OPINIÓN DEL EDITOR DEL 07/08/2022

La República Popular China celebró en 2018 el año dedicado a Diego de Pantoja, alguien perteneciente a su patrimonio, como antes había sido así estimado por sucesivas dinastías del extinto impero chino. Diego de Pantoja había nacido en pleno siglo XVI en Vicálvaro, entonces un lugar agrícola cercano a Madrid. Dotado para la música estudió en Alcalá de Henares y allí ingresó en la Compañía de Jesús. Destinado a Japón, llegó a Macao en 1618 (de ahí la conmemoración de la RPC en 2018) para terminar su formación e incorporarse a Japón, pero la persecución contra los cristianos en aquel imperio, hizo que el destino fuera China. Aprendió chino, dicen que lo hablaba sin acento alguno, estudió ciencias y llegó a ser nombrado astrónomo imperial de la corte china, destacando por sus trabajos de cartografia de sus costas.

Defensor de la ciencia como medio para dar a conocer el evangelio de Jesús, corrigió científicamente el calendario chino y, como ya he dicho, la cartografía de las costas chinas que se utilizaba a su llegada. Ayudó a codificar el idioma chino a tenor de lo acentos musicales, dio a conocer la música y sus instrumentos occidentales. Curiosamente enseñó la mecánica de los relojes y, precismente fue admitido en la Ciudad Prohibida para enseñar a tocar el clavicordio a los cortesanos y enseñar a manejar y arreglar los relojes. Desde la corte imperial creó un sistema que contribuyó a dar a conocer el idioma chino para ser usado en las distintas regiones del imperio, como contribución al entendimiento y  la convivencia entre ellas. Entre tanto transmitió el evangelio de corazón a corazón, con la amistad, el trato, la bonhomía y los conocimientos científicos y técnicos de su amplia cultura. T.S. Eliot nos enseñó, poesia pura, que “ En mi fin está mi principio. El principio siempre ha sido el fin”. O sea, salir del vientre de una mujer, para vivir.

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