Qué bonita, la Constitución…

Mario Gabrielli , miembro del CRC, contribuye con este artículo al debate sobre la Constitución de 1978.

Se está hablando mucho, en estos días, de la Constitución. De repente, España se ha convertido en un país de finos constitucionalistas que hablan, hablan…

Hablan mucho del artículo 1 sobre «Estado social y democrático de Derecho«, ese gracias al cual se pueden entender y justificar hasta las cargas policiales contra ciudadanos indefensos «culpables» de querer expresar un voto declarado ilegal. Somos democráticos y de derecho, ¡vamos!, no nos vayan a comparar con ciertos elementos de por ahí, ¡por favor! L’enfer, c’est les autres, decía alguien…

También hablan mucho del artículo 2 sobre «la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles«, algo mucho más sólido e intocable que las tablas de la ley dadas a Moisés por el mismísimo Dios en el Sinaí, y que nadie se atreva siquiera a decir algo en contra de semejante dogma divino, válgame Dios, y también la redundancia.

Y se habla mucho, muchísimo, cómo no, del artículo 155, ese sobre que «si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general«. Sublime artículo, que permite resolver, cual novel Alejandro frente al nudo de Gordio, cualquier tipo de problema que pueda surgir con ciertos recalcitrantes periféricos por ahí.

Artículos como éstos se llevan la palma en las más altas discusiones patrias de estos días. Y sin embargo la Constitución es tan bonita que tiene también muchos artículos no menos interesantes.

Por ejemplo, el artículo 31 sobre «un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad«, tan magníficamente implementado en el caso, pongamos, de las SICAV, Sociedades de Inversión de Capital Variable, que permiten a los más ricos de ahorrar mil millones en impuestos en cinco años tributando a un tipo efectivo inferior al 1%.

O el artículo 35, según el cual «todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo«, especialmente interesante cuando puede leerse que el número de parados sigue estando muy por encima de los tres millones, que muchos de los que sí trabajan no llegan a cobrar ni mil euros mensuales, o que las mujeres ganan en España un 35% menos que los hombres.

Y qué decir del artículo 47, que proclama que «todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada«, frente al cual qué importan las condiciones de los barrios más pobres de España, donde a menudo personas y familias ocupan viviendas para no seguir malviviendo en la calle y los poderes públicos no tienen nada mejor que hacer que denunciarlas por la vía penal.

Claro es que artículos como éstos, pobrecitos, no le interesan apenas a nadie, y mucho menos a los que tienen el mandato y la responsabilidad de hacerlos realidad, y no solo bonitas palabras en papel mojado. Será que ellos están demasiado ocupados con ciertos otros artículos, vaya usted a saber por qué. Por otra parte, los más finos constitucionalistas del país están con ellos… Está claro.

Así que, disfrutemos con esta Constitución tan bonita y tan útil… cuando interesa.

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