PRO VIDA

En estos tiempos de Covid de nuestros pecados, en los que andan a la greña la economía y la salud, o, mejor dicho, la riqueza de los ricos y la vida de los pobres (y a veces también de los ricos), los defensores perpetuos de la vida de los no nacidos y perpetuos denostadores del aborto, inasequibles como eran al desaliento, ni aparecen, ni se manifiestan, ni siquiera emiten dictámenes, ni se presentan por las teles a defender la importancia de la vida frente al vil metal. Y eso que nunca estuvieron tan al descubierto las contradicciones entre la vida humana y la acumulación de riquezas, acumulación que es la sangre de la que se alimenta el capitalismo más feroz
Siempre me había dado la impresión de que los forofos del invento lo eran más por atacar a la izquierda que por defender a los indefensos fetos, y no porque la izquierda fuera más o menos mala, sino porque tenía la osadía de discutir el ejercicio del poder (del escaso poder que es el poder político), que, según me dice la experiencia, los de derechas piensan que les corresponde por tradición, por herencia, por preparación y por mandato divino, que hay que ver como defienden las religiones todas conocidas las estructuras de poder, aunque quizá haya alguna desconocida que actúe al revés.
Pero cuando llega la hora de la verdad, cuando hay que elegir entre la vida del mayor número posible de personas y la riqueza como base de las estructuras sociales de una sociedad construida desde el poder, (o sea, cuando de verdad hay que elegir entre el poder y el amor) los defensores a ultranza de la vida se esfuman y agachan la cabeza.
Les guste o no, los sistemas de dominación hasta ahora imperantes en nuestras sociedades van a terminar desapareciendo a no muy largo plazo como ha ocurrido innumerables veces a lo largo de la historia. Lo que venga después no creo que sea el paraíso, pero espero que sea más humano (divino) que esto de ahora.

Juan García Caselles

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