Mundos conectados

José Manuel Hesle 04/05/2017

Los abundantes relatos publicados por los judíos que lograron sobrevivir al Holocausto, hacen referencia a una figura de especial interés en aquellas terribles circunstancias. Hacinados y sin apenas espacio para respirar, sin más agua que la lluvia que se filtra por las grietas del techo y sin alimentos, miles de condenados cruzan Europa en los trenes de la muerte con destino a los campos de exterminio. Muchos perecen en el trayecto por la sed, el hambre, la asfixia, el agotamiento o la enfermedad. Los vagones, en los que se amontonan ancianos, mujeres y niños, disponen de unos reducidos respiraderos en la parte superior que, además de hacer más leve el hedor nauseabundo que provoca la carencia de higiene, permiten conocer si es de día o de noche. Detalle que para aquellos desdichados tiene una enorme importancia. Coinciden en señalar, quienes recuerdan semejante calvario, como en cada vagón se elige a una persona para subirla hasta el ventanuco y que desde allí cuente lo que divisa. Los oteadores, encaramados a los deteriorados cuerpos de sus compañeros, intentan describir lo mejor que saben todo cuanto sucede fuera. El lugar en que se paran, por donde pasan y las gentes que ven. Refieren estos cronistas que no todos los elegidos sirven para la tarea, por lo que se ven obligados a cambiarlos con frecuencia. Cuentan que algunos de los oteadores, cuando distinguen la luz del sol o de la luna o escuchan los ladridos de un perro o el rumor de un arroyo bajo los raíles, se quedan sin fuerzas para hablar. Otros intentan pronunciar alguna palabra y, al instante, rompen a llorar. Los hay que, incapaces de soportar la tensión, abandonan su cometido pensando que es preferible negar la existencia de una realidad diferente a la que padecen y de la que, entienden, resulta inútil escapar. Sin embargo, unos pocos logran adquirir la destreza suficiente a costa de doblegar sus emociones. Pero solo consiguen el reconocimiento del colectivo quienes aciertan a describir un mundo real, libre del horror, y con cierta capacidad para comprender que cuantos permanecen prisioneros en aquellas mugrientas jaulas rodantes también son humanos. Lo que les induce a confiar en que el injusto cautiverio podría tener un pronto final.

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