Venta de esclavos a las puertas de Europa: del secreto a voces a la indignación internacional

Fuente: El Pais

Las imágenes difundidas por la CNN sobre la subasta de personas de origen subsahariano en Libia han desatado la condena de gobiernos africanos y protestas en señal de repulsa

 Las ONG llevan tiempo documentando esta práctica y otros abusos que sufren los migrantes en Libia, uno de los socios de la UE en el control de fronteras

 “Cuando vi las imágenes sentí que mi cuerpo se derrumbaba””, dice Aliou, que estuvo detenido en Libia durante seis meses y ha protestado en Madrid contra la venta de personas en el país

Imagen de archivo: un grupo de migrantes esperan en un centro de internamiento de la ciudad de Misrata, Libia. EFE

“Cuando vi las imágenes sentí que mi cuerpo se derrumbaba”. Estas palabras salen de la boca de Aliou, un joven de Guinea Conakry que llegó a España hace cinco meses tras viajar, durante dos años, por diferentes países africanos, incluido Libia. Allí sobrevivió a seis meses de torturas, maltratos y todo tipo de vejaciones.

Las imágenes a las que Aliou se refiere son las publicadas en un reportaje de la cadena estadounidense CNN que muestra la venta de personas de origen subsahariano que llegan hasta Libia, un país con el que la Unión Europea (UE) mantiene acuerdos para frenar los flujos de migrantes y refugiados. El reportaje ha desatado la indignación de varios dirigentes africanos y una ola de protestas en todo el continente que han exigido que se ponga fin a la esclavitud de personas en Libia.

En el vídeo aparecen jóvenes africanos que se colocan en una fila mientras se escucha la voz de un hombre que lidera una subasta que arranca en 800 y cierra el negocio en 1100 dinares libios, unos 800 dólares. No se puja por muebles, obras de arte o cualquier otro producto, sino por seres humanos.

A las críticas también se sumó la ONU. El secretario general, António Guterres se declaró “horrorizado” tras la emisión del reportaje y han exigido una investigación urgente. Poco antes, el Alto comisionado para los derechos humanos había calificado de “inhumana” la cooperación de la UE con la guardia costera libia, que incluye una dotación de  130,8 millones de euros.


Captura del reportaje de la CNN sobre la venta de esclavos en Libia.

Pero no es la primera vez que las denuncias sobre el cruel mercado de esclavos en el país norteafricano saltan a la esfera pública. Numerosas ONG vienen alertando de esta situación, así como del tráfico y la trata de seres humanos.

El pasado mes de abril, la Organización Mundial de Inmigración (OIM)  sacó a la luz un recopilatorio de testimonios de personas de origen subsahariano que habían conseguido escapar de esta práctica inhumana y convertirse en supervivientes de la esclavitud en pleno siglo XXI. Sin embargo, en esta ocasión, el escándalo ha tenido un mayor impacto al tratarse de un material gráfico que ha corrido como la pólvora por Internet y ha empujado a las autoridades libias a iniciar una investigación sobre estas subastas de seres humanos.

África se levanta para condenar la venta de esclavos

“Es nuestra responsabilidad colectiva detener estos crímenes”, señaló Guterres ante el Consejo de Seguridad. A su vez, la alta representante de la Unión Europea (UE) para la Política Exterior, Federica Mogherini, y el presidente de la Unión Africana, Alpha Condé, condenaron el trato “inhumano” y la “esclavización” de migrantes en Libia, y pidieron el “fin inmediato a estas prácticas y otros actos criminales de tráfico de seres humanos”, según se informó en un comunicado.

La indignación ha calado hondo en África, donde Gobiernos como el de Burkina Faso, Malí y Níger han mostrado su repulsa y han pedido a la comunidad internacional que intervenga. Otros, como el de Camerún o Costa de Marfil, han repatriado a los conciudadanos que se encontraban en Libia. Las autoridades de Ruanda también han ofrecido apoyo logístico para los migrantes ruandeses que deseen regresar y han asegurado que están “preparadas” para acoger a más de 30.000 personas de diferentes países africanos atrapadas en Libia.

Los gestos de condena  han llegado a los estadios de fútbol. Jugadores como Paul Pogba del Manchester United y Cheick Doukouré, del Levante, celebraron sus goles con los brazos unidos simulando tener las manos encadenadas. Al finalizar el partido del domingo ante el Espanyol, el centrocampista del Valencia, Geoffrey Kondogbia, lució una camiseta en la que se podía leer “Fuera del fútbol, no estoy en venta”.

La movilización ciudadana también ha mostrado su repulsa al trato inhumano cometido en Libia. Desde que salieran a la luz las imágenes, se han celebrado protestas frente a las embajadas libias en ciudades como Conakry, Bamako o París, donde cientos de personas salieron a la calle bajo el lema ‘Non à l’esclavage’ [no a la esclavitud] en una manifestación que los oficiales de la policía francesa disolvieron con gas lacrimógeno.

El eco de estas protestas ha resonado en Madrid. Aliou participó en la primera concentración contra el mercado de esclavos, frente a la embajada Libia en la capital. Este domingo volverá a acudir al mismo lugar a las cuatro de la tarde para mostrar su repulsa. “La esclavitud no puede repetirse, tiene que ser algo del pasado”, argumenta en una conversación con eldiario.es.

El joven de 17 años quiere, dice, que acciones como esta congreguen cada vez a más personas y sirvan para que la Unión Africana y otras instituciones actúen. “Los que ya llegamos a Europa hemos sufrido antes todo tipo de maltrato, pero hay que luchar para que liberen a nuestros hermanos que están allí (en Libia)”, explica.

“En Malí nos vendieron por 50 euros”

El periplo de Aliou, que repasa con una voz tímida y un ritmo pausado, tuvo como punto de partida Guinea Conakry, su país natal, cuando tenía 15 años. Tras fallecer su padre, exiliarse su hermano y no dilucidar futuro debido a las disputas étnicas entre malinkes y susus, Aliou salió con la intención de llegar algún día a España, lugar que tenía de referencia por su pasión por el fútbol.

“Al principio pensaba que llegar a Europa sería fácil”, confiesa. Esta idea se esfumó pronto. Bastó con cruzar a Malí. “Ahí comenzaron a vendernos”, narra sin levantar la mirada de un punto fijo. “Los rebeldes en Malí nos separan en función de nuestro origen y nos venden por unos 50 euros”, apunta. Entonces, dice, comenzó la extorsión a sus familiares. “Los compradores se dedican a torturarnos y a llamar a nuestras familias para pedir el rescate por 250 euros por persona. Hasta que tu familia no consigue el dinero, te torturan, te encierran, casi no te dan de comer”.

Tres meses después pudo huir tras pagar la cuantía exigida. Viajó a Argelia donde pasó cinco meses en la capital hasta que, con el fin de llegar a Libia, se adentró el desierto del Sáhara, una de las etapas más mortíferas y peligrosas en las rutas migratorias desde África hasta Europa. “La gente no sabe lo difícil que es sobrevivir al desierto, por eso se acercan rebeldes libios en unos carros para recogernos. Si no te recogen no puedes sobrevivir”, relata.

De esta manera alcanzó Trípoli, donde fue vendido a un grupo de traficantes para cruzar el Mediterráneo, según su testimonio. Sin embargo, la guardia costera libia impidió que el bote saliera a navegar. El mar tuvo que esperar. “Fue entonces cuando nos llevaron a un lugar donde nos torturaban. Me dieron golpes en los brazos y en las manos hasta dejarme inmóvil”. Casi 20.000 personas estaban detenidas en centros bajo libios a principios de noviembre, frente a las 7.000 registradas a mediados de septiembre, según el Departamento libio de Lucha contra la Inmigración Ilegal.


AI denuncia el “estremecedor” abuso de refugiados y migrantes en Libia EFE

De nuevo, y coincidiendo con otros testimonios recopilados por ONG, los traficantes pidieron dinero a sus familiares. Un allegado de Aliou pagó 1.000 euros por su libertad, una deuda que aún le pesa y ha de pagar, pero que en aquel entonces le permitió abandonar Libia para regresar a Argelia. “Durante ese tiempo, nunca dormimos en una casa, siempre en la calle o en edificios abandonados, o en edificios a medio hacer donde trabajábamos en la obra. El trato era horrible, en una ocasión la policía quemó todas mis cosas”, recuerda.

Finalmente llegó a Marruecos donde, después de muchos meses, un caluroso día de verano y Ramadán, da con un traficante que le permite subir en una patera por una cantidad inferior a la habitual. Es así como cruza el Mar de Alborán y llega a Almería. A pesar de ser consciente del peligro, Aliou no sintió miedo. “He sufrido demasiado como para tener miedo”, admite con templanza y dolor a partes iguales.

Ahora, el joven vive en uno de los 11 pisos de acogida que la Fundación la Mercé Migraciones tiene en Madrid. La entidad le brinda apoyo en los trámites burocráticos para que pueda regularizar su situación. Mientras, Aliou trata de reanudar su vida e intenta curar sus heridas refugiándose en la música. Y este domingo volverá a protestar por la libertad de las personas que están atrapadas, como él lo estuvo, en Libia y para exigir que la venta de esclavos sea, dice, “cosa del pasado”.

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Venta de esclavos a las puertas de Europa: del secreto a voces a la indignación internacional

 Las imágenes difundidas por la CNN sobre la subasta de personas de origen subsahariano en Libia han desatado la condena de Gobiernos africanos y protestas en señal de repulsa

 Las ONG llevan tiempo documentando esta práctica y otros abusos que sufren los migrantes en Libia, uno de los socios de la UE en el control de fronteras

 “Cuando vi las imágenes sentí que mi cuerpo se derrumbaba””, dice Aliou, que estuvo detenido en Libia durante seis meses y ha protestado en Madrid contra la venta de personas en el país

Imagen de archivo: un grupo de migrantes esperan en un centro de internamiento de la ciudad de Misrata, Libia. EFE

“Cuando vi las imágenes sentí que mi cuerpo se derrumbaba”. Estas palabras salen de la boca de Aliou, un joven de Guinea Conakry que llegó a España hace cinco meses tras viajar, durante dos años, por diferentes países africanos, incluido Libia. Allí sobrevivió a seis meses de torturas, maltratos y todo tipo de vejaciones.

Las imágenes a las que Aliou se refiere son las publicadas en un reportaje de la cadena estadounidense CNN que muestra la venta de personas de origen subsahariano que llegan hasta Libia, un país con el que la Unión Europea (UE) mantiene acuerdos para frenar los flujos de migrantes y refugiados. El reportaje ha desatado la indignación de varios dirigentes africanos y una ola de protestas en todo el continente que han exigido que se ponga fin a la esclavitud de personas en Libia.

En el vídeo aparecen jóvenes africanos que se colocan en una fila mientras se escucha la voz de un hombre que lidera una subasta que arranca en 800 y cierra el negocio en 1100 dinares libios, unos 800 dólares. No se puja por muebles, obras de arte o cualquier otro producto, sino por seres humanos.

A las críticas también se sumó la ONU. El secretario general, António Guterres se declaró “horrorizado” tras la emisión del reportaje y han exigido una investigación urgente. Poco antes, el Alto comisionado para los derechos humanos había calificado de “inhumana” la cooperación de la UE con la guardia costera libia, que incluye una dotación de  130,8 millones de euros.

Captura del reportaje de la CNN sobre la venta de esclavos en Libia.

Pero no es la primera vez que las denuncias sobre el cruel mercado de esclavos en el país norteafricano saltan a la esfera pública. Numerosas ONG vienen alertando de esta situación, así como del tráfico y la trata de seres humanos.

El pasado mes de abril, la Organización Mundial de Inmigración (OIM)  sacó a la luz un recopilatorio de testimonios de personas de origen subsahariano que habían conseguido escapar de esta práctica inhumana y convertirse en supervivientes de la esclavitud en pleno siglo XXI. Sin embargo, en esta ocasión, el escándalo ha tenido un mayor impacto al tratarse de un material gráfico que ha corrido como la pólvora por Internet y ha empujado a las autoridades libias a iniciar una investigación sobre estas subastas de seres humanos.

África se levanta para condenar la venta de esclavos

“Es nuestra responsabilidad colectiva detener estos crímenes”, señaló Guterres ante el Consejo de Seguridad. A su vez, la alta representante de la Unión Europea (UE) para la Política Exterior, Federica Mogherini, y el presidente de la Unión Africana, Alpha Condé, condenaron el trato “inhumano” y la “esclavización” de migrantes en Libia, y pidieron el “fin inmediato a estas prácticas y otros actos criminales de tráfico de seres humanos”, según se informó en un comunicado.

La indignación ha calado hondo en África, donde Gobiernos como el de Burkina Faso, Malí y Níger han mostrado su repulsa y han pedido a la comunidad internacional que intervenga. Otros, como el de Camerún o Costa de Marfil, han repatriado a los conciudadanos que se encontraban en Libia. Las autoridades de Ruanda también han ofrecido apoyo logístico para los migrantes que deseen regresar y han asegurado que están “preparadas” para acoger a más de 30.000 personas de diferentes países africanos en Libia.

Los gestos de condena  han llegado a los estadios de fútbol. Jugadores como Paul Pogba del Manchester United y Cheick Doukouré, del Levante, celebraron sus goles con los brazos unidos simulando tener las manos encadenadas. Al finalizar el partido del domingo ante el Espanyol, el centrocampista del Valencia, Geoffrey Kondogbia, lució una camiseta en la que se podía leer “Fuera del fútbol, no estoy en venta”.

La movilización ciudadana también ha mostrado su repulsa al trato inhumano cometido en Libia. Desde que salieran a la luz las imágenes, se han celebrado protestas frente a las embajadas libias en ciudades como Conakry, Bamako o París, donde cientos de personas salieron a la calle bajo el lema ‘Non à l’esclavage’ [no a la esclavitud] en una manifestación que los oficiales de la policía francesa disolvieron con gas lacrimógeno.

El eco de estas protestas ha resonado en Madrid. Aliou participó en la primera concentración contra el mercado de esclavos, frente a la embajada Libia en la capital. Este domingo volverá a acudir al mismo lugar a las cuatro de la tarde para mostrar su repulsa. “La esclavitud no puede repetirse, tiene que ser algo del pasado”, argumenta en una conversación con eldiario.es.

El joven de 17 años quiere, dice, que acciones como esta congreguen cada vez a más personas y sirvan para que la Unión Africana y otras instituciones actúen. “Los que ya llegamos a Europa hemos sufrido antes todo tipo de maltrato, pero hay que luchar para que liberen a nuestros hermanos que están allí (en Libia)”, explica.

“En Malí nos vendieron por 50 euros”

El periplo de Aliou, que repasa con una voz tímida y un ritmo pausado, tuvo como punto de partida Guinea Conakry, su país natal, cuando tenía 15 años. Tras fallecer su padre, exiliarse su hermano y no dilucidar futuro debido a las disputas étnicas entre malinkes y susus, Aliou salió con la intención de llegar algún día a España, lugar que tenía de referencia por su pasión por el fútbol.

“Al principio pensaba que llegar a Europa sería fácil”, confiesa. Esta idea se esfumó pronto. Bastó con cruzar a Malí. “Ahí comenzaron a vendernos”, narra sin levantar la mirada de un punto fijo. “Los rebeldes en Malí nos separan en función de nuestro origen y nos venden por unos 50 euros”, apunta. Entonces, dice, comenzó la extorsión a sus familiares. “Los compradores se dedican a torturarnos y a llamar a nuestras familias para pedir el rescate por 250 euros por persona. Hasta que tu familia no consigue el dinero, te torturan, te encierran, casi no te dan de comer”.

Tres meses después pudo huir tras pagar la cuantía exigida. Viajó a Argelia donde pasó cinco meses en la capital hasta que, con el fin de llegar a Libia, se adentró el desierto del Sáhara, una de las etapas más mortíferas y peligrosas en las rutas migratorias desde África hasta Europa. “La gente no sabe lo difícil que es sobrevivir al desierto, por eso se acercan rebeldes libios en unos carros para recogernos. Si no te recogen no puedes sobrevivir”, relata.

De esta manera alcanzó Trípoli, donde fue vendido a un grupo de traficantes para cruzar el Mediterráneo, según su testimonio. Sin embargo, la guardia costera libia impidió que el bote saliera a navegar. El mar tuvo que esperar. “Fue entonces cuando nos llevaron a un lugar donde nos torturaban. Me dieron golpes en los brazos y en las manos hasta dejarme inmóvil”. Casi 20.000 personas estaban detenidas en centros bajo libios a principios de noviembre, frente a las 7.000 registradas a mediados de septiembre, según el Departamento libio de Lucha contra la Inmigración Ilegal.

AI denuncia el “estremecedor” abuso de refugiados y migrantes en Libia EFE

De nuevo, y coincidiendo con otros testimonios recopilados por ONG, los traficantes pidieron dinero a sus familiares. Un allegado de Aliou pagó 1.000 euros por su libertad, una deuda que aún le pesa y ha de pagar, pero que en aquel entonces le permitió abandonar Libia para regresar a Argelia. “Durante ese tiempo, nunca dormimos en una casa, siempre en la calle o en edificios abandonados, o en edificios a medio hacer donde trabajábamos en la obra. El trato era horrible, en una ocasión la policía quemó todas mis cosas”, recuerda.

Finalmente llegó a Marruecos donde, después de muchos meses, un caluroso día de verano y Ramadán, da con un traficante que le permite subir en una patera por una cantidad inferior a la habitual. Es así como cruza el Mar de Alborán y llega a Almería. A pesar de ser consciente del peligro, Aliou no sintió miedo. “He sufrido demasiado como para tener miedo”, admite con templanza y dolor a partes iguales.

Ahora, el joven vive en uno de los 11 pisos de acogida que la Fundación la Mercé Migraciones tiene en Madrid. La entidad le brinda apoyo en los trámites burocráticos para que pueda regularizar su situación. Mientras, Aliou trata de reanudar su vida e intenta curar sus heridas refugiándose en la música. Y este domingo volverá a protestar por la libertad de las personas que están atrapadas, como él lo estuvo, en Libia y para exigir que la venta de esclavos sea, dice, “cosa del pasado

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Por un contrato (social) indefinido

 

El pais

 

Las políticas de austeridad han roto la conexión entre crecimiento económico y progreso social. El economista Antón Costas propone cinco modos de restaurarla

Protesta a favor de la sanidad pública, en Madrid en 2013.Ampliar foto
Protesta a favor de la sanidad pública, en Madrid en 2013. LUIS SEVILLANO

Vivimos tiempos de incertidumbre. Algunos de los principales elementos que dieron seguridad y sentido de pertenencia a las generaciones anteriores hoy hacen aguas sin haber sido sustituidas por nuevas certezas. Esto ha fracturado nuestras sociedades y las ha sumido en la ansiedad y la agitación. En España, a esta crisis generalizada se le suma la incapacidad escandalosa de las élites tradicionales y la ausencia, digámoslo claramente, de una estrategia como país para las próximas décadas

Esta estrategia sólo saldrá de una conversación que necesariamente tendrá que darse entre diferentes. Por eso, quizás incluso para su sorpresa, me ha resultado tan provechosa la lectura -casi me atrevería a decir estudio- del libro de Antón Costas. Costas, catedrático de Política Económica en la Universidad de Barcelona, ha escrito un libro para explicar las causas de la situación social actual en España y sobre todo para ofrecer ideas concretas sobre cuáles deberían ser los ejes de un modelo social y económico sólido y de futuro. En un momento de inflación del ruido, se agradecen ensayos ágiles y rigurosos como éste. Costas combina un estilo profesoral, muy didáctico, con consejos y recomendaciones de un gestor con amplia experiencia.

El libro sitúa bien el problema central de nuestra época: se ha roto el contrato social que otorgaba derechos y deberes, hacía previsible el futuro y proveía de un marco de seguridad a las mayorías sociales que no nacían en cuna privilegiada. El hecho más relevante y de más calado social y político de esa ruptura es el aumento lacerante de la desigualdad, que lastra nuestra economía y corroe las bases de la democracia. Como bien explica Costas, por primera vez en décadas se ha roto la conexión entre crecimiento económico y progreso social, y este vínculo sólo podrá ser recompuesto por una política económica decidida y de largo aliento que se fije, en términos del autor, dos prioridades: “evitar que se consolide un elevado grupo de ciudadanos que queden permanentemente en la cuneta del paro o del empleo ocasional y aumentar la renta disponible de los hogares”. Esa política económica, de momento, está completamente ausente del proyecto del Gobierno y sus socios parlamentarios, que parecen asumir un escenario de fragmentación social y de crecimiento macroeconómico sin recuperación social -y por tanto un crecimiento de patas cortas, que puede volver a meternos en el callejón sin salida de intentar paliar con el crédito fácil lo que los salarios no resisten. La crisis española es en primer lugar una crisis de distribución de renta y, en segundo lugar, de modelo productivo.

Por un contrato (social) indefinido

Para pensar otro modelo de crecimiento, Costas parte de la crítica a las improvisaciones y ocurrencias de corto plazo que caracterizaron la gestión de la crisis en España. Errores derivados de lo que el autor denomina “síndrome de Berlín”, por el cual la mayoría de las élites económicas, políticas e intelectuales de nuestro país compró una explicación fanática, moralizante y -por qué no decirlo- sutilmente racista, que contra toda evidencia empírica y económica, dibujó la mal llamada austeridad como una justa penitencia para los derrochadores y vividores países del sur. Si algo se le puede reprochar a nuestras viejas élites es la escasa confianza y estima en su propio país y su vergonzante prisa en correr a ponerse al servicio de políticas erróneas, fanáticas e interesadas, que han dejado una profunda herida política y social en España.

De entre los cinco grandes retos para una estrategia de desarrollo consistente que el autor señala en la segunda parte del libro, me interesa destacar en particular dos aspectos, que además discute específicamente con las ideas tradicionales de la izquierda, desde un enfoque que me parece muy enriquecedor. En primer lugar, Costas reivindica el valor de la competencia: “Una política progresista ha de plantear la lucha contra los monopolios y los cárteles como una de las políticas sociales prioritarias”. Por eficacia y por filosofía política, el pensamiento emancipador tiene que ser capaz de imaginar combinaciones virtuosas -e instituciones que las regulen- de competencia y cooperación social al servicio de la innovación para vivir mejor, cuidando más de nuestros semejantes y del planeta.

En segundo lugar, Costas acude a la economista italoamericana Mariana Mazzucato y su concepto del Estado emprendedor. Sostiene, de forma convincente, que para financiar un Estado del Bienestar del siglo XXI el Estado no tiene por qué limitarse a ser un recaudador de impuestos sino que, sin descuidar la necesidad de una estructura fiscal justa y verdaderamente progresiva, el Estado puede buscar un retorno mayor de las inversiones y proyectos de riesgo en los que participa el sector privado. Esta es una idea fundamental para los países que, como el nuestro, necesitan un esfuerzo sostenido para una industrialización inteligente y aspiran a gobernar los cambios y no sólo a verse sacudidos por ellos o por los intereses de los fondos buitre: necesitamos un Estado que asuma sus responsabilidades y que sirva de locomotora para determinados sectores estratégicos en los que después se puede dar la colaboración público-privada.

Costassostiene que el Estado no tiene por qué limitarse a ser un recaudador de impuestos sino que, sin descuidar una estructura fiscal justa, puede buscar un retorno mayor de las inversiones y proyectos de riesgo en los que participa el sector privado

Sin embargo, cuando llega al momento de clasificar en apuestas políticas las posibles salidas a la situación de incertidumbre y quiera del acuerdo de convivencia, Costas realiza una simplificación que no se corresponde con su rigor en el campo de la economía. Dibuja básicamente, frente a las políticas de austeridad y ajuste fallidas, las alternativas de los “populismos” de izquierda y derecha por una parte, y la liberal-socialdemócrata por otra, que ve encarnada en Macron –cuya popularidad, por cierto, continúa en caída libre: casi un 60% de los franceses dan ya la espalda a sus reformas. Por supuesto, el autor es libre de manifestar cualquier preferencia partidista, e incluso es saludable que lo haga. Pero esta aparece debilitada si sólo puede ser afirmada por contraste con muñecos de paja. Costas entiende los populismos como meras reacciones a la incertidumbre, espasmos que aspiran a terminar con el mercado y la institucionalidad. Un momento meramente destituyente. Conviene recordar que algunas de las fuerzas progresistas que así cataloga se han hecho cargo de los principales ayuntamientos de España, saneando sus cuentas, reduciendo la desigualdad, poniendo fin al saqueo de lo público y oxigenando la vida institucional. Quienes creen en la necesidad de reformas para que España funcione deberían compartir hoy posición con los Ayuntamientos del cambio contra el inmovilismo que representa la intervención de Cristóbal Montoro –verdadero caso clínico del ‘síndrome de Berlín’.

Es posible que a Costas se le escape que la aspiración de “construir pueblo”, de formar parte de una comunidad que no deja a los suyos atrás, es exactamente la tarea de fundar nuevos acuerdos y equilibrios institucionales que está en el corazón de su propuesta de pactar un nuevo contrato social. Para que ese pacto sea posible y beneficioso para los de abajo hay que equilibrar la balanza recomponiendo un demos, heterogéneo e irreductiblemente plural, pero con horizontes compartidos. Entre esa tarea y la densidad intelectual no sólo no hay contradicción sino que hoy, aquí y ahora, amos fenómenos se necesitan mutuamente. Pero este, reconocerán algunos lectores, es un tema recurrente del debate de nuestro tiempo al que tendremos ocasión de regresar. En la Europa actual, y muy en particular en España, la tarea política fundamental no es aumentar unos puntos porcentuales el voto a la derecha o a la izquierda, no es girar unos grados las políticas públicas en uno u otro sentido. Es una tarea de mucha mayor magnitud y dificultad: hemos de recomponer el contrato social, roto por la desigualdad y por la concentración de poder en pocas manos fuera del alcance de la ciudadanía. Para ello necesitamos recomponer unas sociedades rotas por la ley del más fuerte, para sustituirla por la ley del más débil, acorazada por la soberanía popular y una correcta y diversificada malla de poderes separados y equilibrados. O, en otras palabras, un plan para una España viable y más justa.  De eso (también) deberíamos estar discutiendo cuando hablamos de reforma constitucional.

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De lo que no se habla en España, incluyendo en Catalunya, y que el tema nacional está ocultando

NOVIEMBRE 16, 2017
Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra
Durante los diez años del periodo conocido como la Gran Recesión (que para millones de personas ha sido la Gran Depresión) el bienestar social y calidad de vida de las clases
populares de España han alcanzado unos niveles de deterioro que deberían ser el
principal elemento en el discurso y debate político del país y en la cobertura mediática de la realidad española. Y en cambio, no lo son. El monotema hoy en el establishment político-mediático del país es el conflicto entre los nacionalismos, el españolista liderado por el Partido Popular, presidido por el Sr. Mariano Rajoy, y el catalanista, liderado por el
gobierno de Junts Pel Sí, presidido por el Sr. Puigdemont, dirigente del partido
hegemónico en el gobierno (el PDeCAT) que ha gobernado Catalunya (con el nombre de Convergencia) durante la mayor parte del período democrático. Ambos partidos están hoy siendo investigados por casos de corrupción que implicarían financiación ilegal (caso
Gürtel en el PP o caso Millet en CDC), juicios que no aparecen ni en las primeras páginas de los rotativos ni en lugares destacados de los mayores canales televisivos ni de las
cadenas de radio.En realidad, en Catalunya el caso Millet y sus conexiones con la financiación ilegal de CDC ni siquiera aparecen en las últimas páginas de los rotativos catalanes, en la
televisión pública TV3, o en los canales privados. Y en España hace unos días el
inspector jefe de la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal), encargada de la investigación del caso Gürtel, declaró en el Congreso de Diputados (en respuesta a las
preguntas que le hicieron en una sesión de la comisión de investigación sobre la presunta financiación irregular del PP) que el presidente de España, el Sr. Rajoy, había recibo dinero negro (en sobres) de la Gürtel. Y a pesar de la enorme importancia de la noticia,
ningún gran periódico español (El País, El Mundo, el ABC, La Razón, La Vanguardia o El Periódico, entre otros) lo publicó en portada al día siguiente. He vivido un largo tiempo en
Suecia, Reino Unido y EE.UU., y he trabajado en varios países, y no me imagino que si tal hecho hubiera ocurrido en cualquiera de ellos no hubiera sido la noticia del día. En
cambio, aquí, en España (incluyendo Catalunya), se ignoró, mostrando, una vez más, la escasa calidad de la democracia española y de sus mayores medios de comunicación.
La falsedad de la supuesta recuperación
Según los últimos datos disponibles, el desempleo en España ha permanecido
elevadísimo en los llamados “años de la recuperación”. En 2016 el promedio fue un 18%, uno de los más elevados de la Unión Europea. En realidad, tal porcentaje sería incluso mayor si no fuera porque 1,7 millones de españoles (jóvenes en su gran mayoría) han
abandonado el país en busca de trabajo. Hoy España es uno de países que exporta
mayor número de jóvenes al año. Y lo que es incluso más alarmante es que nada menos que el 43% de las personas desempleadas (que están en paro) llevan más de un año buscando empleo. Incluso el FMI (Fondo Monetario Internacional) ha alertado de la situación, que merece llamarse catastrófica, en la que este grupo se encuentra. En realidad, cerca del 30% de españoles están riesgo de pobreza (casi un tercio de la población española, situación que en Catalunya es casi idéntica).

Una de las causas mayores de este crecimiento de la pobreza de la población es el gran
deterioro del mercado laboral, que ha configurado un gran crecimiento del desempleo y de
la precariedad, con una bajada de la tasa de ocupación sin precedentes en la época
democrática. El porcentaje de la población ocupada cayó un 20% desde 2008 a 2013. Y
los salarios han descendido un 10% durante los años de la crisis 2008-2015. La mayoría
de puestos de trabajo creados son temporales y precarios.
Como consecuencia de ello, las desigualdades han aumentado de una manera alarmante.
España (incluyendo Catalunya) es uno de los países que tienen mayores desigualdades
en la Unión Europea. Las rentas del 20% de la población con más renta son nada menos
que 7,5% superiores a las del 20% de la población con menor renta, un récord en la UE.
El enfado popular frente al establishment político-mediático españoles y catalanes
Las encuestas muestran que este gran deterioro social es la preocupación mayor que
señala la población De hecho, el desempleo lleva ocupando ya por muchos años el
número uno de la lista de inquietudes y problemas que tiene la población española,
incluyendo la catalana.
Otro tema grave en España es la corrupción generalizada, que alcanza su máxima
expresión en el partido gobernante en España, el PP, y en Catalunya en Convergència
Democràtica, renombrada como Partit Demòcrata de Catalunya (PDeCAT), que ha
gobernado treinta de los treinta y siete años de autonomía, primero en alianza con Unió
Democrática (UDC) y desde 2012 con ERC. Estos partidos (PP y CDC) han estado en el
centro de la corrupción, reflejo del maridaje que ambos partidos tienen con los poderes
fácticos financieros y económicos que ejercen una enorme influencia en los mayores
medios de información, tanto públicos como privados. Ambos gobiernos han impulsado
las mayores leyes neoliberales (desde las reformas laborales a las fiscales, pasando por
las presupuestarias), incluyendo las que causaron las políticas de recortes del gasto
público social que han causado la Gran Crisis Social.
La ocultación del tema social por parte del tema nacional
Estos partidos, que coinciden en la mayoría de sus políticas económicas y sociales
(debido a su pertenencia a las familias políticas conservadores y neoliberales), lideran los
movimientos nacionalistas de signo contrario y cuyo conflicto (deliberadamente diseñado)
ha ido centrando el debate político, creando tensiones, con el objetivo altamente exitoso
de ocultar su responsabilidad tanto en la aplicación de las políticas neoliberales
(causantes, repito, de la Gran Crisis Social) como en la corrupción masiva de sus
partidos. Como consecuencia de ello, este mes, por primera vez, la preocupación por el
tema del conflicto España-Catalunya por parte de la población ha sido mayor que el de la
corrupción (último CIS disponible), mostrando que han sido exitosos en su intento de dejar
en segundo plano mediático la crisis social y la corrupción. Como indiqué al principio, el
llamado Tema Nacional ha ocultado y ha hecho desaparecer el Tema Social. Ello ha ido
acompañado de un incremento de la distancia y desconfianza entre las clases populares y
los establishments político-mediáticos, lo cual puede determinar una gran abstención que
favorecería a las fuerzas conservadoras y neoliberales que ejercen una gran influencia en
los medios de información. Vean TVE (en Madrid) y TV3 (en Barcelona) y verán lo que
indico.
Esta desmovilización podría revertirse en España bien a través de la movilización de las
banderas (defendiendo la unidad de España frente a su ruptura), como están intentando

hacer nacionalistas españolistas, o mediante la denuncia social, reajustando el eje del
conflicto para que se transite de un conflicto nacional a un conflicto social, recuperando el
eje izquierda/derecha, algo de difícil realización pues el PSOE se ha convertido en pieza
clave del bloque del nacionalismo españolista y ERC lo ha pasado a ser del bloque
nacionalista catalanista; el primero apoyando al PP y al 155, y el segundo apostando por
la independencia unilateral.
La situación en Catalunya
Esta distancia hacia el establishment político-mediático existe también en Catalunya,
aunque en grado algo menor, como consecuencia de la percepción -promovida por los
independentistas- que la crisis social se debe a la pertenencia de Catalunya a España. De
ahí la impresión que si Catalunya se separara de España, podría elaborar políticas
públicas destinadas a resolver la crisis. Tal argumento, sin embargo, ignora que dichas
políticas fueron aprobadas en las Cortes Españolas por los dos partidos, el PP y el
PDeCAT, que hoy lideran el conflicto de las banderas. Ambos partidos nacionalistas (el
españolista y el catalanista) pertenecen a la sensibilidad conservadora y neoliberal que ha
impuesto tales políticas.
Que debería hacerse
En realidad, hoy tanto el Estado como la Generalitat de Catalunya tendrían que haber
hecho casi lo opuesto a lo que han estado haciendo. El problema mayor de España y
Catalunya es la enorme desigualdad en la distribución de las rentas; las rentas del capital
han ido creciendo muy rápidamente a costa de una gran reducción de las rentas del
trabajo, creando un enorme problema de falta de demanda doméstica, causa de la escasa
ocupación, problema acentuado con el descenso del gasto público y de la inversión. Hoy
incluso el FMI admite que los salarios son demasiado bajos y la austeridad ha sido
excesiva. Y a pesar de ello los economistas del PP, del PSOE, de ERC y del PDeCAT
continúan en la ortodoxia neoliberal.
Hoy se debería producir un aumento de los salarios y un gran crecimiento de la
ocupación, con políticas de creación de empleo en áreas muy deficitarias tales como la
transición energética, la economía verde y el Estado del Bienestar. Y el Estado tendría
que gastar mucho más, como bien señala Mark Weisbrot. El gobierno español debería
endeudarse más, pues los intereses de los bonos (a 10 años) son solo un 1,6%, inferiores
a la inflación. El Estado debería invertir en más empleo y un buen empleo en las áreas
sociales. Pero muestra el grado de derechización del país, consecuencia del dominio del
tema nacional, que se consideren “radicales”, “antisistema” u otras frivolidades propuestas
típicamente reformistas encaminadas a empoderar a las clases populares para corregir el
enorme desequilibrio que hoy existe entre las fuerzas político-mediáticas del capital frente
a las del trabajo. La enorme visibilidad del tema nacional ha empoderado a las derechas
en España y debilitado a las izquierdas, que deberían enfatizar el tema social redefiniendo
el tema nacional, indicando que el punto central de cada nación son los intereses de las
clases populares, que son la mayoría de la población, para las cuales el tema social –su
calidad de vida y bienestar social- es el tema más importante. Se tiene que desarrollar un
patriómetro que pueda medir el grado de patriotismo y compromiso identitario de una
fuerza política midiendo cómo contribuyen sus intervenciones a la felicidad de las clases
populares. Y ahí las fuerzas conservadoras y neoliberales ya han mostrado sus grandes
insuficiencias. La evidencia de que en España los “súper patriotas” a ambos lados del
Ebro son también los más corruptos y los que han aplicado las políticas antisociales es
abrumadora. Así de claro.


 

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Teología política

Muchos de los conceptos modernos de la política tienen una matriz metafísico-teológica innegable, como sucede con el concepto de soberanía
MIQUEL SEGURO
La metafísica construye sistemas de una gran envergadura conceptual que,
pretendiendo explicar la estructura de la realidad, en el fondo no es más que
una construcción ideal que reduce la complejidad a unos pocos principios.
Esta es la crítica que desde hace ya unas centurias se le hace a esta disciplina
filosófica, la enmienda a la totalidad que rápidamente uno debe afrontar cuando
empieza a plantearse preguntas de envergadura existencial. Conviene acotar
sin embargo que hay tantas metafísicas como sistemas ideológicos se quiera
reconocer. Hay metafísica idealista (la que establece un mundo de las ideas
eterno e inmutable más allá de la realidad física) o teísta (que sitúa a Dios
como explicación primera y última de la trama de la vida), que es lo que pone
en duda esta crítica, pero también materialista (la que postula que la materia es la verdadera realidad) o positivista (la que estipula que solo lo verificado sensorialmente es susceptible de ser considerado como conocimiento).
En cualquier caso, frente a la nebulosa metafísica, la política se ha reivindicado
como lo que repercute directamente en la vida fáctica de las personas. Pero
aun así muchos de los conceptos modernos de la política tienen una matriz metafísico-teológica innegable, como sucede con el concepto de soberanía. La Epístola a los Romanos en su capítulo 13 lo dejaba claro: “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas”. Con el paso de los siglos la figura de la divinidad se difuminó hasta desaparecer y la titularidad de la soberanía se convirtió en el bien más preciado de la lucha política de los estado-nación europeos. La soberanía, el poder supremo, ha pasado de los monarcas a los parlamentos, y de estos a los pueblos y a las naciones. Se ha llevado a cabo lo que el jurista alemán Carl Schmitt apunta en su Teología política (1922): Dios es reemplazado por un naturalismo inmanente positivista que, secularizando el poder divino y su separación del mundo, ha hecho del poder político algo superlativo y trascendente al propio orden estatal, por ello, recuerda Schmitt, el titular de la soberanía se siente con el poder de decretar el estado de excepción.
Y no solamente el concepto de soberanía, sino incluso también la misma idea
de pueblo, que resuena a la de ecclesia, o la fe en unos gobernantes que casi
funcionan a modo de guías espirituales sacerdotales, o la voluntad de lograr la
superación definitiva de la precariedad contingente que enlaza con la esperanza mesiánica del establecimiento del reino de Dios, dotando además a la propia existencia de un inigualable sentido.

En el contexto que vivimos en Catalunya y en el conjunto del Estado los
elementos metafísico-teológicos que acompañan las diferentes posiciones son
palpables. A la perspectiva independentista se la acusa de ofrecer una visión emotiva e idílica de una Catalunya independiente y de la que sus partidarios difícilmente ponen en duda sus postulados principales. Todo acabará bien, y aunque las señales puedan apuntar a lo contrario, hay que mantener la fe, sobre todo en los que lo dirigen. Algo parecido puede decirse del patriotismo constitucional, eufemismo de otro tipo de nacionalismo, que aplicando e interpretando un código tan relativo y revisable como es una ley pero que a veces cobra tintes sagrados, cae en la voluntad de creer que todo se
solucionará por su propio peso, por un destino de orden y unidad atávica que
se impondrá al febril suflé hereje.
Las ideologías son necesarios horizontes de aspiración colectiva, pero
conviene no caer en la tentación voluntarista de querer reducir la realidad a la dinámica del deseo. Apoyarse en elementos propios de una metafísica teológica para fundamentar una determinada acción política puede ser una estrategia que reconforte, ofrezca (com)unidad y sentido personal, además de reportar réditos electorales. Pero la condición relacional, contradictoria e intersubjetiva de la política y la sociedad hace que todo lo que tiene que ver con ella tenga que dirimirse en el terreno dialógico de las categorías humanas.
Es la gracia y desventura de la democracia, donde legalidad,legitimidad,
voluntad ciudadana y responsabilidad cívica deben conjugarse en un difícil
equilibrio siempre falible e insuficiente. Una sociedad abierta, en el sentido de
Henri Bergson y Karl Popper, que acepta la coexistencia de alteridades,
discrepancias y razones no compartidas en el corazón mismo del propio
colectivo.

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Saudíes y kuwaitíes salen del Líbano: arranca la gran operación contra Irán.

Diplomáticos y militares israelíes consideran inminente una nueva guerra contra Hezbollah. Si se produce, será parte de un plan mucho más amplio para cercar al régimen de los ayatolás

Un combatiente de Hezbollah despliega su bandera y la del Líbano en las montañas de Arsal, a finales de julio. (Reuters) AUTOR DANIEL IRIARTE
10.11.2017 – 05:00 H. Está en el aire: diplomáticos y militares israelíes, en diferentes latitudes del mundo, andan contándole a cualquiera que quiera escuchar que consideran inminente una guerra con Hezbollah, probablemente cuestión de semanas. En el otro bando, la asunción es la misma.
Israel teme las nuevas capacidades de la milicia chií libanesa, fortalecida, rearmada y con amplia experiencia de combate tras su participación en la guerra de Siria. Y los cada vez más numerosos bombardeos israelíes en territorio sirio no han servido para debilitarla.
En ese contexto, Arabia Saudí y Kuwait acaban de pedir a sus ciudadanos que salgan del Líbano lo antes posible, y nadie oculta que la razón no es otra que Hezbollah: la dimisión, esta semana, del primer ministro libanés Saad Hariri(por orden saudí, según sus críticos; tras haber recibido información sobre un plan –presuntamente orquestado por Irán- para asesinarle, según él mismo) parece haber sacudido la situación hasta un punto de no retorno, pese al viaje relámpago de Emmanuel Macron a Arabia Saudí, en un intento de devolver las aguas a su cauce en un Líbano vital para los intereses franceses. “El brazo de Irán ha logrado imponer un hecho
consumado en el Líbano con el poder de sus armas”, declaró Hariri desde Riyad. “Han construido un estado dentro del estado”.
Pero todo apunta a que los libaneses son cautivos de una trama más amplia. Basta ver los comentarios del Ministro de Inteligencia israelí, Israel Katz, calificando la dimisión de Hariri como “un punto de giro” para la región. “Ha expuesto la verdadera cara de [Hassan]

Nasrallah y Hezbollah, y el control iraní sobre el Líbano” (Nasrallah es el líder de la milicia-partido chií). El Ministro de Defensa israelí, el  ‘halcón’ Avigdor Lieberman, ha sido aún más gráfico en su cuenta de Twitter: “Líbano = Hezbollah. Hezbollah = Irán. Irán = Líbano”. Y en otro: “Irán pone en peligro al mundo. Saad Hariri lo ha demostrado hoy. Punto”. Poco después, Arabia Saudí se expresaba en el mismo sentido: “Trataremos al Gobierno del Líbano como un gobierno que nos ha declarado la guerra debido a la milicia de Hezbollah”, declaró este miércoles el Ministro de Asuntos del Golfo, Thamer Al-Sabhan, a la cadena Al Arabiya.
Dan Shapiro, ex embajador estadounidense en Israel y académico del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional israelí, lo explicaba así: la dimisión del primer ministro libanés “podría ser un plan saudí para iniciar una respuesta israelí y darle en el hocico a Hezbollah”, según ha declarado al diario Washington Post. “La salida de Hariri refuerza el argumento de que Hezbollah controla totalmente el
Líbano. Al sacar a Hariri, facilita muchísimo tratar al Líbano como una base iraní”, señala. La cooperación saudí e israelí puede parecer extraña a muchos, que siguen creyendo en la insalvable enemistad entre árabes y judíos.
Pero, pese a la retórica belicosa, hace mucho tiempo que tanto Riyad como a Tel Aviv tienenun enemigo común que les inquieta bastante más: un Irán cuya influencia no deja de expandirse por Oriente Medio, y que rivaliza con Arabia Saudí como potencia hegemónica de la región. En ese conflicto, los saudíes van perdiendo por goleada en escenarios como Siria, Irak, el propio Líbano e
incluso Yemen, una guerra que los países suníes del Golfo estaban convencidos de ganar rápidamente, pero que las milicias hutíes han logrado convertir con éxito en “el Vietnam saudí”. Pero el príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, parece dispuesto a dar el todo por el todo en esta pugna. Por ejemplo, según algunos medios israelíes, el príncipe realizó una visita en secreto al Ministerio de Defensa
israelí en Tel Aviv a principios de septiembre, pese a que ambos países carecen de relaciones diplomáticas.
El factor Trump Introduzcamos aquí el último elemento de la ecuación: la Administración Trump. Hace tres días, la revista Foreign Policy publicó un
artículo con el revelador título de “Jared Kushner, Mohamed Bin Salman y Benyamin Netanyahu traman algo. Y se parece bastante a un plan para asfixiar a Irán”. Es bien sabido que Trump es amigo de Netanyahu, y sus posturas son abiertamente proisraelíes. También ha
apoyado públicamente a los saudíes en su enfrentamiento con Qatar, y ha respaldado a Bin Salman en su purga “anticorrupción” de otros príncipes que podían amenazar su reinado en el futuro. Y no cabe duda de que está buscando el enfrentamiento con Irán.
En su intento de revocar todas las medidas adoptadas por su predecesor en la Casa Blanca, Trump está haciendo todo lo posible por destruir el acuerdo nuclear iraní firmado por Barack Obama. Hasta ahora, lo único que ha impedido que salte en pedazos ha sido la oposición no solo de sus otros valedores en la Unión Europea, sino también de los propios altos funcionarios de
seguridad estadounidenses. La Casa Blanca ha hecho un enorme esfuerzo para encontrar motivos para declararlo nulo, y ha contado con la ayuda de importantes congresistas partidarios de mantener una línea dura contra Irán. Este verano, EEUU introdujo nuevas
sanciones contra Teherán por su programa de misiles, y en octubre hizo lo mismo contra el Cuerpo de Guardias de la Revolución Islámicairaní y, poco después, con Hezbollah. En ambos casos, más que un efecto económico, lo que se busca es aislar internacionalmente a estos actores.

El reino del desierto se rompe: juego de tronos en Arabia Saudí
En el momento de firmar el acuerdo nuclear, Obama lo elogió como la única gran alternativa viable a una guerra con Irán. En aquel entonces, uno de los principales críticos fue Netanyahu, que lo calificó de “error histórico”. No es ningún secreto que Netanyahu habría
preferido que EEUU bombardease las instalaciones nucleares iraníes en lugar de firmar nada. Ahora, sin un líder estadounidense capaz o dispuesto a poner freno a la hostilidad iraní a Irán, la coyuntura es totalmente diferente. El primer ministro israelí parece embarcado en una acción coordinada con Trump para anular el tratado sobre el programa nuclear iraní.
Pero a los planificadores israelíes, ahora mismo, lo que les preocupa de verdad es una amenaza más tangible, directamente al lado de sus fronteras. Hace apenas seis días, Netanyahu arremetió contra la presencia iraní en Siria y prometió actuar al respecto. “Quieren
dejar su ejército, sus bases aéreas y sus aviones de combate a segundos de Israel, y no vamos a dejar que eso suceda. No lo decimos a la ligera. Sabemos lo que estamos diciendo, y vamos a respaldarlo con acciones”, dijo en Londres.
Cualquier operación encaminada a cortarle las alas a Irán debe contar con Hezbollah en la ecuación. Debilitar a esta milicia es un primer paso necesario. Tal vez, solo tal vez, no se llegue a la guerra, pero esperen cambios en Oriente Medio.

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Desaparecido

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SOBRE EL PRESTIGIO DE LA DESOBEDIENCIA

Javier de Lucas. Actualizado 04.11.2017. Luces rojas . Info-libre No descubro nada si recuerdo que vivimos en tiempos de desobediencia. Tampoco añado nada nuevo si pongo en relación este “estado de rebelión” con lo que se conviene en denominar la era de los indignados, que designa el proceso de globalización de un movimiento que se extendió desde las plazas de ciudades árabes a Madrid, Génova, Nueva York o Hong Kong y que hunde sus raíces en la concepción altermundialista, en el lema otro mundo es posible, que es sobre todo una propuesta de rechazo de un (des)orden social percibido como insoportable, por injusto y aun suicida, en términos de la sostenibilidad de la vida (la de los seres humanos y la del propio planeta). Pero no pretendo una disquisición sobre cuestiones que han sido ya muy tratadas, sino más bien apuntar a una pregunta y ofrecer algunas pistas para el debate a quien interese la cuestión.

Aquí les compartimos el documento completo

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Lo que pone en peligro España

Lo más grave es el abuso de las instituciones encargadas de defender el texto constitucional

Mariano Rajoy en la rueda de prensa posterior al consejo de ministros extraordinario del 27 de octubre.

Mariano Rajoy en la rueda de prensa posterior al consejo de ministros extraordinario del 27 de octubre.PABLO BLAZQUEZ DOMINGUEZ GETTY IMAGES

Es curioso que el primer borrador elaborado por la ponencia constitucional no incluyera el término “nación”. Se hablaba, por supuesto, de España y del pueblo en el que residía la soberanía. El artículo 2 decía: “La Constitución reconoce y la Monarquía garantiza el derecho a la autonomía de las diferentes nacionalidades y regiones que integran España, la unidad del Estado y la solidaridad entre sus pueblos”. Pronto se observó que no se decía en ningún lado que España era una nación, algo que se corrigió en versiones posteriores. Quizá convenga recordar también que fue Miguel Herrero de Miñón, conservador, quien en una entrevista en ABC, en enero de 1978, introdujo muchos de los conceptos que ahora se manejan a todas horas: “Creo que es característica diferencial de España ser nación de naciones”.

Nada de esto va a ayudar a resolver el problema que se está planteado ahora, en 2017, casi 40 años después, respecto a Cataluña. De hecho, una de las características del momento es que las soluciones a corto plazo perjudican muy seriamente las soluciones a medio y largo plazo, es decir, que nos encontramos en una de esas situaciones difíciles de desentrañar que se producen de vez en cuando en la vida política de los países democráticos. Y que esos países siempre son capaces de resolver confiando la salida al escrupuloso funcionamiento de sus instituciones.

La anécdota inicial viene más bien a cuento del extraño juicio que merece a algunos grupos políticos aquel proceso constituyente de 1978, al que acusan de relanzar el nacionalismo español cuando en realidad fue uno en el que el concepto de “nación” estuvo más ausente. Aquellos políticos, tan denostados hoy, estaban mucho más interesados en las capacidades del Estado para solucionar los problemas acuciantes de los ciudadanos que por recuperar señas de identidad que habían sido malbaratadas por el franquismo.

Seguramente fue una ingenuidad suponer que la reivindicación de la nación como la espina dorsal de cualquier proyecto político era cuestión pasada y que una vez reconocida que la soberanía residía en el pueblo (en su conjunto), todo sería más fácil. En aquel momento parecía realmente que lo que la ciudadanía demandaba al Estado eran derechos individuales y una sociedad de bienestar, mucho más que airear ansias nacionalistas. Por supuesto que PNV y ERC defendieron otras formulaciones, pero ni tan siquiera los llamados nacionalistas catalanes acompañaron sus reivindicaciones. Jordi Solé Tura, cabeza privilegiada del PSUC, lo expresó con claridad: “España es una realidad integrada por nacionalidades y regiones (…), pero una realidad que no se puede ignorar”. Y ahora hablemos de otras cosas, por favor, decía Solé Tura. De educación, por ejemplo, y de corrupción.

Es posible que lo más importante ocurrido en estos 40 años no haya sido el deterioro del texto constitucional, sino el abuso practicado en las instituciones encargadas de defenderlo. El intento de renacionalizar España no nace de la Constitución, sino del proyecto político de José María Aznar y la vuelta de ese espejo que intentó irreflexivamente Rodríguez Zapatero. Ninguno hubiera acarreado tan malas consecuencias si al mismo tiempo no hubieran pretendido apropiarse de las instituciones democráticas, en lugar de defender su escrupulosa independencia. Quizá hoy sería posible calificar de erróneas las decisiones de una juez sin que gran parte de la opinión pública incluyera al conjunto del sistema judicial en la crítica. Quizá si el fiscal general del Estado fuera un jurista menos lenguaraz, todo fuera más sencillo. Pero no es así. Y sigue siendo un grave error creer que el principal problema de España radica en la secesión unilateral de Cataluña. Eso se puede evitar. Es el desprestigio de las instituciones (catalanas incluidas) lo que pone en peligro al Estado.

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