SANGRE EN LAS MANOS, BILIS EN LA BOCA

Reproducimos este artículo de Javier Caraballo publicado en EL CONFINCIAL del día 9 de abril.

El proceso de derechización del Partido Popular ya se ha transformado en un proceso de mimetización. Con bilis en la boca, Pablo Casado acaba de acusar al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de preferir las manos manchadas de sangre, una atrocidad que, si la hubiera proferido alguno de los líderes de Vox, habría escandalizado hasta a los del Partido Popular, porque la sangre de la que hablan es también la sangre de muchos socialistas asesinados por ETA. Socialistas y populares han llorado juntos en muchos entierros, y esa es una memoria que no se puede mancillar.

Pero no lo ha dicho Vox sino el líder del Partido Popular, y lo único que se demuestra es que el giro a la derecha que ha provocado en este partido la irrupción del partido de Santiago Abascal se ha convertido en una competición de barbaridades encadenadas. Qué razón tiene ese gurú de extremistas de todo el mundo, Steve Bannon, cuando dice que “la victoria de Vox es que ya ha trasladado su conversación al resto de la derecha: partidos como Ciudadanos y PP ya hablan como ellos”. Vox ha “colocado su producto” en el centro derecha y, en un inconsciente proceso de mimetización, los demás se dedican a reproducirlo, añadiendo a cada instante unas dosis mayores

Conviene detenerse en el origen de esa acusación de Pablo Casado contra Pedro Sánchez porque, en la época que vivimos, en la que existe una predisposición social a creer la mentira, por encima incluso de la verdad, que pasa a tener una importancia secundaria, la reiteración de los hechos se ha convertido en una necesidad, además de en una obligación. Si Pablo Casado acusa a Pedro Sánchez de “preferir las manos manchadas de sangre” es porque, hace unos días, el partido proetarra Bildu apoyó, junto a otros grupos parlamentarios, entre ellos Ciudadanos, un paquete de ‘decretos sociales’ que el Gobierno socialista ha forzado, con las Cortes ya disueltas y las elecciones convocadas, para hacerse la campaña electoral desde la Moncloa.

El mismo oportunismo electoralista lo aprovechó Bildu para apoyar esos decretos y afirmar luego que “lo que demostramos es que favorecemos los intereses de la gente”. ¿De verdad piensa Pablo Casado que un hecho así equivale a acusar al líder del PSOE de preferir “las manos manchadas de sangre” y de ser “un aliado de los terroristas”?

En un mismo discurso, no es posible hacer un canto a la Constitución española y al Estado de derecho y, a continuación, arrasar con los principios más elementales de la rivalidad política en una democracia. A quienes, como Pablo Casado, se llaman a sí mismos “constitucionalistas” y decretan a diario, según sus propios intereses políticos, quiénes lo son también y quiénes están fuera del marco constitucional, habría que recordarles que el deber primero de todo constitucionalista es el de no apropiarse de algo que nos pertenece a todos los españoles.

No se dan cuenta de que ese interés por ‘expulsar’ cada día a más gente de la Constitución lo único que provoca es un empequeñecimiento de esa Constitución que se dice defender. A partir de ahí, que sepan también que la violencia verbal en política nunca es la antesala de nada bueno para un país; en España, ha sido el precedente vertiginoso de nuestras etapas más tenebrosas. No conviene frivolizarlo, por mucho que se acerque una campaña electoral y las encuestas políticas desvelen mucha incertidumbre..

Pablo Casado nació como líder entre los suyos porque ofrecía dos valores fundamentales para los cuadros del PP: ideológicamente suponía el regreso a la derecha sin matices de José María Aznar y físicamente se parecía a Albert Rivera. Su irrupción debió parecerles a los líderes populares el hallazgo del líder perfecto, como si lo hubieran podido fabricar en un laboratorio mezclando las virtudes de sus dos principales en el centro derecha, el discurso duro de Santiago Abascal contra la ‘derechita cobarde’ y la imagen de un político joven dispuesto a sacudir las siglas del ‘marianismo’ que tanto acabó irritándoles. De pie frente al atril, con las manos extendidas, Pablo Casado podía taponar las dos vías de agua que se le habían abierto a ese partido, por las que se estaba desangrando electoralmente, hacia la derecha de Vox y hacia el centro de Ciudadanos.

En aquellos días de julio del año pasado, en el congreso del PP que contempló su ascenso, Soraya Sáenz de Santamaría, que iba en la dirección contraria a lo que bramaban los delegados, extendió un abanico frente a Pablo Casado: “¿Dónde están nuestros principios y valores? En cada una de las varillas del abanico, que siguen siendo firmes. Quiero un partido grande, en el que no sobra nadie, solo los corruptos. Quiero un partido abierto. Somos el gran partido del centro derecha europeo, heredero del humanismo cristiano y del liberalismo. Así es como se ganan elecciones”.

De nada le sirvió, siquiera, que el abanico tuviese los colores de la bandera de España, porque el giro a la derecha ya estaba decidido. Soraya perdió el liderazgo y, amortizada políticamente como está, quizá solo convenga ya rescatar la pregunta que hizo y devolverla otra vez al atril de los populares: ¿dónde están vuestros principios y valores?

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