OPINIÓN DEL EDITOR DEL 17/05/2020

En Francia y en España menos del 5% de la población ha estado infectada, o contaminada por el virus, lo que nos sitúa a ambos países lejos de aquel 60% del que hablan los epidemiólogos donde se supone que se alcanza la inmunidad colectiva. La confianza generada por la apertura en el cerco normativo del confinamiento ha hecho salir poco menos que de estampida a muchos conciudadanos. Debería ser un recordatorio del viejo refrán castellano de que el miedo guarda la viña. ¿Cuanto tiempo vive este virus? No lo sabemos. ¿La pandemia va a continuar durante el verano? No lo sabemos. ¿Cuánto tardaremos en encontrar una vacuna aplicable al conjunto de las personas? Lo desconocemos. ¿Garantizan los fármacos aplicados hasta ahora y las curaciones de los infectados, la inmunización a ellos y por tanto aleja el riesgo de contagio por su parte? Lo ignoramos. Está claro que ha desaparecido la seguridad personal y la colectiva en este resbaladizo tiempo de pandemia. Lo que sabemos es que hay que mantener la higiene de manos, la distancia de seguridad de metro y medio o dos metros, alimentarnos de fruta, verdura, legumbres y alimentos ligeros, el ejercicio, evitar lugares masificados y cerrados. O sea, sabiduría de sentido común. Resulta inane, cuando no malvado, el esfuerzo de dirigentes políticos y empresariales en querer ignorar lo obvio para retomar el funcionamiento de la economía. Es elevado el riesgo de pasar de una recesión a una depresión económica, que justamente es lo que puede ocurrir con una caída de 10 puntos del PIB español. Pero la ignorancia de los riesgos de la infección y de sus consecuencias al actuar como si aquí no hubiera pasado nada son mucho más graves y elevados. Por eso, y no por las banderas españolas utilizadas como arma arrojadiza, son muy peligrosas las salidas desaforadas de niños bien y personas con medios y residiendo en barrios ricos, alentados por diputados que pueden irse a lugares seguros, o que, como el príncipe de la oscuridad se fueron a Marbella y desde allí aplauden a los tontos que se dejan engañar de nuevo. Un poema de Fernando Pessoa señala el camino:

De todo quedaron tres cosas: la certeza de que estaba siempre comenzando; la certeza de que había que seguir y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar. 

Hacer de la interrupción un camino nuevo,
del miedo una escalera,
del sueño una puerta,
de la búsqueda un encuentro.

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