Las Españas, de nuevo en la encrucijada

Joan Romero, Catedrático de Universidad y ex-secretario general de PSPV.  El Levante-EMV, 16.10.2017 | 00:14

La celebración de la llamada Fiesta Nacional del pasado 12 de octubre transmitía una extraña sensación de aparente normalidad. Los allí congregados se esforzaban por evidenciar que estaban todos juntos, que representaban a toda España. Pero ellos saben bien que en parte estaban teatralizando un ejercicio de soberanía incompleta. Porque no estaban todos. Faltaban los representantes de otras expresiones culturales y políticas que también son España. Que conforman las Españas que aun siendo distintas tal vez podrían seguir caminando juntas. Hemos regresado al principio. Al gran debate entre las distintas visiones que existen sobre España, sobre sus naciones y sobre cómo articular un Estado compuesto que habilite espacios de respeto, reconocimiento y convivencia y que permita salir de la profunda crisis de Estado en la que estamos inmersos.

Muy alejado de las distintas expresiones nacionalistas que en España existen (la mayoritaria reunida en el Palacio Real y las de las naciones internas ausentes), quiero insistir de nuevo en esta idea por entender que en esta cuestión, históricamente relevante, siempre hemos estado en el mismo punto: una tensión derivada de reconocer solo la existencia de un Estado-nación (con algunos hechos diferenciales regionales) y no la existencia de naciones dentro de un Estado. Y para sostener esta afirmación basta con querer aproximarse a nuestra historia sin prevenciones ni prejuicios.

Las causas que explican el fracaso relativo de construcción de un Estado-nación en España y la pervivencia del “problema de las Españas”, del que hablaba Bosch-Gimpera en los años cincuenta del siglo XX, vienen de lejos. No hay nada nuevo sobre nuestro desajuste secular entre Estado y nación que no haya estado dicho hace décadas. En un texto escrito en 1973, decía el profesor Juan Linz: “Para la mayoría de los españoles, España es un Estado-nación que suscita en ellos un sentimiento de solidaridad que no produce en ellos ninguna otra afiliación grupal; que para importantes minorías ha sido, y seguramente seguirá siendo, sólo un Estado cuya autoridad reconocen en su comportamiento, atribuyéndole más o menos legitimidad dependiendo de sus actitudes hacia los regímenes que ejercen el poder dentro de las fronteras españolas, y la capacidad coercitiva de dichos regímenes. Para estas minorías, España es su Estado pero no su nación y, por lo tanto, no es un Estado-nación. Puede que esas minorías que se identifican con una nación catalana o, especialmente vasca, sean pequeñas, pero demuestran el fracaso de España y sus elites a la hora de construir una nación, sea cual sea el grado de éxito en la construcción del Estado”.

En 1975 Linz publicó otro importante texto en el que incluyó un apartado con un epígrafe bien significativo: “Un Estado, tres naciones, cuatro lenguas”. Años más tarde, ya en 1980, desarrollaba dos ideas sobre los retos fundamentales a los que se enfrentaba el joven Estado democrático: “Uno, el paso de un régimen autoritario a la democracia, el otro, de un Estado centralizado que no reconocía la diversidad de sus pueblos a uno multilingüe y multinacional, además de descentralizado. El paso a la democracia ya había tenido una larga y accidentada historia y los españoles tienen una idea más o menos clara de lo que significa. El otro cambio es mucho más difícil de entender, está mucho más lejos de la conciencia de los españoles, fuera de las regiones periféricas, y en el fondo representa una ruptura mucho mayor con el pasado, no solo del franquismo”. Concluía el texto con otra afirmación que sigue vigente. “A la vista de las comparaciones internacionales que hemos hecho y de los datos sobre la estructura social, lingüística y económica y la expresión política de las diferencias nacionales y regionales en España, podemos decir que es probablemente el caso más difícil entre las democracias occidentales a la hora de encontrar soluciones satisfactorias permanentes. En ningún país democrático occidental el problema tiene tanta importancia y complejidad y se ha planteado con tanta urgencia como en la nueva democracia española”.

Cuarenta años después, todo esto es lo que seguía presente (y ausente) en la celebración de la llamada Fiesta Nacional del pasado 12 de octubre. Sin resolver. Es la España inacabada de la que hace diez años yo escribía esperanzado en que tal vez no llegaría a ver políticamente bloqueada. Sigue siendo el problema fundamental de la democracia española. Muchos sostenemos que no ha sido la Constitución, sino la práctica política la que ha cerrado los caminos a la posibilidad de haber dado sentido a otra idea más afectiva de entender la España plurinacional en vez de persistir en el obsesivo, a la vez que fracasado, intento de construir un Estado-nación imposible. Porque fue la política, no nos desviemos en análisis coyunturales, la que desbarató el pacto acordado para Cataluña y nos ha traído hasta aquí. Un recurso político y una sentencia política en 2010 han conducido al actual bloqueo. Porque aquella sentencia venía a decir que lo acordado por las Cortes Generales y por el Parlamento de Cataluña, posteriormente refrendado por los ciudadanos, no cabía en la Constitución de 1978. Aquí no es posible equidistancia alguna.

Cuesta mucho hacer entender a la nación mayoritaria, instalada en su nacionalismo banal y cotidiano, que también otras identidades nacionales no solo existen, también en el siglo XXI, sino que resisten porque cuentan con una amplia base social que da sentido a la clásica definición de nación de Renan de “plebiscito cotidiano”. El nacionalismo español, el excluyente, nunca ha entendido esta cuestión. Los Estados creen que tienen el reloj, pero las naciones tienen el tiempo. En Cataluña y en el País Vasco, con oscilaciones más o menos significativas, una parte de los ciudadanos que allí viven prefieren utilizar el término nación para referirse a su comunidad, se sienten más catalanes o vascos que españoles —cuando no únicamente catalanes o vascos— y aspiran a conseguir un reconocimiento de nación independiente para su comunidad. Aunque se trate sólo de una parte de la sociedad. Este avance de los sentimientos identitarios (o de repliegue) en naciones internas tiene además otras causas bien conocidas: impacto negativo de los procesos de globalización en muchas regiones económicas europeas, consecuencias sociales de la recesión y rechazo a las políticas públicas de austeridad y de recortes sociales. Estos sentimientos no remitirán, y eludirlo, negarlo o combatirlo, de nada servirá. Pero la existencia de esas naciones no necesariamente ha de traducirse en su trasformación en Estado, sino que pueden encontrarse formas que contribuyan a que esas naciones puedan estar en un tipo de Estado que les proporcione el «techo» del que hablaba Linz.

Sigo pensando que la vía de la secesión es imposible. Dejando a un lado consideraciones geopolíticas que no son menores, no es tan seguro que cuente con mayorías cualificadas y puede acarrear fracturas de imprevisibles consecuencias. Resulta imprescindible un pacto político que haga posible la integración y la habilitación de las naciones minoritarias en un proyecto colectivo. Explorando todas las vías posibles para el pacto con la reforma constitucional y la posibilidad de consultas como elemento central (porque la vía escocesa es mejor que la vía yugoslava o la cronificación del conflicto político). Descartando cualquier tentación de aplicación del artículo 155, porque vencerán pero a costa de dejar una sensación de humillación y un poso de resentimiento que persistirá durante décadas. Es necesario culminar el largo ciclo histórico que nos lleva desde de las “Españas vencidas” de las que hablaba Ernest Lluch, al proceso interrumpido en la Segunda República, a la solución aplazada en la Transición, hasta el crítico momento actual. Es tiempo de consensuar respuestas políticas para la España plurinacional del siglo XXI. Si todavía es posible.

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