QUE SE PEGUEN UN TIRO

John Carlin en La Vanguardia

Para entender la locura que ha poseído a los ingleses vean la escena en la disparatada película de Mel Brooks, Blazing Saddles (Sillas de montar calientes), en la que el sheriff, rodeado de una turba que lo quiere linchar, da con una ingeniosa solución. Se apunta una pistola a la cabeza y amenaza con volarse los sesos. Uno de sus agresores grita, “¡Cuidado! ¡Va en serio!”. Otro dice, “¡Es tan loco que es capaz de disparar!”. Poco a poco la turba se aparta. Una vez a salvo, el sheriff exclama: “¡Qué idiotas!”.

Boris Johnson parece creer que los líderes de la Unión Europea también lo son. El miércoles el primer ministro británico anunció que cerraba el Parlamento británico, a primera vista una maniobra al estilo de Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela, y otros líderes autoritarios que aspiran al poder ilimitado. Pero el objetivo táctico, como el mismo Johnson confesó a su Gabinete, es presionar para que Reino Unido pueda salir de la Unión Europea en condiciones más favorables de las que se han ofrecido hasta la fecha.

Johnson ha insistido una y otra vez en que hay que convencer a los líderes europeos de que cuando amenaza con abandonar la UE sin ningún acuerdo lo dice en serio. La apuesta de Johnson es que sólo si Reino Unido habla con una voz, la suya, los europeos harán las

concesiones que Johnson exige, evitando el salto al vacío del no deal, del

no acuerdo. Su problema: la mayoría de los diputados parlamentarios no quiere participar en el juego. Su solución: callar a los diputados.

Reino Unido y el resto del continente– sería igual de catastrófico para ambas partes. No es cierto. Lo que la mayoría parlamentaria sabe y Johnson prefiere que no se oiga es que sería mucho peor para el Reino Unido. Informes del Banco de Inglaterra, del Fondo Monetario Internacional y del propio Gobierno británico advierten que una salida brusca de la UE provocaría caos en los puertos y escasez de alimentos, gasolina y medicina.

O sea, la táctica negociadora a la que ha recurrido Johnson y a la que el Parlamento se opone es: hagan lo que yo quiero o me pego un tiro.

Mejor dicho, dos tiros. El segundo apunta a la ruina política de su propio país. Un sonado precedente histórico fue el del rey Carlos I, que disolvió el Parlamento hace 400 años. El miércoles pasado, a petición de Johnson, la reina Isabel II bendijo la suspensión del Parlamento por cinco semanas a partir del 9 de septiembre. A diferencia de Carlos I, la reina Isabel no tuvo opción. Se trató de una formalidad protocolaria. Lo cual ha permitido que Johnson mande otro mensaje a Bruselas, también permitido que Johnson mande otro mensaje a Bruselas, también

siguiendo el ejemplo del sheriff de Mel Brooks: tal es mi empeño en cumplir el sueño imposible que he vendido a mis compatriotas, el de un Brexit sin coste alguno, que si no me lo conceden estoy dispuesto a sabotear la democracia parlamentaria más antigua del mundo.

El único líder de Occidente que no ve la farsa por lo que es, que apoya a Johnson como si fuera un tipo serio, es el bobo de Donald Trump. Lo cual lo dice casi todo. En las capitales de Europa contemplan las payasadas del primer ministro británico con estupefacción. Hasta ahora han hecho lo posible para encontrar una solución que minimice el inevitable daño del Brexit. Pero, visto lo visto esta semana, uno se pregunta: ¿Macron, Merkel y los demás líderes europeos realmente querrán que sus países sigan siendo socios de una monarquía bananera? ¿No habrá un sentimiento creciente en Bruselas a favor de cortar los lazos con el Reino Unido, de dejar que se vaya del club como sea, y cuanto antes mejor? ¿No se empezará a imponer el argumento de que la mejor estrategia a estas alturas sería dejar que Johnson se pegue todos los tiros que quiera?

Boris, como le llaman sus aduladores, no piensa a largo plazo. Es un actor, en el fondo un tipo tan inseguro como el propio Trump, que se nutre del aplauso fugaz del público. Lo que ha impedido que vea o que quiera ver que de aquí a dos meses le va a arrollar un camión. La realidad es que la historia del Brexit no se acabará cuando baje el telón el 31 de octubre. Hay una famosa frase de Winston Churchill, el personaje que Johnson siempre ha fantaseado con emular, en un discurso que dio tres años después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Parecía que los alemanes empezaban a perder fuerza. Churchill advirtió: “No, este no es el final, no es ni siquiera el principio del final. Puede que sea, quizá, el final del principio”.

La guerra del Brexit va para largo. Quedan duras batallas por delante. Pase lo que pase, la mañana del 1 de noviembre el Gobierno británico no tendrá más remedio que prepararse para otra serie de negociaciones con sus vecinos, y en el caso de no acuerdo, en inferio​ridad de condiciones. El Reino Unido puede dejar la Unión Europea pero nunca dejará de ser parte de Europa. Tendrá que volver a la mesa en Bruselas y llegar a nuevos acuerdos económicos con el continente con el que tiene, de lejos, su más importante relación comercial. Johnson y los suyos quizá no lo hayan entendido pero hace tiempo que el imperio británico dejó de imponer sus reglas sobre el resto del mundo. La realidad es que pasarán años hasta que se fijen todos los reglamentos y aranceles y cuotas para el intercambio de bienes a través del canal de la Mancha. Y lejos de “retomar el control”, como siempre han predicado los profetas del Brexit, los ingleses retornarán a una condición de vasallaje no tan diferente a la que vivieron en tiempos de la Antigua Roma. El Reino Unido no irá a Bruselas tanto a negociar como a suplicar.

Tarde o temprano la verdad se impondrá. Los ingleses verán que hace frío afuera, que cerrar la puerta a Europa fue una pésima idea, que encomendarse al cantamañanas de Johnson fue un colosal error. Puede, sí, que de aquí a 60 días Johnson presente una salida sin acuerdo como una victoria. Pero el tiempo no le perdonará. Será recordado como un primer ministro que desprestigió a su país y lo hundió en la relativa pobreza y en la irrelevancia global. Pasará a la historia no como Churchill sino como una versión con traje y corbata de Carlos I. Víctima también del narcisismo y del viejo vicio del autoengaño, el rey se enfrentó al Parlamento y perdió. En 1649 le cortaron la cabeza.

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