No sólo de graffitis se nutre el street art

Julio Anaya lleva el arte de Monet, Gauguin, Vermeer y otros pintores conocidos a las calles.
Publicado por Laura Gómez Ruiz, en La Vanguardia, el 01/04/2019

No sólo de graffitis se nutre el street art. Esto es algo que Julio Anaya
tiene muy claro. Graduado en Bellas Artes, este joven de 31 años ha
sorprendido en Instagram con las obras de arte efímeras que
plasma en diferentes lugares abandonados. Monets, Gauguins,
Vermeers… “Cuadros que cualquier persona, aunque no esté muy
metida en el mundo de arte, podría reconocer”, explica el artista a La Vanguardia.

Su objetivo es transformar espacios desangelados en auténticas salas de museo. Una iniciativa ambiciosa, pero que cumple con creces, pese a que sea consciente de que, probablemente, algunas de sus pinturas “nunca lleguen a ser vistas por nadie”. “En parte, es ahí donde reside la magia”, reconoce, pues “aunque solo la naturaleza sea testigo de ellas, ya cumplen su función”. Sean o no observadas, Anaya les dibuja su marco a todas ellas, creando así un efecto visual digno de especialista.

Suelo visitar estos lugares con un amigo que pinta graffiti. Soy un artista de estudio y no conozco muchos lugares; Fue mi amigo quien un día me dijo: ‘Oye, pintemos la calle’. Y dije, ‘¡Ok!’ Mi estudio es ahora la calle”. Una vez los hace suyos, el malagueño nunca desvela sus rincones secretos. “Dejo que la gente los busque. Algunos son fácilmente reconocibles, al menos para los lugareños. Otros tienes que romperte bastante el coco para encontrarlos”. Pero no es la primera vez que otros artistas callejeros descubren su escondite y dibujan sobre sus peculiares cuadros. No es algo que le enfade, pese a que le lleve un mínimo de cinco horas crearlas. La más compleja hasta la fecha le ha tenido retenido una semana.

“Entra dentro del juego del street art. Hoy puedes ver algo precioso en un muro y, cuando vayas mañana a observarlo de nuevo, que haya desaparecido. Es entonces cuando aprendes a valorar el arte, a comprender que puede ser efímero. Te nutres de él, por si cuando vuelvas ya no está. Disfrutas del momento y te obligas a tener un poco de calma”.

Lo que empezó como un hobby ha acabado abriéndole las puertas al mundo. Acaba de volver de Canadá, donde ha presentado una exposición individual. Pero en su lista también aparecen lugares tan variopintos como Escocia, Italia, Portugal, Suiza, Ámsterdam o Miami. “No puedo negar que gracias a Instagram he podido dar a conocer mi trabajo. Las redes son muy importantes, y una gran plataforma, tanto para profesionales como para artistas amateurs”.

Cuenta Anaya que más de uno le ha echado el ojo a sus obras. “Estoy muy contento con la aceptación que han tenido. Tengo incluso lista de espera, lo que todavía hoy no deja de sorprenderme”. De hecho, eran tantos los interesados en comprar su trabajo, que Julio meditó como podía hacer para responder a sus peticiones. “Quería que las pinturas tuvieran la misma esencia, así que empecé a recoger algunos cartones que estaban tirados por el suelo de muchos de los lugares donde iba a pintar. Luego iba a mi estudio y, después de desinfectarlos, los trataba y empezaba a pintarlos.

Una vez acabados, los expone en sus redes sociales, donde rápidamente encuentra interesados, que están dispuestos a pagar unos precios que oscilan entre los 500 y los 1.500 euros. Algo que no resulta extraño, pues no hay publicación que haga a la que no le lluevan los halagos.

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