Pedro Hernández Cabrón, el pirata gaditano que no se cortaba un pelo

Lo ha contado Alvaro van den Brule, en diciembre de 2018, en su blog de El Confidencial.com.

Hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que no tiene tiempo de vivirla, que decía Charles Bukowski. Algo así le ocurrió a un gaditano de buena familia que aburrido del sinsentido de medrar entre platos de venado y jamón criado en la dehesa, decidió cambiar de tercio y darle un giro copernicano a su vida muelle, pero para vivir mejor a costa de lo ajeno. No hay que olvidar que desde la conquista de Cádiz al rey de Fez por Alfonso X el Sabio para Castilla, la ciudad se convirtió en un centro monopolista, ya fuera en sus relaciones comerciales con el África magrebí o más tarde con la América descubierta por la Monarquía Hispánica. Es por ello, que todos los que deseaban comerciar con unos u otros, debían pasar por esta ciudad donde la luz benefactora y el sol imprimían un carácter luminoso a sus gentes. Cádiz, con el tiempo y quizás antes de él, se convertiría durante siglos en una de las grandes puertas del mundo.

Hay que entender en contexto, que en aquella época –cosa que no ha variado sustancialmente en este país–, los piratas de aquel entonces eran gentes respetables, que igual podían ser alcaldes o tener una posición política envidiable. En esencia, un ladrón podía ser regidor, comerciante y pirata a la vez como si tal cosa y no se rasgaban las vestiduras por ello. Pedro Hernández Cabrón se convirtió de la noche a la mañana en un prestigioso comerciante, repartidor de estopa a domicilio y pirata de renombre. Hijo de prestigiosa familia gaditana, allá por la segunda mitad del siglo XV le pegó una tunda de puñaladas al linaje del que descendía, que desvirtuó así la honorabilidad que sus padres y abuelos habían acunado, cultivado y mimado con buenas acciones entre sus allegados y servidumbre. Fue tal la degradación a la que sometió a su distinguida familia, que pasaría a la historia dándole un sello infamante a su apellido hasta convertirlo en un sonado epíteto cuyas resonancias todavía son hoy eco de insulto grave.
Para sumar anécdotas, no hay dedos en la mano que cuajen un resultado digno de una matemática parda. Muchas son las cruentas hazañas que este personaje dejó como rastro en su agitada vida. Vilipendiado y rehabilitado por los Reyes Católicos, pasó de ser odiado a respetado al entrar en la corte. Por empezar por algún lado, su participación en la expulsión de los judíos fue más que sonada. Les había garantizado que les llevaría a las proximidades de la tierra prometida, que quedaba más o menos por las cercanías de Orán –al norte de la actual Argelia–, y tras despojarlos de todas sus riquezas, los dejaría en la estacada en Málaga. Más tarde y no satisfecho con sus fructíferas y rentables perrerías, repetiría el mismo modus operandi en Cartagena dejando al albur de su desgraciada suerte a otro millar de ellos con lo puesto tras despojarlos de sus ya mermadas posesiones. Hablamos obviamente en el contexto de la desafortunada diáspora cuyo éxodo hizo perder a aquella España que asomaba a la gloria del futuro con pie firme, a una comunidad dinámica e indispensable, tal que era la judía.
Se hace necesario destacar que este animal de bellota, Hernandez Cabrón, partió de Cádiz con dos docenas de navíos y una derrota que le debía conducir hacia el norte de África; en las sentinas de aquellas incipientes naos y cocas anidaba el horror de los expulsados en uno de los más grandes errores cometidos por los Reyes Católicos. Centenares de judíos –hombres, mujeres y niños–, serian arrojados al mar sin más contemplaciones con objeto de extorsionarles para despojarlos de sus eximias riquezas. No se acaba de entender, en medio de tanta memoria histórica, cómo no se ha entonado un sincero mea culpa con categoría de De Profundis sobre aquellas atrocidades cometidas en una nación que se dice a si misma ser cristiana por excelencia. Aquí la palabra perdón subsiste en el diccionario de la RAE con respiración asistida. No todos los apellidos se agostan en la alcurnia y el oropel por derecho propio –como es el caso de este impresentable–, algunos sencillamente reflejan la vileza de los que los detentan.
Más tarde, ya encumbrado con los dineros que había aligerado a sus millares de víctimas, este estafador de manual financió una campaña para apuntarse en las durísimas escaramuzas que se estaban librando en Canarias contra los guanches, una larga guerra de desgaste que no acababa de rematarse por la extrema resistencia de los gigantescos autóctonos. Lo cierto es que en aquella desgarradora guerra de conquista de las estratégicas isla atlánticas, los cabreados autóctonos, hicieron muchos prisioneros cristianos de la flota de Hernández Cabrón y tras la intervención de una bruja-chamán local que vivía en la zona de las calderas de Tirajana, fueron indultados más de ochenta que bien pudieron haber sido pasto de barbacoa en un acto que la historia elude mencionar, no fuera a ser que aquellas nobles gentes locales fueran juzgadas favorablemente por ser condescendientes con los prisioneros, porque como se sabe, a los “malos”, ni agua.
Hay muchos ejemplos de la generosidad por parte de los aborígenes guanches para con los verdaderos salvajes provenientes de la península, generosidad que estos no tuvieron con el enemigo vencido en sus intervenciones en las diferentes islas según pliegos recogidos por los cronistas. Sin embargo, las matanzas efectuadas por los llamados cristianos e invasores de un modo de vida pacífico y armónico como era el de la sociedad guanche, no estuvo nunca a la altura de los principios cristianos que se supone debían de presidir aquel viejo precepto de no matarás y os amaréis los unos a los otros. En fin, el mismo rollo de siempre.
Su crueldad y violencia eran legendarias y estaban en boca de todos los que le conocían. Hay un topónimo allá, en la playa de El Cabrón, cerca del municipio de Aguimes, que recuerda, según crónicas de la época, uno de los episodios vividos por este pirata y esclavista, estafador y aventurero, que según le daba el aire actuaba a veces con respeto a los acuerdos convenidos con la Corona y otras, las más, como un auténtico pirata. Estas islas tardaron más de cien años en ser conquistadas en parte por la enorme resistencia ofrecida por el pueblo guanche, en parte por la falta de recursos e ímpetu sostenido de los castellanos. Inicialmente, el normando Juan de Bethencourt, y más tarde, Pedro de Vera, y el “pieza” en cuestión, acabarían conquistando aquel gran reto que fueron las islas Canarias, allá por 1483.
Estas audaces incursiones en las Islas Afortunadas le hicieron obtener el perdón de los Reyes Católicos cuando su cabeza pendía de un hilo. El perdón si, y una docena de dientes que había perdido de paso tras una pedrada meteórica que un hondero guanche de Tirajana le había arreado en toda la mandíbula. En venganza por este agravio, durante la travesía a la península arrojaría por la borda a una docena de desgraciados que lo único que habían hecho es combatir por sus vidas y familias, ya que según el escaso criterio de este desgraciado, los autóctonos eran unos ¿bárbaros? Así se las gastaba Hernández Cabrón.
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