La inteligencia de los otros

LECCIONES DE LA HISTORIA
MarcusCarol, en La Vanguardia

Cuesta de entender el alcance de la comisión de investigación del Parlament sobre la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que al menos ayer permitió la salida de los presos del procés del centro penitenciario de Lledoners para ver a sus familiares, antes y después de declarar en sede parlamentaria. El Estado respondió a las pocas horas de la declaración del 27-O con un mecanismo aprobado en la Constitución, que preveía la disolución del Parlament y la convocatoria de elecciones. Desconozco si tenía margen para otra respuesta menos dolorosa, pero no parece. El artículo 155, copiado de la Constitución alemana, resultaba disuasorio, pensado para que nunca se aplicase, porque no era de esperar una declaración unilateral de independencia, aunque no se llegara a publicar en el DOGC. Al menos, Mariano Rajoy intentó que se recuperara la normalidad en el menor tiempo posible, convocando elecciones de forma inmediata. Ni siquiera puso ningún obstáculo adicional para que la mayoría independentista sumara la mayoría de la Cámara. Tampoco los altos cargos catalanes se rebelaron cuando el secretario de Estado de Administraciones Territoriales, Roberto Bermúdez de Castro, pasó a coordinar la Generalitat. El alto cargo explicó su sorpresa al comprobar que todo el personal cumplía las instrucciones de manera impecable y mostraban afabilidad en el trato, si bien después hacían declaraciones en medios de comunicación destacando su ­resistencia a la represión estatal.

Es posible que todo fuera un acto de desobediencia, que está lejos de la rebelión que pidió el juez instructor y de la sedición que sentenció la Sala 2 de lo Penal del Tribunal Supremo. De haberse aplicado este criterio, todo habría sido menos traumático. Ver a políticos encarcelados compareciendo por un día ante la comisión de investigación resultó un tanto desconcertante, sobre todo porque nadie manifestó que aquella jornada del 27-O fue un error. Al menos, habrá que reconocer a Raül Romeva, Joaquim Forn y Josep Rull que dijeran en algún momento de su intervención que las cosas se podían haber hecho ­mejor. Seguramente tenía razón Aldous Huxley cuando escribió que “quizás la más grande ­lección de la historia es que nadie aprende las ­lecciones de la historia”.

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