Vamos por dos elefantes en COP26

Ana Palacio
Publicado en EL MUNDO – 06.11.2021
“El elefante en la habitación” traduce un modismo metafórico inglés de exquisito pedigrí y consolidada trayectoria entre nosotros. Significa una cuestión importante, enorme, que se silencia voluntariamente; una pregunta de trascendencia, un tema mayor controvertido -obvio o que todos conocen- pero que nadie mienta ni quiere discutir por ser social o políticamente embarazoso: que, de abordarse, haría peligrar un consenso.
Bueno, pues no uno sino dos son los elefantes púdicamente orillados -ya- por la conferencia- espectáculo de Glasgow (terminará el próximo viernes, y al balance acudirá sin falta “Equipaje de mano”).


Llamando a las cosas por su nombre, dejándonos de expresiones con mayor o menor trasfondo de pensamiento mágico, el objetivo no es arrancar de los Estados participantes compromisos de papel (unilaterales: no hay sanción por incumplimiento) para alcanzar el grial “verde”, “limpio”, “renovable”, “sostenible”. El reto es implementar la descarbonización. Es descarbonizar. Hacerlo, no solo discurrir; incluir la tecnología nuclear, así como la sustitución de fuentes más contaminantes por gas en una transición larga (asuntos tratados en anteriores billetes).
No deja, por tanto, de sorprender que la conferencia no mencione determinados procedimientos ineludibles, ya que -se supone- ha de formular la cuenta-inventario global, el análisis exhaustivo de actores y medios para alcanzar la meta en cuanto a gases de efecto invernadero para mantenernos (muy) por debajo de los 2ºC. Ni mu. Primer elefante que, sin ser oficialmente apercibido, ramonea por los auditorios de nuestra concentración planetaria.
El segundo elefante, si se verbaliza -cosa que, para mi sorpresa, nadie hace-, pasaría de holograma a causar destrozos en la cacharrería (parafraseando nuestra muy castiza expresión que, en términos de evocación, nada ha de envidiar a la británica). Asumimos que los países más pobres tienen que saltar a pídola por encima de las tecnologías contaminantes y plantarse directamente en un todo renovable-verde-limpio-sostenible; y baratito, que hay muchas prioridades que atender.
Barajamos la cifra de 100.000 millones de dólares (año). Fue lo acordado en Copenhague (2009), y reafirmado en París (2015), para financiar la “transición verde” de las economías “más débiles”. Además de no haberse materializado, hoy sabemos que es exponencialmente insuficiente: UNEP (Programa para el Medio Ambiente de la ONU, por sus siglas en inglés) calcula que solo los costes de adaptación de países en desarrollo superan los 140.000 millones de dólares (año). Conviene insistir: únicamente, paliar y vivir con las transformaciones que se están produciendo ya en los ecosistemas.Al tiempo, nosotros transitamos espléndidamente hacia ese futuro. Y ¡ay, si un cúmulo de circunstancias tensionan nuestro suministro de gas!
Recordemos que casi 800 millones de seres humanos carecen de acceso a electricidad de cualquier fuente; más de 2.500 millones cocinan con bosta seca, madera pillada donde pueden, carbón vegetal o keroseno -los afortunados-. Se trata también de los comparativamente dichosos que tienen una placa solar en el techo de su vivienda, o ya están conectados a la micro red: sin una fuente de electricidad continua y fiable, cualquier industria -el progreso en prosperidad- les está vedada. Pues bien, nadie va a subvencionar (ni siquiera en un sentido amplio) “proyectos contaminantes”. Y esto incluye organismos multilaterales: el Banco Mundial lleva tiempo que ni examina proyectos con fuente fósil. También fondos de cooperación bilaterales.
China, como primicia de cara a la reunión, se compromete a no financiar generación por carbón “fuera” de sus fronteras, mientras (al margen de ciento y pico reactores de los grandes en construcción o proyectados en firme) quema carbón -propio e importado- a todo trapo; y China recibe, por ello, aquiescencia -tibia, pero generalizada-.
Centrándonos en Occidente, lo nuestro es auténtica incongruencia. Australia -que destaca en los rankings, tanto de contaminación per cápita como de exportación de carbón- pregona una ecuación de neutralidad sin renunciar a éste. La UE, ni que decir tiene: bendice el chorrazo de gas del Nord Stream II, mientras predica molino y panel en África subsahariana. Y el Presidente Biden exhorta al mundo a reducir su uso de combustibles fósiles, en tanto que anima a la OPEC a aumentar su producción porque (sic) “los autobuses escolares tienen que circular (…) Una alternativa a coger tu automóvil (hoy) simplemente no es realista.”
Y entiéndaseme. El realismo político prescribe que, en cualquier nación, siempre que se vean forzados a competir intereses propios fundamentales y el planeta, pierde el planeta seguro. Y nadie se debe rasgar las vestiduras. Pero hay una necesidad -una responsabilidad, también- de no seguir con estas distancias entre lo que decimos y lo que hacemos. Dejar atrás el dogmatismo. Arrinconar el pensamiento mágico. De lo contrario, resulta obsceno señorear de justicia y equidad en cuanto a transición energética global. De lo contrario, la alarma por el planeta está más que justificada.

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