino profesional y militar con conocimientos de cosmografía

Muertes por inanición, escorbuto, enfermedades solapadas por desnutrición, avitaminosis generalizada, sabotajes por parte de un resentido rey portugués que no aceptaba su mal perder ante la Corona de Castilla, deserciones, traiciones y todo un corolario de contratiempos variopintos entre ellos el enfrentamiento a la cruel naturaleza y su subproducto, los humanos, convirtieron aquella expedición en una antología de los horrores que culminaría en uno de los más grandes hechos históricos conseguidos por esta contradictoria especie que igual que es capaz de crear grandeza lo es de crear horror.

Un noble explorador portugués
Hernando de Magallanes era un noble portugués con un cúmulo de sueños comprimidos, que en la cabeza de un humano con aspiraciones potentes y ese nivel de fantasía propia de las gentes que como Ícaro, vuelan alto, parecían un lugar atestado de ahogo y frustración sin salidas de escape ni termostato a la vista. Esencialmente, aún hoy, se le conoce todavía por su faceta de explorador, pero tocaba otras muchas teclas, tal que era la de marino profesional y militar con amplios conocimientos de cosmografía (había estudiado un tiempo en la famosa escuela de Chagres fundada por Enrique el Navegante).

Tras ser humillado por su rey en una sucesión de desaires y ninguneado cuando le exponía sus proyectos para el engrandecimiento de Portugal apostando por nuevas vías marítimas, el soberano maltrató al marino con indolencia e incluso con crueldad, sin los mínimos de cortesía debidos hacia un noble que lo había dado todo por Portugal. Sus pretensiones iniciales pasaban por solicitar una carabela para viajar a las Indias y tras el desprecio manifiesto del monarca luso acabaría apelando a un aumento de su magra pensión de lisiado. Nada de ello le sería concedido y sin embargo los asistentes a aquella denigrante audiencia quedarían conmovidos por la frialdad del rey impasible.

Manuel I de Portugal era un rey sin luces aferrado al oropel del cargo y con un desdén y arrogancia más propias de un grosero afortunado y venido a más. Sin modales, sin capacidad diplomática, sin consejeros de nivel (si alguno opinaba diferente no salía en la foto). Magallanes apostató literalmente de su patria desnaturalizándose como portugués y renunciando a la ciudadanía de la tierra que le alumbró, cruzó la demarcación fronteriza para venir (como Cristóbal Colón lo hizo en su momento) a intentar poner en valor su proyecto de rodear el mundo y buscar un camino más corto presentándose al monarca español Carlos I de España. Pero una cosa era la intención y otras las probabilidades de que esa ansiada reunión se dieran. Ya sin obligaciones legales para con su tierra y rey, despreciado por su insolente monarca, Magallanes, que había dejado de ser portugués por propia voluntad, se sintió liberado para abrirse al mundo.

Enfrentado a su propio rey decidió apostatar de su patria voluntariamente y se presentó al monarca español Carlos I, que le nombraría adelantado

Desanimado pero al tiempo esperanzado, Magallanes llegaría a Sevilla el 20 de octubre del año 1517, acudiendo a la Casa de Contratación para intentar conseguir los permisos necesarios que le permitieran armar una nao y tirar “palante” con su mundo fantástico. Para su desgracia, la administración de esta añeja institución clave en la organización del comercio con la América recién descubierta le hizo un par de chicuelinas y una verónica para rematar. Razón no les faltaba a aquellos probos funcionarios, pues las islas Molucas en principio eran posesiones portuguesas según el Tratado de Tordesillas, gracias a un documento fechado en 1494 mediante el que el Papa había dividido el Océano en dos partes a través de una línea imaginaria. Julio II en 1506 –sucesor del Papa Alejandro VI, el Papa Borgia– dirimió así las diferencias que se estaban dando entre las dos naciones con clara vocación marítima.

Tras esperar un año empobrecido y al borde del colapso personal ante la indiferencia de la burocracia, finalmente sería llamado a capítulo por Carlos I de España. El emperador le nombraría adelantado –título muy codiciado en los predios de la exploración en aquellos tiempos–, por la Monarquía Hispánica. Para rematar, se le otorgó el titulo adicional de capitán general de la ‘Armada para el descubrimiento de la especería’. Casi nada…

Al servicio del rey de España
Ya al servicio de Carlos I, tal que un 22 de marzo de 1518, ambos, el marino soñador y el emperador de todas las cosas, se darían un apretón de manos. En el contrato figuraba que recibiría el título de capitán, una paga de 50.000 maravedís, y la concesión del quinto real y una veinteava parte de las rentas producidas en todas islas que descubriera. En el verano de 1519 los preparativos ya habían finalizado y las cinco naos cedidas por la Corona estaban prestas a zarpar desde el puerto de Sevilla,

Manuel I estaba muy bien informado por una tupida red de espías. Ordenó a su embajador Álvarez Costa para convencer a Magallanes y persuadirlo de su error alegando que era una ofensa flagrante contra su rey, pero al paciente y perseverante marino le habían salido canas en el trayecto. En los meses posteriores, llegarían noticias de que los portugueses planeaban asesinar a Magallanes para así boicotear su viaje. Para Portugal, la especiería era el secreto mejor guardado de la nación y la base de sus negocios con Europa. En caso de ser abordada una embarcación portuguesa, automáticamente se lastraban planos y bitácora y se arrojaban al mar.

Después de dos años de retrasos, boicot y palos en las ruedas del sueño del renunciante a su madre patria, aquel profesional de la lectura de las estrellas y los vientos iniciaría una de las gestas más grandes que la condición humana haya afrontado a lo largo de la historia.

En 1519 al mando de la expedición que descubriría el canal natural navegable tan ansiado por los marinos de la época, paso que actualmente recibe su nombre, el Estrecho de Magallanes, y no sin antes padecer un fuerte amotinamiento por parte de la tripulación (leer el maravilloso libro del malogrado Stefan Zweig, ‘Magallanes, el hombre y su gesta’), aparece en el horizonte del Océano Pacifico siendo él y sus hombres la única referencia en aquel inmenso vacío comprimido entre dos azules.

Aquel profesional de la lectura de las estrellas iniciaría una de las gestas más grandes que la condición humana haya afrontado en su historia

Magallanes estaba convencido de que en base a sus cálculos el archipiélago de las Molucas se hallaba en la zona de influencia española. Algo nada improbable pues en torno a ello y con las nuevas configuraciones cartográficas, había una enconada controversia en torno al Tratado de Tordesillas. Según el trazado del meridiano fantasma acordado en el tratado, este enorme centro de producción de especias debería corresponder a Castilla. Pero aquello estaba a punto de convertirse en un “casus belli”, por lo que se relajó la presión sobre este tema buscando otro tipo de compensaciones.

El rey Manuel de Portugal, que se subía por las paredes ante su metedura de pata, no cesaría en su empeño por darle un buen susto a Magallanes. Diego López de Sichera era su comandante en jefe en las Indias, y a él, le ordenaría enviar media docena de naves contra los exploradores españoles, pero quiso la fortuna que los turcos armaran un “pollo”en Adén, teniendo que acudir el comandante portugués a combatir a los del turbante, abandonando así la persecución de los intrépidos españoles.

La primera vuelta al mundo
Todos los intentos de torpedear aquella apuesta de osados no impedirían a estos audaces marinos culminar finalmente la primera vuelta al mundo, que se completaría en septiembre de 1523, tras recorrer más de 14.460 leguas (unos 70.000 km) yendo siempre de este a oeste. El día 8 de septiembre era lunes. Una ingente cantidad de público en medio de una algarabía atronadora miraba cómo 18 famélicos cuerpos bajaban al muelle en condiciones de deterioro flagrante. Rápidamente se les daría verduras cocidas y vino con miel en abundancia para recuperarse de aquella odisea vivida en el infierno. Magallanes había muerto en las Filipinas cerca de Mactán combatiendo a los nativos y el vasco Elcano se había hecho cargo de aquella heroica expedición.

Sebastián Elcano.
Sebastián Elcano.

Lo sucedido fue una empresa estrictamente castellana. Se intentó llegar a las Molucas por un camino diferente al portugués que contorneaba África a través del Cabo de Buena Esperanza, atravesando el Índico para llegar al sudeste asiático. Magallanes y Elcano lo consiguieron tras pérdidas humanas insoportables rubricando una de las hazañas más increíbles en la historia de la navegación.

¿Qué reclaman nuestros hermanos portugueses después de haber desahuciado a uno de los suyos? Por favor, un respeto.

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